Estimados diocesanos, en la tradición bíblica encontramos a menudo el signo de la alianza, es decir, el pacto de unión y de amor entre Dios y el pueblo elegido. La alianza tenía un carácter sagrado y era concretada con determinados ritos. Quedaba constancia de este pacto mediante unos dones, unas ofrendas o sacrificios; también se podía erguir una piedra en forma de monumento o, incluso, por medio de algún documento escrito.

Después de las alianzas de Dios con Noé y con Abraham, encontramos sobre todo en el texto bíblico la alianza del Sinaí, que es la alianza por antonomasia, cuando Dios da las tablas de la Ley y los mandamientos. El pacto del Sinaí comporta aquella observancia primera y fundamental de tener el Señor como único Dios. Él es el Dios de la vida, el Dios que acompaña en la historia del pueblo, el Dios de salvación. El ritual para sellar este pacto de amor es la erección de doce piedras, en representación de las tribus, la ofrenda de un sacrificio y la aspersión con la sangre de las víctimas sobre el pueblo. La sangre es signo de vida y, por tanto, la vida del pueblo en su pacto de amor con el Dios de la vida debe ser sellada por lo que representa esta vida. Más tarde, la bondad de Dios a pesar de las infidelidades humanas, lo lleva, ante el fracaso de la alianza antigua, a prometer una nueva, por boca de los profetas Jeremías y Ezequiel. De acuerdo con esta alianza, el don del Espíritu de Dios hará que el pueblo lleve escritas las prescripciones de la alianza no en tablas de piedra sino en el propio corazón. Se trata de una alianza superior e interior.

Según la tradición cristiana, esto se cumplirá en Jesucristo. Precisamente, en la Última Cena, Jesús sella el nuevo pacto de amor con su propia sangre, que será derramada poco después en el altar de la cruz. Por este motivo, el autor de la carta de San Juan puede decir: «Si caminamos en la luz […] estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado» (1Jn 1,7). Beber su sangre, nos une íntimamente en comunión con quien es la luz y la vida verdaderos.

Jesucristo se dio totalmente. Él derramó su sangre para darnos vida. De igual manera, cuando una persona da su sangre está salvando la vida de otras personas. La vida se encuentra en la sangre y, como afirma el Evangelio de Juan, «nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (15,13).

Estimados, dentro de unos días tendrá lugar en Tarragona la «Maratón» de los donantes de sangre. La donación de sangre es una necesidad social. Para abastecer las necesidades de nuestra comunidad son necesarias, aproximadamente, unas cuarenta donaciones por cada mil habitantes y año. La sangre no se puede fabricar, sólo se puede obtener de donantes altruistas, convirtiéndose en imprescindible para donaciones y urgencias. Además, la sangre tiene fecha de caducidad; por este motivo no se puede almacenar por mucho tiempo. Como cristianos, colaboremos en esta campaña. Dar sangre es dar vida, como Jesús que dando su sangre obtuvo para todos nosotros vida y vida verdadera.

 

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona

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