Todos los domingos del mes de agosto, y también el último del mes de julio, nos adentramos en el evangelio de san Juan, dejando la lectura continúa del evangelio de san Marcos para detenernos en el capítulo 6.º del cuarto evangelio, en el llamado «discurso del pan de vida,» que Jesús hace en la sinagoga de Cafarnaúm después de la multiplicación de los panes y los peces.
San Juan, en la última cena, no nos narra la institución de la eucaristía, como lo hacen los otros evangelistas y san Pablo en la primera carta a los Corintios. En cambio, ahora, de una manera magistral y pedagógica, el apóstol y evangelista, desgrana el gran sentido que tiene la eucaristía, que es fuente y cúspide de la vida cristiana como dice el concilio Vaticano II.
El Señor aclarando un diálogo con los judíos sobre el sentido de la multiplicación de los panes y los peces, que han vivido unas horas antes, les hace una propuesta que es también una afirmación de él mismo: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás.»
Una afirmación que se basa solo en su persona, tanto solo en sus palabras, en la autoridad que le viene del Padre; definitivamente en su vivencia de Hijo y por eso puede decir «Yo soy.»
Estas palabras, «Yo soy,» escuchadas con fe hoy son para nosotros un cimiento en nuestra vida cristiana: en el «Yo soy» de Jesús se muestra él mismo no solo como pan sino también como camino, cepa verdadera, puerta y luz; también pastor que conoce a sus ovejas; y sobre todo como resurrección.
Detengámonos en la eucaristía que es pan verdadero, alimento de peregrinos y prenda de vida eterna. Participar de la eucaristía es participar del Señor Resucitado que, entonces en Cafarnaúm, y hoy a nosotros nos dice: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.» Participemos del pan que nos da vida en la cotidianidad, que nos alimenta en las tribulaciones de este mundo, nos consuela en la angustia, nos gratifica en las alegrías y nos anticipa el banquete de vida eterna. Nutridos por la eucaristía podremos decir como san Pedro el próximo domingo: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.»
Eucaristía, pan de vida para comerlo, saborearlo, compartirlo y disfrutarlo. Alimento que hace que brote de nuestro corazón una confesión como la de primero de los apóstoles que reconoce que solo en Jesús hay vida porque tiene palabras de vida eterna.
Buen provecho del pan de la eucaristía.
Jordi Figueras Jové, pbro.
Arcipreste del Baix Penedès








