La sorpresa de la Navidad está ligada a la humildad. El Mesías esperado desde hacía siglos, anunciado por los profetas y esperado por generaciones de judíos, vino al mundo sin hacer ruido, sin que nadie se enterara, excepto unos pastores de aquellos contornos que aquella noche guardaban el ganado.

El periodista inglés Malcom Muggeridge, que fue corresponsal en varios países, escribió que si él hubiera estado en Palestina hace dos mil años, el nacimiento de Jesucristo no lo hubiera cubierto como noticia. Más bien en aquellos años hubiera entrevistado a Herodes, o a Pilatos, o cubierto algún alzamiento contra los romanos, pero el nacimiento de un niño en un establo le habría pasado desapercibido, pese a convertirse en el acontecimiento más importante de la historia del mundo.

Lo mismo podría ocurrirnos ahora a nosotros con respecto a la Navidad. Si no fuéramos capaces de guardar un mínimo de silencio en el ajetreo diario, si solo nos interesáramos por las informaciones variadas que van llegando a cada minuto, la noticia de Cristo podría pasar ante nuestras mirada sin darnos cuenta. Al igual que la estrella que vieron los Magos, las luces de Navidad no son las protagonistas, sino el medio que nos debe conducir a Jesús.

Incluso entre los creyentes, los teólogos, los sacerdotes y los obispos cabe la tentación de desviarnos del tema si descuidáramos lo principal atraídos por lo secundario. En la vida cristiana el saber es importante si conduce al amor.

El Papa Francisco, en su exhortación Gaudete et Exultate, recoge una anécdota del fundador de los Franciscanos: Cuando San Francisco de Asís veía que algunos de sus discípulos enseñaban la doctrina, quiso evitar la tentación del gnosticismo. Entonces escribió esto a San Antonio de Padua: «Me agrada que enseñes sagrada teología a los hermanos con tal que, en el estudio de la misma, no apagues el espíritu de oración y devoción». Él reconocía la tentación de convertir la experiencia cristiana en un conjunto de elucubraciones mentales que terminan alejándonos de la frescura del Evangelio.

San Buenaventura, por otra parte, advertía que la verdadera sabiduría cristiana no se debe desconectar de la misericordia hacia el prójimo: «La mayor sabiduría que puede existir consiste en difundir fructuosamente aquello que uno tiene para dar, lo que se le ha dado precisamente para que lo dispense.»

En esta Navidad sigamos las enseñanzas de estos santos. No apaguemos el espíritu de oración y no desconectemos de las necesidades de nuestro prójimo más necesitado. Si así lo hacemos nos dejaremos alcanzar por la sorpresa de la Navidad y será la más feliz de nuestra vida.

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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