Ya está aquí 2019 y con él su agenda, en la que hay fechas con acontecimientos previstos y otras, la mayoría, en blanco, a merced de lo que vaya sucediendo en el mundo y en nosotros mismos. Ya sabemos que se celebrarán los treinta años de la caída del Muro de Berlín, los cincuenta de la llegada del hombre a la Luna, los ochenta del estallido de la Segunda Guerra Mundial, los noventa de la Gran Depresión en los Estados Unidos… Y en nuestra vida tenemos previstos aniversarios personales y familiares que se repiten anualmente.

Cuando cambiamos de calendario, junto a todo esto, hay algo que también nos incumbe que ya no es de conmemoración de hechos pasados, sino de previsión de futuro: los proyectos y propósitos.

Todo proyecto comienza con un propósito: primero reflexionamos sobre algo que nos gustaría que sucediera y luego ordenamos a la voluntad tratar de hacerlo posible. Por eso hay que vencer el miedo a comprometernos en algo porque nos parece que amenaza a nuestra zona de confort.

Algunos propósitos de estas fechas son ya tópicos: dejar de fumar, adelgazar, hacer deporte, aprender idiomas… que muchas veces no se cumplen por falta de estímulos. Cuando estos llegan, avanzamos. Son variados: del estímulo a dejar el tabaco se encarga el Estado con sus restricciones; de que adelgacemos o que hagamos deporte, el médico que nos prescribe dieta o ejercicio físico; de aprender inglés, el estímulo puede ser que tengamos previsto pasar una temporada en Inglaterra.

Estos datos de la psicología más sencilla pueden trasladarse también a un nivel personal más profundo. Son los propósitos nacidos de una reflexión sobre los grandes temas de nuestra existencia: ¿Soy realmente feliz? ¿Hago felices a los demás? ¿Cuál es el sentido de mi vida? Pensar en la felicidad propia no es egoísmo; si no la tenemos no podremos repartirla.

Aquí es donde el Evangelio nos hace grandes aportaciones, por una parte con las bienaventuranzas, que resultan tan paradójicas como ciertas; por otra, algunas escenas de personajes que se encuentran con Jesús de Nazaret, como el «joven rico», del que no conocemos su nombre, pero sí su diálogo con Cristo, del que se retiró triste, porque le faltó generosidad, ya que «era muy rico». También el caso de Zaqueo, aquel rico publicano de baja estatura en cuya casa se hospedo Jesús, a quien dice en su felicidad: «La mitad de mis bienes daré a los pobres y si a alguien he defraudado, cuatro veces más.»

He aquí un buen propósito para el nuevo año: ser generosos en el seguimiento de Jesucristo y en atender con nuestros bienes a los más necesitados.

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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