Escribo bajo la impresión de la devastación provocada por los estragos de Dana en los pueblos de la Horta valenciana que nos han conmovido a todos. Los estragos han sido horribles.

El Espíritu que nos ha sido dado es un espíritu de compasión, también su bienaventuranza. Compasión, en el vocabulario bíblico, lo sabéis, significa ‘sufrir por el otro y con el otro’, en el sentido de que el dolor del otro es también propio; una compasión que participa del amor del Padre (Mt 5,48) y manifiesta su amor a través nuestro.

Estoy seguro de que en todas las misas del pasado domingo fue expresado ese dolor y compasión. Lo expresábamos en la oración de los fieles y se hacía presente en la oración del corazón de todos y en tantas ayudas y muestras de solidaridad que se harán presentes. Se tiene la certeza de que si nosotros estuviéramos allí nos pondríamos a ayudar con generosidad y decisión. Físicamente no podemos, pero estamos con la oración y con la caridad. Claramente lo expresa el Catecismo de la Iglesia católica: «A fin de recibir verdaderamente el cuerpo y la sangre de Cristo entregados por nosotros, debemos reconocer a Cristo en los más pobres, hermanos suyos» (n. 1397). Todo lo que rodea a la eucaristía es admirable y el fruto del sacramento es siempre la caridad.

Con razón ya en la primera descripción que conocemos de la eucaristía (en tiempos de san Justino, s. II) se dice que durante la celebración se organizaba una colecta por los hermanos que pasan necesidad. La colecta no es fruto de la generosidad de cada uno, sino de la propia comunión eucarística, la procesión de las ofrendas siempre acaba en el altar de los pobres, decía san Juan Crisóstomo. La caridad hacia los hermanos que sufren brota de la comunión con Aquel que nos une a todos y que por el sacramento nos pone en comunión unos con otros. Las colectas que hacemos para con los más necesitados (en este caso los afectados por las inundaciones del país vecino) no son sólo filantrópicas sino un fruto eucarístico. Somos conscientes de que la caridad es la primera forma de cumplir con la justicia.

El Señor, antes de darnos el sacramento, lavó los pies de sus discípulos y nos dijo «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?» (Jn 13,13s). De esta contemplación viene la caridad de los cristianos, es decir, de todo lo que el Señor nos dio como ejemplo. El lavado de los pies forma parte de la celebración del Memorial del Señor. En la comunión de los santos podemos estar en todas partes. Oremos por los damnificados y por todos los que ayudan. Celebramos la eucaristía, celebramos también la caridad. Son una misma cosa.

Rafael Serra Abellà, pbro.
Artículo publicado en el Full dominical del 17 de noviembre de 2024 (n. 3897)