La primera idea que me vino a la cabeza, ante la propuesta de hacer una breve reflexión sobre María como Sede de la Sabiduría, fue la imagen de la Virgen María entronizada con su Hijo en su regazo, como puede ser la Mare de Déu de Montserrat o la de Núria, imágenes bien conocidas por todos nosotros, puesto que se trata de una de las iconografías de María como Virgen más significativas del románico catalán.

Esta iconografía representa a la Madre y al Hijo sin ningún tipo de relación. María hace de sede o trono de su Hijo, y el hieratismo y la frontalidad típica del románico lo refuerza. Pero quisiera ir más allá de esta interpretación iconográfica, que es la que suele explicarse cuando se estudia historia del arte ya la que, a veces, le falta el concepto teológico sobre lo que se fundamenta.

El nombre de Sede de la Sabiduría proviene del latín Sedes Sapientiæ y esto enlaza con las celebraciones marianas, ya desde la edad media, donde la liturgia romana ve en la Virgen María no la sabiduría sino la mujer que permite que la Sabiduría se establezca en su regazo. María es, pues, la Sede de la Sabiduría para que, desde su sí al Señor, acepta su misión, que es darnos a su Hijo para que a través de él podamos conocer el amor de Dios. Conviene recordar que Jesucristo es la revelación última de Dios y como tal hace presente la sabiduría de Dios.

Ante esto la imagen de María como Sede de la Sabiduría me lleva a reflexionar cómo a través de ella y de su Hijo se nos ofrece la Sabiduría de Dios. Y de ahí, a ver la imagen como esa fuente de valores y de fe que me acompañan en el camino hacia la plenitud que cada día intento hacer y que me ayuda a dar sentido a lo que hago.

Montserrat Trias, profesora del Colegio Maria Rosa Molas de Reus
Artículo publicado en el Full dominical del 26 de mayo de 2024 (n. 3872)