Estimados diocesanos, nueve meses después de la celebración de la Concepción Inmaculada de la Virgen María, el día 8 de septiembre festejamos su nacimiento glorioso. Este año el hecho de coincidir en domingo hace que la Iglesia pueda celebrar esta fiesta con más solemnidad. La liturgia sólo celebra tres nacimientos: el de Jesús, el de la Virgen María y el de San Juan Bautista. El primero y el tercero están documentados en los evangelios, en cambio el de la Virgen, aunque los evangelistas no se hacen eco, la Iglesia de Oriente lo celebra desde muy antiguo, pero hasta el siglo VII no se empezó a celebrar en Roma y desde la capital católica se expandió a todo el mundo cristiano.

 

Es justo y loable que la Iglesia venere con devoción filial el nacimiento de la Virgen, que mereció tener una concepción inmaculada con vistas a su maternidad divina. Con todo, según la genealogía de Jesús que encontramos en el Evangelio de San Mateo, aparece María en medio de una ascendencia donde no todos los eslabones de la cadena son del todo edificantes. Jesús viene al mundo a través de esta Virgen de Nazaret al final de un linaje paradójico del que, a pesar de todo, Dios se sirvió para llevar a cabo su plan de salvación. Y es que Dios sabe escribir recto con líneas torcidas. Dios entra en nuestra historia, llena de luces y sombras, de grandezas y de miserias, como lo muestra la misma vida de los personajes de la genealogía de Jesús.

 

Por otra parte, cuando miramos María de Nazaret en su realidad cotidiana, seguramente quedaríamos asombrados de la ignorancia que manifestaría sobre los títulos con que fue engalanada posteriormente: concepción inmaculada, Madre de Dios, siempre virgen, esperanza de Israel, hija de Sión y tantos otros…, los tendría personalmente por desconocidos. Y es que María vivió siempre bajo la mirada de Dios con una transparencia y humildad totalmente singulares. Ella vivía el día a día sin la más mínima pretensión ni aspiración. Para ella todo fue gracia, todo gratuidad y rendición a la voluntad divina, como lo manifestaría al arcángel Gabriel al final de la Anunciación: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.» La encontramos, por tanto, lejos de cualquier retórica o exaltación personal. En ella no hay ninguna euforia repentina que la llevara a contárselo a las vecinas. Manifiesta, en cambio, la más admirable discreción, como si nada pasara en su vida, rendida toda ella a la voluntad de Dios. El porqué de todo está en manos de Dios y el «cómo» ya se irá manifestando en el desarrollo de los acontecimientos que marcarán su existencia. Ella no se cuestionaba nada, poniéndose a las manos del Amo y Señor de la vida y viviendo confiada bajo su providencia.

 

Que bonito también que esta preciosa fiesta de hoy esté tan arraigada popularmente en la tradición de nuestro pueblo con motivo de las Vírgenes halladas, como Montserrat, Núria, Meritxell, la Serra, la Salud, la Pineda, el Camí, els Torrents, el Claustro y tantísimas otras advocaciones que, haciendo corona alrededor de la Virgen, la adornan con una devoción y afecto filiales. Por eso felicito a todas las mujeres que, siguiendo la tradición de las diferentes regiones, celebráis hoy vuestra onomástica.

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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