Muy estimados todos en el Señor. Estimados todos los que seguís esta retransmisión del Jueves Santo desde la capilla del Santísimo Sacramento de la Catedral de Tarragona mediante la televisión TAC 12, o bien, por el canal web del arzobispado o de las mismas redes sociales. Estimados enfermos, tanto los que estáis en las residencias, hospitales o confinados en casa.

Es siempre alrededor de una mesa que celebramos la Eucaristía. Pero, a pesar de que debamos celebrar la eucaristía a puerta cerrada, esta tarde parece como si la mesa se hiciera más grande, como si la notáramos más, como si lo llenara todo. La mesa, con Jesús en la cabecera, y todos nosotros alrededor. Esta es una imagen expresiva de lo que es la Iglesia, de todo el gran proyecto de Jesús.

Ahora, en estos momentos, a pesar de que seguís esta eucaristía desde casa, o desde las residencias u hospitales―a pesar de todo―, sentimos que todos estamos en la mesa con Jesús. Hoy, especialmente, la mesa de Jesús tiene una gran fuerza emotiva. Este fue el último atardecer de la vida mortal de Jesús: la noche antes de que a muerte fuera entregado… Jesús, nos ha explicado el Evangelio de Juan, «sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre». Y ahora viene lo más importante de todo. El evangelista, queriéndonos describir este momento por dentro, desde el corazón de Jesús, dice esto: «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo».

Queridos hermanos y hermanas. Notemos este amor. Porque nos llega también a nosotros. Se trata del amor más grande que jamás hayamos visto. Dejemos que nos toque, que nos afecte. En estos momentos decisivos, cuando nadie a su alrededor sabe exactamente lo que pasará, Jesús quiere que, por sobre de todas las cosas, es decir, por sobre de la fe, de las dudas, del mismo miedo, sus discípulos sientan que él los ama.

Queridos todos. Que este Jueves Santo tan especial que debemos vivir, a pesar de la angustia, del miedo, de la enfermedad, del sufrimiento, de la misma muerte de alguno de nuestros seres queridos…, que este Jueves Santo sea también para nosotros una experiencia de amor. El mandamiento nuevo del Señor tiene como dos movimientos que se aceleran mutuamente: por una parte, dice «como yo os he amado…»; y, por otra, afirma «amaos los unos a los otros». Cuando más sintamos que somos amados, entonces más amaremos.

 Pero, en este marco del anuncio del mandamiento nuevo del amor, de repente, se rompe la placidez de la cena. La rompe Jesús mismo, que se levanta de mesa. Notamos, en este sentido, como la narración de Juan expresa en todo momento el protagonismo de Jesús en toda la escena que ahora, de golpe, se volverá dramática. El evangelista quiere que nos demos cuenta del contraste. Primero acumula palabras graves: dice que el diablo ya ha llegado al corazón de Judas y que éste tiene decidida su traición … Dice, con énfasis, que Jesús «era consciente de que venía de Dios y a Dios volvía». A continuación, baja a las cosas más humildes: «se levanta de la cena… se quita el manto… se ciñe una toalla…, echa agua en la jofaina… y se pone a lavarles los pies a discípulos… secándolos con la toalla que se había ceñido».

Con este gesto, Jesús nos revela, casi sin palabras, de qué amor nos está hablando. Él nos ama no desde la superioridad. No se comporta como un benefactor distante. Su bondad no nos rebaja ni nos confunde. Cuando lo vemos quitarse el manto, pensamos en el despojamiento esencial de su encarnación. Es lo que dice San Pablo en el himno de la Carta a los Filipenses: «El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo… se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte…» (Flp 2,6-8).

Es este mismo amor de humildad y de servicio lo que nos pide el mandamiento nuevo que nos da: «como yo os he amado», dice él. Y también: «amaos también unos a otros». Que el Señor nos conceda captar su verdadero espíritu, especialmente en estos días de epidemia y de confinamiento. Gracias a Dios, estos días vemos la preocupación de muchos cristianos: los voluntarios de Cáritas, de Sant’Egidio, de la Fundación «Bonanit» de Tarragona y de otras instituciones eclesiales que se preocupan de verdad por los pobres y por los marginados, por todos aquellos que ya están notando de una forma más punzante las consecuencias económicas que irá comportando esta pandemia. Porque, lo que necesitamos siempre es la servicialidad en el amor, en lo que necesitamos progresar es en la hermandad y en la humildad evangélicas. En lo que necesitamos progresar es en una mayor austeridad, en el rechazo de la mundanidad, en lo de «se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo…». Quizás, de nosotros los cristianos, nuestros contemporáneos esperarían un testimonio más claro. Quizás esta pandemia nos está haciendo una llamada a vivir con más autenticidad esta imitación de Jesús. ¿Por qué nos cuesta tanto, en la Iglesia, marcar la diferencia de Jesús? Fijaros que nos dice el Maestro: «entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor» (Mc 10,43). ¿Por qué transparentamos tan poco ese rostro de Jesús?

El apóstol San Pablo nos ha recordado hoy en la segunda lectura que esta tradición de reunirnos alrededor de la mesa para celebrar la Eucaristía proviene del primer Jueves Santo, proviene del mismo Jesús. Este texto que hemos escuchado se trata del pasaje más antiguo que tenemos los cristianos de la institución de la Eucaristía por parte de Jesús. Nos mantenemos fieles a su invitación: «haced esto en conmemoración mía», nos dice Jesús. Y él mismo se mantiene fiel a su palabra: este pan «es mi cuerpo que por vosotros es partido»; «esta copa es el nuevo pacto en mi sangre: haced esto todas las veces que bebiereis, en memoria de mí».

Aquí tenemos, precisamente, nuestra Pascua: el Señor pasa por nosotros con el pan y con el vino de la Eucaristía y nos libera. La pascua de los israelitas era la fiesta de la liberación de la esclavitud de Egipto. Lo hemos escuchado en la primera lectura, sacada del libro del Éxodo. Y la Eucaristía es la fiesta de nuestra libertad radical: Jesús nos salva del pecado y de la muerte.

Hoy, esta tarde, es un buen día para pensar en la forma en que acogemos esta salvación. Precisamente, estos días que estamos confinados en casa, estos días que no podemos participar presencialmente de la Eucaristía, y que nos debemos limitar a la comunión espiritual, podría ser un buen momento para valorar más lo que Jesús nos ha dado. Podría ser un buen momento para valorar más la Misa, para vivir más la misa, sobre todo la de cada domingo. Además, nos podríamos hacer algunas preguntas: ¿nos aplicamos, como San Pablo, en transmitir la tradición que hemos recibido? ¿Se nos ve suficiente que la Eucaristía nos llena espiritualmente y nos hace felices? ¿Salimos renovados de la Misa del domingo? Si nuestra fe cristiana no es tan comunicativa como nos gustaría que fuera, ¿no será, también, porque no nos alimentamos suficiente ―o lo suficientemente bien― de este pan y de este cáliz? Son preguntas que nos podemos hacer hoy, pero también, son preguntas para que los cristianos reflexionemos seriamente estos días de confinamiento en nuestros hogares.

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

Capilla del Santísimo Sacramento de la Catedral, 9 de abril de 2020
Celebración a puerta cerrada

 

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