Estimados,

Nabí es una de las obras capitales del escritor catalán Josep Carner (1884-1970). En ella retoma el tema bíblico de Jonás y muestra el desencanto ante las miserias humanas y las contrariedades de la vida, como hacía el profeta del Antiguo Testamento. En el largo poema, publicado acabada la Guerra Civil, hay versos sublimes. Algunos de ellos nos irán de perlas para meditarlos durante este final de Cuaresma y ante la emergencia sanitaria que estamos viviendo. Lo veremos a continuación.

Hombres y mujeres afianzamos la personalidad a medida que aseguramos nuestra autonomía. Pero, a veces, nos pasamos y nuestras historias, como la historia del conjunto humano, van demasiado lejos: Nos desmarcamos incluso de Dios, de quien, precisamente, hemos recibido la semilla de nuestra personalidad.

Para ser libre —dicen muchos— hay que olvidarse de Dios. Hay que prescindir de Él para conseguir una sociedad de futuro. Se trata de una filosofía que se extiende como una mancha de aceite en nuestro mundo. Conviene saberlo para poder evitarla.

El humanismo cultural vigente, en cambio, define la bondad y la maldad por la cantidad de votos, como si la ética dependiera de la sociología: algo está bien o mal según decida la mayoría. El hombre se refleja en sí mismo y termina en un narcisismo que le confunde y desconcierta.

Otros afirman: el hombre no es pecador; en todo caso es un enfermo, una víctima del ambiente. Eliminan, por tanto, la idea de pecado, a fin de que el ser humano se libere de su conciencia de culpa. No hay pecado.

Aquí, nos resultará provechoso recurrir al poema de Carner. En cierto momento, Nabí —equivalente a Jonás— reflexiona en voz alta: «Home perdut entre un manyoc de vies / oh malaventurat! / a mig camí no tens esment de què volies» (II, 1-3). (Perdido en un sin fin de posibilidades, ¡desgraciado!, estás a mitad de camino y no tienes idea de adónde vas). Y, dirigiéndose a Dios, le dice: «El crim és adorat en pedra i fusta. / Tes legions on són? / De ton voler la vida es desajusta; / corren balders els falliments del món» (II, 56-59). (Las malas acciones se convierten en ídolos, y ¿dónde están tus ejércitos? La vida no se ajusta a tu voluntad; los delitos campan a sus anchas). Además, se lamenta: «Por tinc, Senyor, que ja no et tinguin por» (II, 71). (Temo, Señor, que ya no te teman). El hombre, don de Dios, busca su identidad y sus certezas en sí mismo. Pero, como afirma Carner, «Ai de qui, just, s’alzina com déu de pedra, august! / Quan Déu revé, quan Déu es lleva / despulla l’home de la seva / pretensió de ser just» (I, 84-87). (¡Ay del justo que se yergue majestuoso, como dios de piedra! Cuando Dios se crece, cuando Dios se levanta, quita al hombre su alarde de ser justo.)

En estos días nos sentimos contrariados, angustiados y desnudos de nuestras pretensiones y de nuestros proyectos meramente humanos. Solamente salimos del atasco si nos aceptamos como don de Dios. A la luz de Cristo, intuimos nuestra sombra. El hijo pródigo del evangelio comprende dónde ha ido a parar rememorando su vida en casa del padre.

Desde el convencimiento de la presencia de Jesús en nuestra vida, tomemos conciencia de ser salvados y, por tanto, pecadores, y sintamos la necesidad de deshacernos del pecado. Muchos conocíamos el Evangelio, pero lo entendíamos como una filosofía y no como la comunión con alguien. Solo quien siente la necesidad de comunión con Dios Padre tiene la suerte de descubrirse pobre y pecador.

Vuestro,

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado de Tarragona i primat

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