La vida consagrada, concretada en la vocación monástica, es el mejor regalo que jamás haya podido recibir, es aquella perla preciosa por la que vale la pena vender y desprenderse de todas las posesiones para quedarse con esa parte deliciosa y encantadora que es el Señor mismo.
Durante el tiempo de mi discernimiento vocacional fui descubriendo que para responder a la llamada del Señor era necesario ir dejando la seguridad de mi entorno, tan querido y tan conocido, para lanzarme hacia otra dirección bastante desconocida y que nunca debería imaginado para mí. La oración personal con Jesús, la participación en los sacramentos y el acompañamiento espiritual me ayudaron a averiguar cuál era la voluntad que el Señor soñaba para mí. Así, con miedos, con dudas y con resistencias le fui haciendo confianza, y es que no podía negar una respuesta a Aquel que me ha amado tanto y se ha entregado por mí.
Fui llamada por el amor y por la misericordia de Dios y, por tanto, había que dar una respuesta desde el amor y desde la fe optando, finalmente, por una vida consagrada, es decir, entregada a Dios sin reservas, en el seno de una comunidad que me acogía para vivir con fraternidad entre el ora y el labora, misionando principalmente y primeramente desde la oración. Ahora, pasados varios años aquí en el monasterio, vivo en una constante acción de gracias por el don de esta vocación.
Hoy el Señor sigue llamando, ruego para que no falten respuestas generosas al amor hacia la llamada que el Señor les hace, y tengan en cuenta que cuando Dios concede a alguien sus favores y la llamada, nunca se echa atrás. Con Jesús y desde Jesús es posible responder y seguirle. ¡Sé de quién me he fiado!
Hna. Sara Mª Picher Payà, o. Cist., religiosa del Monasterio de Vallbona de les Monges
Artículo publicado en el Full dominical del 21 de abril de 2024 (n. 3867)








