La fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo nos recuerda que la Iglesia tiene por centro la Eucaristía. El pueblo santo y fiel de Dios debe fundamentarse en la Eucaristía, porque ella es «la fuente y cima de toda la vida cristiana», como afirma el Concilio Vaticano II (Lumen gentium, 11). Y añade a continuación que los fieles, «una vez nutridos con el cuerpo de Cristo en la santa asamblea, demuestran de modo palpable la unidad del pueblo de Dios, unidad adecuadamente significada y maravillosamente producida por este sacramento augustísimo».

De aquí que la eucaristía, al convertirse en el centro de la vida cristiana y la principal manifestación de la Iglesia, sea también por excelencia el sacramento del amor y de la caridad. No podemos separar la eucaristía de la caridad, del amor a los demás. Comulgar el cuerpo de Cristo significa comulgar con todo su Evangelio. Y comulgar con su Evangelio significa comulgar con los pobres y con todos aquellos marcados por el dolor y la necesidad. De entre los Padres de la Iglesia, probablemente es San Agustín quien mejor ha expresado la correspondencia que debe haber entre el altar de la eucaristía y la propia vida. Si sobre el altar está el cuerpo de Cristo, también el cristiano debe reproducir este símbolo en la propia vida, convirtiéndose en iconos del «cuerpo de Cristo» en medio del mundo. Afirma San Agustín: «Si queréis comprender lo que es el cuerpo de Cristo, escucha al apóstol: «Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros»» (1Cor 12,27). Pues, si vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, lo que se encuentra sobre la mesa santa es un símbolo de vosotros mismos, y lo que recibís es su propio misterio. Vosotros mismos lo ratificáis al responder: «Amén» […]. Sed lo que veis y recibid lo que sois. Esto es lo que ha dicho el Apóstol sobre este pan» (Sermón, 272).

Por este motivo, tradicionalmente se relaciona la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo con la fiesta anual de Cáritas. Esta prestigiosa institución eclesial pide hoy nuestra respuesta solidaria, con el lema «Hay que estar cerca para verlo todo». La Eucaristía nos debe hacer capaces de compartir, de cambiar nuestra manera de vivir, empezando con las pequeñas cosas de cada día, desde el que compramos en la tienda de al lado hasta la generosidad con los necesitados. La eucaristía, de una manera muy profunda, nos educa para el amor y la solidaridad, porque ante la eucaristía todos somos iguales. Como afirma el Papa Francisco, «Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar estas coberturas personales o comunitarias que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tempestad humana, porque aceptamos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los demás y conozcamos la fuerza de la ternura. Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente y vivimos la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo» (La alegría del Evangelio, 270).

Que seamos capaces de amar y de vivir la eucaristía para poder luego vivir también la caridad.

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

Start typing and press Enter to search

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies

ACEPTAR

Aviso de cookies