Muy estimados/as,

El coronavirus ha trastornado nuestras vidas. Nos hemos quedado con una dosis de incertidumbre, de preocupación y de angustia, sobre todo al darnos cuenta de la grave crisis sanitaria que conlleva. Igual que el caballo de Troya de la Eneida de Virgilio, se nos ha infiltrado en medio de nuestros muros de bienestar y de nuestras fortalezas aparentemente infranqueables. Este año, la naturaleza nos obliga a hacer una especie de Cuaresma forzada para todos y todas y, además, con la incertidumbre de no saber cuándo llegará verdaderamente la alegría pascual.

Hago mía una reflexión que ha circulado estos días pasados en Italia por parte de una psicóloga, llamada Francesca Morelli. El universo —nos venía a decir—, tiene su forma de devolver el equilibrio a las cosas según sus propias leyes, sobre todo cuando éstas se encuentran alteradas. En un momento en que el cambio climático está llegando a niveles preocupantes, en una época basada en la productividad y en el consumo, se nos obliga al bloqueo, a la parada necesaria, a permanecer quietos. En un momento en que ciertas políticas e ideologías discriminatorias pretenden hacernos retornar a un pasado vergonzoso, aparece un virus que nos hace experimentar que, en un abrir y cerrar de ojos, podemos convertirnos nosotros mismos en discriminados, aquellos a los que no se nos permite cruzar ninguna frontera, aquellos que precisamente somos los que transmitimos enfermedades. En una época en que la educación de los hijos se ha relegado a otras figuras e instituciones, se nos obliga a cerrar escuelas y catequesis, y nos fuerza a buscar soluciones alternativas, al retorno del padre y la madre, el retorno a ser familia. En una época en que el pensamiento individual se ha convertido en la norma, se nos dice que la única forma de salir del callejón sin salida es cerrar filas, haciendo resurgir en nosotros el sentimiento de ayuda al prójimo, de pertenecer a un colectivo, de poder convertirse en corresponsables unos de otros.

Es bueno, por tanto, pensar qué podemos sacar de positivo de todo este problema. Da la impresión de que la humanidad se encuentre en deuda con el universo y sus leyes, y que esta pandemia nos lo venga a decir, aunque a un precio muy alto. ¿Podemos aprender de este suceso que está sacudiendo nuestras vidas? Seguro que, al menos por lo que en estos días se nos obliga a hacer, podemos aprender una lección de austeridad. El hecho de deber estar recluidos, con un montón de actividades suspendidas, puede convertirse en una llamada a buscar la riqueza de una sobriedad verdadera, que nos lleve a lo más profundo y auténtico en nosotros y en los demás. Hay otra manera de vivir, se nos viene a decir. Una forma de vivir más sencilla, más sobria, más austera. La pobreza y la fragilidad de nuestro planeta, ¿no son dos caras de una misma realidad que puede llamarse insolidaridad? Es lo que nos afirma el Papa Francisco en su Carta Encíclica Laudato si’, que el próximo mes de mayo cumplirá cinco años: «El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral». Y añade: «El Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado» (núm. 13). De ahí que el Papa haga «una invitación urgente a un nuevo diálogo sobre el modo como estamos construyendo el futuro del planeta. Necesitamos una conversación que nos una a todos… Necesitamos una solidaridad universal nueva» (núm. 14).

Con todo, hoy por hoy, además de una reflexión más profunda sobre la pandemia que nos ha llegado, nos invaden muchas otras preguntas más directas que, de hecho, se encuentran en el ambiente, en el corazón de los mismos ciudadanos: ¿Qué debemos hacer? ¿Cómo podemos ayudar? ¿Estamos haciendo lo correcto como cristianos?

Siguiendo las disposiciones de la Conferencia Episcopal Tarraconense, el sábado pasado publicábamos una nota en la que dispensábamos del precepto dominical mientras dure la situación de grave crisis sanitaria actual. También decíamos que quedaban suspendidas las celebraciones de la Eucaristía con participación de fieles. También hablábamos de que, en orden a las exequias, tras un diálogo con las familias, éstas se celebraran de forma simplificada, posponiendo los funerales para más adelante, así como de la prudencia pastoral en posponer otras celebraciones sacramentales.

Pero no nos podemos quedar meramente quietos con estas disposiciones. De aquí que agradezco de corazón las iniciativas y la tarea impresionante que ya durante este fin de semana habéis hecho muchos de vosotros en vuestras parroquias y comunidades eclesiales. Algunos de vosotros, habéis tenido la iniciativa de retransmitir por vía telemática la misa que habéis celebrado a puerta cerrada; otros, habéis enviado comentarios a la Palabra de Dios, u oraciones diversas. Alabo y agradezco todo lo que habéis hecho, que muestra vuestra inquietud pastoral y vuestro celo apostólico.

Como obispo vuestro también me toca estar muy cerca de vosotros en estos momentos y, al mismo tiempo, haceros algunas recomendaciones y apoyar algunas iniciativas que pueden tener lugar estos días. Por este motivo, permitidme que haga estas consideraciones:

  • Que el hecho de estar recluidos en casa comporte para todos nosotros una llamada a vivir más sobriamente. Procurad estar cerca de los que sabéis que sufren especialmente o lo pasan mal, aunque sólo sea porque sienten la soledad y la angustia. Podéis llamar por teléfono a los enfermos, a las personas mayores que ya habitualmente no salen de casa, o los posibles contagiados por la enfermedad. Estad disponibles en todo momento para acoger y atender a todo el mundo. A veces basta con escuchar, o de dar una palabra de consuelo y de ánimo. Aprovechad de una manera particular el teléfono, internet y las nuevas tecnologías para estar muy cerca de tus feligreses.
  • Respetando siempre las recomendaciones que puedan venir de las autoridades sanitarias, procurad tener abiertas las iglesias, al menos en las horas que habitualmente las teníais abiertas. Las personas que lo deseen, pueden ir a rezar. Una buena oración, hecha en la Iglesia o en casa mismo, puede ser la «comunión espiritual».
  • Tengamos también un cuidado especial por los más débiles, no obviando la llamada a «no dejar abandonados a los “amigos” sin techo». En cada municipio, preocupémonos especialmente para ellos, tratando de encontrar, con la ayuda de Cáritas y los mismos servicios municipales, las soluciones más adecuadas.
  • La Delegación Diocesana de Liturgia os enviará, como ya hizo este fin de semana, un subsidio dominical que lleva por título «Celebrar y rezar en tiempos de epidemia», a cargo de la Comisión Nacional de Liturgia de la Conferencia Episcopal italiana. Se trata de una buena herramienta que podéis enviar a todos vuestros feligreses, en la medida que podáis. También, la misma Delegación, preparó un modelo de oración de los fieles, que os serán de nuevo enviadas.
  • Por otra parte, he pedido también a nuestro delegado de Liturgia, Mn. Rafael Serra, que prepare unas plegarias a la Virgen. Cada día se publicará una de diversa y consistirá en la visita espiritual diaria a un santuario o ermita de nuestra Archidiócesis dedicada a la Virgen. Oraremos cada día desde un santuario o ermita diferente, para que el Señor, por intercesión de María, nos ayude y nos sostenga en estos momentos de tribulación. Esta oración se os enviará y será publicada cada día en la página web del Arzobispado. Agradecemos a Mn. Rafael su disponibilidad.
  • El Secretariado Interdiocesano de Catequesis ha preparado también una propuesta catequética dirigida a los niños y niñas de la catequesis, así como a sus padres y familiares. Os lo enviará la Delegación Diocesana de Catequesis. Se trata de una propuesta a trabajar en familia basada en el Evangelio del domingo. Creemos que puede ser una buena manera de orar juntos y compartir la fe en familia y, al mismo tiempo, estar en comunión con toda la Iglesia. Si necesitaseis más información, poneros en contacto con nuestro delegado, Mn. Joan Àguila.
  • Las Diócesis con sede en Catalunya nos hemos unido a la iniciativa promovida por la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Española para que, cada día a las 12 h. del mediodía, se rece la oración del Ángelus, mientras se hacen sonar las campanas de las iglesias para invitar a orar, en solidaridad con todos los confinados en sus hogares y para agradecer la entrega de todos los que generosamente trabajan para atender y combatir la pandemia del coronavirus. Todos los fieles son invitados a unirse desde sus respectivos hogares a esta iniciativa eclesial y ciudadana y, en la medida de lo posible, os pedimos que podáis secundar esta propuesta.
  • Informad a vuestras respectivas comunidades de las retransmisiones de la Eucaristía, diaria o dominical, que podáis hacer por vía telemática. Personalmente, el domingo próximo, día 22 de marzo, a las 12 del mediodía, celebraré la Eucaristía, sin participación presencial del pueblo, en la Capilla de Santa Tecla de la Catedral. Se hará la retransmisión en directo a través de las redes sociales, que encontrareis publicadas en la página web del Arzobispado.
  • Tengo un pensamiento y una oración especial por los sacerdotes mayores, especialmente los que vivís solos, en vuestros respectivos hogares. Cuidaos y, si necesitáis algo, llamad inmediatamente.

Os tengo a todos muy presentes en la oración. Que esta Cuaresma, que se nos ha vuelto muy especial y única, nos lleve a una mayor conversión hacia el Dios de Jesucristo y comporte una mirada más atenta hacia los hermanos, especialmente los pobres y los enfermos, que se convierten en presencias vivas de Cristo en medio de nosotros.

El Santo Padre Francisco desde el inicio de esta epidemia, nos ha recomendado la oración confiada a la Virgen y añadió al Ángelus esta oración:

 Oh María, Vos resplandecéis siempre en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. Nosotros nos confiamos a Vos, Salud de los enfermos, que cerca de la Cruz fuisteis asociada al dolor de Jesús, manteniendo firme vuestra fe.

Vos, Salvación de todos los pueblos, sabéis de qué tenemos necesidad y estamos seguros de que proveeréis, porque, como en Caná de Galilea, pueda volver la alegría y la fiesta después de este momento de prueba.

Ayúdenos, Madre del Divino Amor, a conformarnos a la voluntad del Padre y hacer lo que nos dirá Jesús, quien ha tomado sobre sí nuestros sufrimientos y ha cargado con nuestros dolores para conducirnos, a través de la Cruz, a la alegría de la Resurrección.

Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; escuchad nuestras súplicas en toda necesidad y líbranos siempre de todo peligro, Virgen gloriosa y bendita. Amén.

 Estimados todos, «que el Señor nos bendiga y nos proteja, ilumine su rostro sobre nosotros, nos conceda su favor y la paz» (cf. Núm 6,24-26).

Vuestro,

+ Joan Planellas i Barnosell,
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado.

Tarragona, 16 de marzo de 2020

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