Hace unos meses, una señora me comentaba que no creía en la resurrección de los muertos sino, sencillamente, en la vida eterna del alma.

Esta conversación me llevó a hacer un ejercicio: preguntarme en que creía yo, no desde la fe, por la cual creo en la resurrección, sino desde la razón y desde la lógica; y llegué a la misma conclusión: creo en la resurrección de los muertos.

Dios nos ama en nuestra totalidad, cuerpo y alma, y todo aquello que Dios ha hecho con amor, no se puede perder, sino que está llamado a vivir por siempre jamás. Por este motivo veo lógico y razonable que Dios quiera liberar de la muerte nuestro cuerpo; liberarlo de sus limitaciones, miserias, debilidades… para darle una plenitud inimaginable: la resurrección. Yo, sin mi cuerpo, no soy yo.

Con nuestros ojos hemos mirado con ternura, con nuestras manos hemos ayudado, con nuestros pies nos hemos acercado a quien nos necesitaba, con nuestra boca hemos dado palabras de fe, consuelo y ánimo, con nuestro cuerpo hemos amado… ¿cómo puede perderse este cuerpo con la muerte si es a través de él que hemos podido amar a Dios en los hermanos? No puedo imaginarme de ninguna forma ser un alma sin mi cuerpo en la eternidad. Yo no me entiendo sin mi cuerpo.

Pero creo, sobre todo, por la fe en la resurrección de Cristo. Los evangelistas no esconden la dificultad para expresarla: «Llegó Jesús, estando cerradas las puertas» (Jn 20,26), «se apareció a más de 500 hermanos juntos» (1Co 15,6), «al instante desapareció» (Lc 24,31) pero, al mismo tiempo: «no encontraron el cuerpo de Jesús» (Lc 24, 3), «los espíritus no tienen carne y huesos» (Lc 24,39), «comió delante de ellos» (Lc 24, 43), «trae tu mano y métela en mi costado» (Jn 20, 27). Jesús resucitado no es ninguna alma, y su cuerpo se ha escapado de las limitaciones del espacio y del tiempo. Es un cuerpo glorificado, y nosotros, unidos en todo a Él por el bautismo, también lo tendremos el último día.

Me gusta mucho como lo explica el mismo Señor (Jn 12,24): el grano se siembra, se descompone en la tierra, y crece una espiga. No se asemejan un grano de trigo y una espiga, pero ella ha salido de él. Siempre me ha parecido admirable este misterio y uno de los signos más bonitos de lo que será la resurrección.

Celebrar la Asunción de la Virgen María no es celebrar que una parte de María, su alma, esté en el Cielo, sino celebrar que la Madre de Señor, unida a Cristo en todo, también lo ha estado en su Pascua, triunfando sobre la muerte con su cuerpo y su alma, con los cuales vivió a la perfección el Evangelio. Pues, como dice san Juan Damasceno: «Hacía falta que aquella que, en el parto, conservara intacta la virginidad también, después de la muerte, conservara incorrupto su cuerpo. Hacía falta que aquella que había llevado en su vientre, como un niño, al Creador, habitara en los tabernáculos divinos. Hacía falta que la Madre de Dios poseyera lo que es propio del hijo».

Ya lo veis: nuestro cuerpo, Dios lo ama demasiado para dejarlo perder y quedarse, sencillamente, con una parte de nosotros.

Xavier Roig Rovira, pbro.
Arcipreste del Baix Camp-Priorat