Coincidiendo con el 350 aniversario de la primera manifestación del Sagrado Corazón de Jesús a santa Margarita María Alacoque, el papa Francisco ha hecho pública su cuarta carta encíclica, Dilexit nos, sobre el amor humano y divino del Corazón de Jesucristo, que ya había anunciado durante la audiencia general del día 5 de junio, el mes dedicado al Sagrado Corazón de Jesús.
El título de la encíclica, Nos amó, hace referencia a las palabras que san Pablo dirige a los romanos, refiriéndose a Cristo, para recordarnos que nada nos podrá separar de este amor. Así, el Santo Padre expresa que «su corazón abierto [de Jesús] va delante de nosotros y nos espera sin condiciones, sin exigir ningún requisito previo para amarnos y ofrecernos su amistad: Él nos amó primero (cf .Jn 4,10)». Francisco explica que, a partir del encuentro con el amor de Cristo, «nos hacemos capaces de tejer lazos fraternales, de reconocer la dignidad de todo ser humano y de cuidar juntos nuestra casa común».
En el primer capítulo, el Papa explica la importancia de «volver al corazón» en un mundo en el que estamos tentados de «convertirnos en consumistas insaciables y esclavos de los engranajes de un mercado». «Ante el Corazón de Jesús, vivo y presente, nuestra mente, iluminada por el Espíritu, comprende las palabras de Jesús», dice.
El segundo capítulo está dedicado a los gestos y palabras de amor de Cristo, que muestran «la proximidad, la compasión y la ternura» de Dios. En el tercer capítulo, Francisco se centra en la reflexión que ha hecho y hace la Iglesia, a lo largo de la historia, en torno al misterio del Corazón del Señor, e invita a renovar la devoción al Sagrado Corazón, síntesis del Evangelio, para contrarrestar «las nuevas manifestaciones de una «espiritualidad sin carne» que se multiplican en la sociedad».
La identificación de Cristo a través de las Sagradas Escrituras y el testimonio de los primeros cristianos centra el cuarto capítulo, donde también hace referencia a la experiencia que han vivido santos como Francisco de Sales, Margarita María Alacoque, Teresa de Lisieux o Ignacio de Loyola, a partir de esa espiritualidad.
Finalmente, el último capítulo habla de la dimensión comunitaria, social y misionera que debe tener la devoción al Sagrado Corazón de Jesús: «Se derramará el amor en el corazón de los hombres para que se edifique el Cuerpo de Cristo, que es el Iglesia, y se construya también una sociedad de justicia, paz y fraternidad.»








