En el Concilio Vaticano II no encontramos un documento específico sobre el tema de la fe. Sin embargo, el Concilio estuvo animado por la conciencia y el deseo de adentrarse nuevamente en el misterio cristiano, a fin de proponerlo de una forma nueva al hombre contemporáneo. Dos años después de terminar el Concilio, el Papa San Pablo VI afirmaba: «Queremos hacer notar que, si el Concilio no habla expresamente de la fe, habla en cada página, al reconocer su carácter vital y sobrenatural, la supone íntegra y con fuerza, y construye sobre ella sus enseñanzas. Bastaría recordar algunas afirmaciones conciliares […] para darse cuenta de la importancia esencial que el Concilio, en sintonía con la tradición doctrinal de la Iglesia, atribuye a la fe, a la verdadera fe, a aquella que tiene como fuente Cristo y por canal el magisterio de la Iglesia» (8 de marzo de 1967).

Aunque, como se ha dicho, no hay un documento específico sobre la fe, sí que en el Concilio encontramos una descripción de lo que significa creer. Esta se encuentra en la Constitución sobre la Palabra de Dios: «Por la fe el hombre se confía todo entero y libremente a Dios, ofreciendo el homenaje del entendimiento y de la voluntad al Dios que se comunica, y aceptando voluntariamente revelación que de él hemos recibido» (DV 5). Por lo tanto, por el Concilio Vaticano II, la fe no se limita meramente a unos contenidos teóricos, sino que implica dar el corazón a Dios, entregarse totalmente a él. El Concilio contempla la fe como una adhesión, como la respuesta amorosa de toda la persona —inteligencia, corazón y libertad— a la revelación de la intimidad de Dios, al amor de Dios Padre manifestado sobre todo en el misterio de la venida de su Hijo al mundo.

Cuando el mes de octubre del año 2012 el Papa Benedicto XVI inauguró solemnemente el Año de la Fe como prólogo de la gran celebración del cincuenta aniversario del Concilio Vaticano II, afirmaba que durante el Concilio «había una emocionante tensión en relación a la tarea común de hacer resplandecer la verdad y la belleza de la fe en nuestro tiempo, sin sacrificarla a las exigencias del presente ni encadenarla al pasado». De ahí que, según él, debía reavivar en toda la Iglesia «aquella tensión positiva, aquel anhelo de volver a anunciar a Cristo al hombre contemporáneo». Y añadía el Papa: «A fin de que este impulso interior […] no se quede sólo en un ideal, ni caiga en la confusión, es necesario que se apoye sobre una base concreta y precisa, que son los documentos del Concilio Vaticano II, en los que ha encontrado su expresión». Por este motivo, hay que volver a la «letra» del Concilio, es decir, a sus textos, para encontrar el espíritu auténtico. «La referencia a los documentos evita caer en los extremos de nostalgias anacrónicas o de huidas hacia adelante, y permite acoger la novedad en la continuidad. El Concilio no ha propuesto nada nuevo en materia de fe, ni ha querido sustituir lo que era antiguo. Más bien se ha preocupado para que esta fe se continúe viviendo hoy, para que continúe siendo una fe viva en un mundo en transformación.»

Estimados. Recogemos este legado y apliquémoslo en nuestro hoy. Renovemos y actualicemos nuestra fe, para que se convierta en una fe más viva y auténtica, capaz de iluminar con su fuerza los que nos rodean.

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona

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