Iglesia Carmelitas Misioneras Teresianas.
Tarragona, 20 de marzo de 2022
III de Cuaresma
Lecturas: Ex 3,1-8.10.13-15; Sl 102,1-4.6-8.11; 1C 10,1-6.10-12; Lc 13,1-9
Estimados hermanos y hermanas. Queridas hermanas Carmelitas Misioneras Teresianas y toda la familia del Beat Pare Palau. Querida Hermana General. Estimats mossens que m’acompanyeu. Estimat Poble Sant de Déu. Un saludo muy cariñoso para todas las personas, sacerdotes, consagradas, laicos o laicas que seguís esta celebración vía redes sociales y medios de comunicación desde cualquier lugar del mundo. Hoy, desde Tarragona, casa madre de la congregación de las Carmelitas Misioneras Teresianas —como se ha dicho en la monición de entrada— damos gracias a Dios por la vida del Beat Pare Palau, por su legado, por sus obras, por su espiritualidad y por su testimonio, vigente y vivo todavía. Por ello celebramos juntos ésta Eucaristía que es acción de gracias.
Nos ha convocado el beat Francesc Palau i Quer, el pare Palau, de quien en este mismo lugar conservamos las veneradas reliquias. Quienes hoy nos hemos congregado para esta celebración bien sabéis de su vida, no hace falta ahora ninguna glosa especial, porque el beat Palau lo era todo en el Señor: Sacerdote, religioso carmelita, apóstol incansable, escritor, fundador, exorcista, profeta, y también perseguido, calumniado, exiliado, desterrado…
El ambiente en que vivió ayuda a comprender su universo mental rebosante de rechazos. Originario del agro catalán de Lleida, nacido en Aitona en el año 1811, en una comarca vapuleada por las tropas napoleónicas, por el hambre, por la epidemia y por la muerte; con una infancia, adolescencia y juventud transcurridas en predios del tradicionalismo, su formación se desarrollará en ambientes clericales, alérgicos en su inmensa mayoría a todo lo que sonase a liberal. Ingresó en la Orden de los Carmelitas Descalzos y profesó en el año 1833. Hete aquí que sus inicios ya estuvieron marcados por una época de persecución religiosa, luchas entre liberales y carlistas, ataques a iglesias y conventos y asesinato de religiosos, de los que el pare Palau pudo huir. Y todavía más, porque pocos años después, a raíz de la desamortización de Mendizábal, se quedó sin convento y vio como la orden a la que pertenecía era prohibida. Y, sumando vicisitudes, es ordenado presbítero a escondidas e incluso tuvo que probar el exilio y, más adelante, el destierro en Ibiza donde se encontró con el que sería su islote espiritual del que ahora hablaremos.
El 1851 funda, en Barcelona «l’Escola de la Virtut», dedicada a la enseñanza y evangelización de adultos, con gran afluencia e influencia, especialmente en el mundo obrero, hasta que fue prohibida.
Een el año 1854 es desterrado a Ibiza por tiempo indefinido. Allá vive en el islote, de «Es Vedrà», una enorme pirámide de roca que se encuentra situada en el suroeste de la isla frente a Cala d’Hort, en el municipio de Sant Josep de Sa Talaia. Este rincón de una extraordinaria belleza natural, será durante su vida el lugar asiduo de plegaria, meditación y de fecundidad fundacional (casas, ermitas, acogida…) y donde irá forjando su idea de una congregación dedicada al apostolado activo, la enseñanza, la asistencia en situaciones de necesidad… Así, al volver a Barcelona el 1860, empiezan a unirse a él discípulos, que forman el grupo de «Els penitents», dedicado a la atención de los enfermos. En este tiempo se dedica también intensamente al ministerio de exorcista.
En la última etapa de su vida ―que va del año 1860 a 1872―, su actividad apostólica fue continua, variada e intensísima, dedicada a sus hijos espirituales, que darían lugar a las Congregaciones Religiosas de Hermanos y Hermanas Terciarios Carmelitas y posteriormente a las Carmelitas Misioneras y Carmelitas Misioneras Teresianas. Se extendieron los hermanos y hermanas carmelitas como Carmelo misionero teresiano, predicó misiones populares, fundó la revista «El ermitaño», publicó libros sobre la Iglesia, proyectó hospitales por enfermos desahuciados, practicó exorcismos, fundó escuelas católicas. Le agitaba en su mente el desencuentro de la religión cristiana con aquel mundo y aquella España cambiantes, la añoranza de antiguas alianzas entre el trono y el altar que ―según él― tantos beneficios materiales y espirituales habían traído a la Iglesia. El liberalismo emergente de su época, que el Pare Palau traduce siempre por «sectas de impíos», «libertad impía», «libertad de pecar», «libertad de vivir entregado sin freno al desorden de sus pasiones y apartado de Dios», condiciona toda su predicación y su actividad apostólica. Y ello, en aquella España agitada y faltada de diálogo sincero entre las partes, le lleva a desencuentros y persecuciones. Comoquiera que la mayor parte del clero, comprensiblemente, se identificara con este pensamiento, también resulta comprensible que el liberalismo, católico en un primer momento ―que es el inmediatamente anterior al pare Palau―, fuese evolucionando hacia un anticlericalismo cordial, convertido casi en signo de identidad y agazapado en los tiempos de reacción absolutista (1813-1820; 1823-1833); convertido en radical y violento en el Trienio Liberal (1820-1823), hasta que ―mucho más tarde― se podrá llegar al Concordato del año 1851. En todas estas vicisitudes se mueve la agitada vida del Pare Palau. Al final de su vida, por contagio en su trato con los enfermos, se dirige a Tarragona, donde fue atendido por las Hermanas, muriendo con fama de santidad el 20 de marzo de 1872. Hoy hace 150 años, día por día.
Estimadas y estimados. No hay más bello ejemplo de desempeño de lo que hemos escuchado poniéndolo en relación con la lectura del episodio de la zarza que no se consumía. El pare Palau podría decirnos a nosotros, como de hecho lo dijo con su vida: «Yo-soy me envía a vosotros». Es decir, Dios envió al pare Palau a mucha gente, y también a nosotros con su testamento espiritual. Y lo envió desde una espiritualidad que estimaba la vida solitaria y contemplativa, cosa que lo hacía centrarse con el Cristo místico, con la Iglesia, que es Cristo Cabeza y Cuerpo.
Precisamente querría destacar brevemente su proceso espiritual y místico que le fue desvelando el misterio de la Iglesia: la Iglesia es una persona. Cristo en la Iglesia y la Iglesia en Cristo, Cristo y el prójimo en unidad. Dice así en uno de sus textos: «Yo pensaba que ―Cristo y la Iglesia― eran objetos separados, no pensaba que Dios y los prójimos fueran cabeza y cuerpo, no creía que la Iglesia fuese mi Amada». «He tomado mi vuelo hacia los prójimos sin dejar a Dios». Aquí tenemos la síntesis del carisma palautiano: Espiritualidad misionera y experiencia eclesial.
Con una vida tan intensa, incluso en los aparentes fracasos, el título de la Biografía del pare Palau, escrita por Armand Duval, Fecundidad del fracaso, me parece de una gran belleza y realidad: ¿Qué no habría podido llevar a cabo este hombre apasionado, desinteresado, completamente librado a Dios y a la Iglesia, si no hubiese sufrido, durante la vida, tantos de contratiempos? Quizás nada… Le fue reservado un martirio a fuego lento: detenciones arbitrarias, exilios, calumnias, frustraciones, denuncias falsas, como os podéis imaginar con todo lo dicho antes. Ponemos algunos ejemplos: Quiere organizar en el exilio la vida religiosa proscrita en su patria; se lo impiden. Lo vuelve a intentar una vez vuelta a su país; es denunciado. Inventa una catequesis renovada para poner remedio a la increíble ignorancia religiosa de las masas; es un agitador, y es desterrado. Libre o en cautividad predica hasta el agotamiento.
Quiere hacer conocer y amar la Iglesia…, pero esto no puede ser obra de un solo hombre ni de una sola vida: le hacen falta discípulos y por ello fundó la orden Terciaria en sus ramas masculina y femenina que, con el tiempo, nos lleva hasta hoy, tanto con las Carmelitas Misioneras como con las Carmelitas Misioneras Teresianas que celebráis también el cumpleaños de la Fundación aquí a Tarragona.
¿De donde sacó el Beat Palau la fuerza para hacer fecundar los aparentes fracasos o las aparentes contrariedades y frustraciones? Una de las fuentes ya la he apuntado: de la Madre Iglesia: «Yo vivo y viviré por la Iglesia. Vivo y moriré por la Iglesia», tiene escrito. La otra fuente, la oración incansable. Y la última, María que estaba siempre presente, en la devoción, en la imitación y amor a María. Pero fijaos: la devoción a María, si es auténtica, siempre nos lleva al servicio, a la misión; envío y servicio en la Iglesia.
Y es que María se le reveló como el espejo, la figura y el arquetipo acabado y perfecto en la que se debe contemplar a otra Virgen y Madre, que es la Iglesia de Dios. El original de la espiritualidad palautiana es la dimensión misionera de la devoción mariana.
Su biógrafo escogería para él, como epitafio, una frase de San Pablo en la Carta a los Colosenses, que resume toda la vida del pare Palau: «Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24). Y también, podríamos seguir con el mismo San Pablo en la segunda Carta a los Corintios: «Porque lo mismo que abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, abunda también nuestro consuelo gracias a Cristo. De hecho, si pasamos tribulaciones, es para vuestro consuelo y salvación; si somos consolados, es para vuestro consuelo, que os da la capacidad de aguantar los mismos sufrimientos que padecemos nosotros» (2Co 1,5-6).
¡Y qué episodio más bonito por la vida del pare Palau que el Evangelio que la liturgia nos propone por este III domingo de Cuaresma! Aquella higuera que, aparentemente no da fruto, pero que el amo de la finca, el Padre, sabe que tiene un potencial inmenso y que a pesar de que parezca infructífera, mimada, regada y estimada al fin dará fruto.
Seguimos ahora nuestra celebración pidiendo que el beat Palau interceda por nosotros, dando gracias a Dios por su vida y pidiendo más frutos de su bondad. Amén.









