Queridos hermanos y hermanas: Como ya sabéis, la misión de la Iglesia es la Evangelización, que significa llevar la Buena Nueva de Jesucristo a nuestro mundo. Recordemos aquellas palabras tan acertadas de san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Seguramente muchas personas no saben de dónde les viene el desasosiego que sienten en su interior: es la sed de Dios. La Evangelización consiste precisamente en anunciar a todos que esa sed se sacia en Jesucristo, que esa inquietud interior se convierte en serenidad cuando descansamos en Dios.

El mandato de Jesús es claro: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). Y ese mandato, que en un principio fue dirigido a los discípulos, hoy es para todos y cada uno de los cristianos.

La expresión «id» debemos entenderla como una invitación a expresar aquello que llevamos en nuestro interior. Nos viene a decir: No os guardéis para vosotros lo que habéis recibido de Dios: el Espíritu de Vida, que da sentido a nuestra existencia y nos conduce a la Plenitud.

Estoy seguro de que muchos os preguntáis cómo podéis evangelizar; decís que no sabéis lo suficiente, que no tenéis palabras… Puede ayudarnos una frase atribuida a san Francisco de Asís: «Evangelizad siempre; y, si es necesario, con palabras». Porque solo podemos dar lo que tenemos; solo podemos evangelizar si el Evangelio está vivo en nosotros; solo podemos transmitir y contagiar la alegría, el entusiasmo y la esperanza del Evangelio en la medida en que lo vivimos. Y, si es así, veréis cómo se hacen realidad aquellas palabras de Jesús: «no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en aquel momento se os sugerirá lo que tenéis que decir, porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros.» (Mt 10,19-20).

Por tanto, antes es vivir que predicar, y, de hecho, se predica con la vida. El papa san Pablo VI ya decía que el celo por la evangelización brota de la santidad. Ante la palabra «santidad», solemos quedarnos bloqueados, porque nos sentimos indignos y pecadores, y es que confundimos santidad con perfección, que no es de este mundo, sino un don de Dios. El mismo Pablo VI nos aclara que la evangelización brota de un corazón lleno de Dios. Tal vez nos inspire el diálogo entre Jesús y Pedro, pecador, que lo había negado tres veces: «¿Me amas?» «sí, te amo». También a nosotros Jesús nos dice: si me amas, evangeliza; habla de mí con palabras y, sobre todo, con tu vida.

Santiago Soro Roca, pbro.
Vicario general