Queridos diocesanos. Mañana en Tarragona celebramos la popular fiesta de San Magí, un eremita de estas tierras, martirizado a principios del siglo IV. La tradición nos dice que San Magí había sido hijo de una noble casa y que, para seguir más radicalmente el Evangelio, se había retirado a hacer vida eremítica en una cueva al norte de la Brufaganya. Allí estuvo cerca de treinta años. Pero, a finales del siglo III, tuvo lugar la persecución del emperador romano Diocleciano en contra de los cristianos, que envió a la península ibérica el prefecto Daciano a hacer cumplir las órdenes imperiales. Llegado a Tarragona y viendo que los consejos espirituales, los sermones y el mismo testimonio de Magí atraía mucha gente al cristianismo, mando ir a buscarlo con el objetivo de hacerle abjurar de su fe y, al no lograrlo, lo hizo encarcelar. Tras sanar la hija del prefecto, la leyenda afirma que unos ángeles le abrieron las puertas de la cárcel y rompiéndole las cadenas, pudo salir fuera de la ciudad y volver a su cueva, donde oraba y dirigía espiritualmente. Pero los soldados fueron a buscarlo y entonces tuvo lugar su degüello. Alrededor de su muerte, han surgido también hermosas leyendas, como la del agua que brotó después de haber tocado la piedra con su bastón y que sació a sus mismos verdugos sedientos. En el lugar del martirio se levantó el actual Santuario de San Magí de la Brufaganya. Hay que decir que son también de esta misma época las tradiciones martiriales de San Feliu en Girona, de San Cugat en Terrassa y de Santa Eulalia en Barcelona.

La devoción a San Magí ha sido siempre muy popular en Tarragona, convirtiéndose en su patrón, aunque no encontramos noticias documentadas anteriores al siglo XIV. Incluso, se ha discutido por cuál de las puertas de la ciudad pudo salir San Magí, una vez liberado de la cárcel. Con todo, el testimonio más elocuente es el del portal del Carro, donde se colocó, probablemente en el siglo XVI, la imagen del santo pintada sobre yeso en la tierra que formaba el muro del portal. Ocultada la imagen en reforzarse la muralla por motivos de seguridad, se pudo volver a abrir el 18 de agosto de 1777, convirtiéndose el portal en capilla del santo. Una multitud de devotos tarraconenses se iba reuniendo, como lo muestra la cantidad de misas celebradas a finales del siglo XVIII, así como el registro de gracias obtenidas por intercesión del santo ermitaño. Incluso, la capilla no sufrió estragos durante el asedio de Napoleón, cuando en agosto de 1813 se apagó milagrosamente la mecha que debía destruirla.

Que este breve recuerdo de San Magí, fiesta que este año espero con ilusión poder celebrar por primera vez con todos los tarraconenses, nos estimule a tener la solidez espiritual que él tuvo, haciendo de ermitaño durante treinta años. Que el agua de San Magí nos lleve hacia el agua viva que es Cristo, que un día dijo a la samaritana: «el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed…, porque se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna» (Juan 4,14). Que esta agua nos lleve a vivir siempre con el corazón joven que tuvo siempre San Magí, fundamentado en la eterna juventud del Evangelio de Jesús.

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona

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