María es la mejor puerta de entrada para acercarnos a Jesús y, cómo no, la puerta para llevarnos al cielo. Siempre ha sido una puerta abierta desde el momento en que recibió la visita del ángel: «»Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: «No temas, María”» (Lc 1,28-30). María aceptó su invitación en medio de dudas e incertidumbres, porque su disponibilidad fue radical. Ella creyó, se fió de Dios.
Ella está presente en el nacimiento de Jesús, en la presentación en el templo, en la boda de Caná y durante toda su vida pública. Y lo hacía desde el silencio, la escucha, la oración…
Dios la eligió como madre suya; a través de ella Jesús se hace hombre, toma nuestra naturaleza humana, se convierte como uno de nosotros. Toda su vida es un conjunto de actitudes de esperanza, empezando por el “sí” en el momento de la Anunciación. Ella se confió al misterio que Dios le anunciaba a través del ángel y se convirtió en la mujer de esperanza. Luego la vemos en Belén, donde Jesús nace pobre. Más tarde le acompaña a Jerusalén para presentarlo al templo y allí Simeón le anuncia que una espada le atravesará el corazón. Más tarde, en la presentación en el templo de Jerusalén a la edad de 12 años, dice a sus padres: «¿Por qué me buscabais?» (Lc 2,49).
Sin embargo, frente a todas estas dificultades y sorpresas del proyecto de Dios, la esperanza de María no vacila, aunque no entendía nada. Y todo esto porque la esperanza se nutre de escucha, de contemplación, de paciencia.
También en la boda de Caná, María es la madre de la esperanza que la hace estar atenta y solícita a las cosas humanas. Con el inicio de la vida pública, Jesús se convierte en el Maestro y el Mesías. María mira la misión del Hijo con exultación y con ansia. Al pie de la cruz, es la mujer del dolor y al mismo tiempo de la vigilante espera de un misterio, el misterio de la salvación a través de la muerte de Jesús en cruz.
Debemos mucho a María, la Madre presente en cada momento de la historia de la salvación. Ella también sostuvo la decepción y el desánimo de los discípulos después de la muerte de Jesús. No les abandonó en la oscuridad, en su aparente derrota. Ella estuvo presente cuando el Espíritu, en Pentecostés, les cambió de ser miedosos a hombres valientes y con coraje para predicar el mensaje de Jesús.
Y María también ha estado y está presente en la vida de todas las personas que sufren: en los pobres desvalidos. Ella sostiene nuestra fe y esperanza. Nos conduce hacia Jesús, es nuestra intercesora y nos acompaña al cielo.
Este título refleja su misión maternal. María no es una figura lejana, sino una puerta siempre abierta, su corazón está dispuesto a acoger a todos aquellos que buscan consuelo, esperanza y fe. Ella nos invita a abrir nuestro corazón, así como ella lo hizo, para que Dios pueda habitar en nosotros y guiarnos hacia el cielo.
Está en la puerta, con los brazos abiertos para recibir a sus hijos y conducirlos hacia Jesús. ¡De nuestro corazón debe brotar un gracias sincero y profundo!
Hna. Julia Erro Ezcurra, de la comunidad de las Dominicas de la Enseñanza de Tarragona
Artículo publicado en el Full dominical del 17 de mayo de 2026 (n. 3975)








