Estimado Pueblo santo de Dios. Muy estimados todos en el Señor. Estimados todos los que seguís esta retransmisión del Viernes Santo desde la capilla del Santísimo Sacramento de la Catedral de Tarragona mediante la televisión TAC 12, o bien, por el canal web del arzobispado o de las mismas redes sociales. Estimados enfermos, tanto los que estáis en las residencias, hospitales o confinados en casa.

«Mirarán al que traspasaron» (Za 12,10). Con esta cita del profeta Zacarías, el Evangelio de Juan concluye el relato de la pasión de Jesús que acabamos de escuchar (Jn 19,37). Se trata de su peculiar meditación sobre el camino de la cruz. Aquel que el soldado ha traspasado con una lanza es Cristo Jesús, la tarde de su sacrificio. El mismo al que Pilato había presentado al pueblo diciendo: «He aquí al hombre [Ecce homo]» (Jn 19,5). Aquí lo tenéis, perseguido como criminal, calumniado, torturado física y moralmente: muerto en una cruz, el más infamante y el más terrible instrumento de ejecución de la antigüedad. De hecho, ningún ciudadano romano podía ser crucificado, cualquiera que fuera su culpa. Este instrumento de suplicio era reservado sólo para los excluidos de la ciudadanía romana.

Las lecturas que acabamos de escuchar nos ayudan a comprender toda la profundidad de este suceso. Hemos leído el cuarto cántico del Siervo de Isaías, con la figura impresionante del justo que carga sobre él los pecados de los demás, despreciado de todos, y que ―no obstante― confía en la justicia de Dios que la ensalzará para siempre. En la Carta a los Hebreos se nos ha dicho que este Siervo Sufriente es Jesús de Nazaret. Incluso, el pasaje desvelaba como le costó la obediencia al plan salvador de Dios. «A gritos y con lágrimas» pidió ser liberado de él. Tuvo miedo a la muerte. Pero triunfó la solidaridad con sus hermanos y aceptó la muerte por ellos.

Pero principalmente, hemos escuchado el relato de la pasión y muerte de Cristo, según el Evangelio de San Juan, como hacemos cada Viernes Santo. Se trata de una lectura que, cada vez que la leemos, nos deja cautivados. No necesita de muchas explicaciones. Jesús ha bajado hasta donde ya no es posible bajar más. En él vemos como concentrado todo el dolor de la historia, en él se encuentran representados todos los que han padecido y continúan padeciendo: los oprimidos, los inocentes maltratados, los que no han tenido suerte en la vida, los que no han podido gozar de la vida, los crucificados de mil y una formas. Cristo Jesús no sólo sufrió «por» nosotros, sino que sufrió «con» nosotros y «como» nosotros. No nos ha salvado desde las alturas, sino asumiendo «nuestros dolores» (Is 53,4). Dios ha asumido nuestro dolor: ¡aquí lo tenéis, es Cristo en la cruz, para demostrar lo que estamos diciendo! Contemplando la cruz de Cristo, Santo Tomás de Aquino en su Summa Theologica (III, q.49, a.4, resp.3ª), afirma: «Hombres fueron los que dieron muerte a Cristo, como fue hombre Cristo, que sufrió la muerte. Pero mayor fue la caridad de Cristo paciente que la iniquidad de quienes le dieron muerte. Y así, la pasión de Cristo tuvo más poder para reconciliar con Dios todo el género humano que para provocarle el enojo».

De ahí que los cristianos miremos hoy la cruz de Jesús con admiración, con emoción y con agradecimiento. Y entendemos un poco más el misterio de Cristo Jesús. Vemos la seriedad de su amor y de su solidaridad. Dios no es ajeno a nuestra historia. Dios no es inaccesible ni impasible. Dios, en Cristo Jesús se ha acercado y ha experimentado lo que es sufrir, llorar y morir. Nos ha salvado desde la experiencia personal. Es el summum de la misericordia de Dios.

A partir de aquí, tal como afirma el Concilio Vaticano II, podemos decir que «Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta obscuridad» (GS 22). En la cruz, Cristo, «en cierto modo se ha unido con cada hombre», ofreciendo «se asocien a este misterio pascual» (GS 22). Por eso llamó a los discípulos a «tomar su cruz y seguirle» (Mt 16,24). Sufriendo por nosotros, no sólo «dejando un ejemplo para que sigamos sus huellas» (1 Pe 2,21), sino que, «además abrió el camino, con cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido» (GS 22).

Es significativa la oración universal de esta celebración del Viernes Santo. Es una oración por el mundo, por la Iglesia, por la unidad de los cristianos, por los que creen y los que no creen, pero, sobre todo, es una oración ante el clamor y las angustias de todos los hombres y por todas sus necesidades. Y hoy también, con una oración añadida para la ocasión, «rogamos por todos los que sufren las consecuencias de la epidemia actual: que Dios Padre conceda salud a los enfermos, fortaleza al personal sanitario, consuelo a las familias y la salvación a todas las víctimas que han muerto». Pero también la Iglesia nos hace orar en esta liturgia del Viernes Santo, por «el hambre y la miseria», «por los encarcelados y los perseguidos, por los que son tratados injustamente por los hombres, por los emigrantes, los exiliados», «por los moribundos y por todos los que sufren». Me uno a las palabras manifestadas ―tanto en el Ángelus del pasado 29 de marzo, como en la Misa de Santa Marta el pasado lunes, día 6― cuando el papa Francisco recordó el deber que tienen los gobernantes de velar por la salud de quienes se encuentran recluidos en las cárceles. Por ello, quisiera pedir a las autoridades que durante el periodo de estado de alarma, con un gesto de generosidad, de humildad y de humanidad, se permita a todos los presos y presas, que ya disfrutan de permisos para salir de prisión, que puedan pasar lo que resta de confinamiento en sus hogares con la familia. Quisiera pedir también hoy, que el gobierno, las entidades sociales ―de entre las que cuento a la misma Iglesia― y los hombres y mujeres de buena voluntad, encontremos los caminos más idóneos para ejercer solidaridad. Toda voz solidaria deberá convertirse en un aguijón constante para nosotros durante los tiempos que nos vienen. Se trata de una voz que no puede parar hasta que haya tocado todas las conciencias. Porque «compartir» no es sólo algo deseable, sino que es de justicia. Se trata de una voz que debe convertirse en liberadora de nuestros egoísmos.

Muy apreciados todos. El color rojo con el que hoy celebramos no es un color de luto o de tristeza, sino que es un color de admiración. El rojo es el color de la sangre, del testimonio, del martirio, del amor. Es el color del sacrificio y del triunfo. Cruz de Cristo vencedor: traspasado por la lanza, como último acto de la tortura moral y física. Se ha entregado voluntariamente: es el primer mártir. Pero lo que hoy recordamos es tan sólo el primer acto de la Pascua: no es el final del camino, sino sólo un paso, serio y dramático, hacia el segundo acto. Este Jesús muerto en la cruz resucitará.

Hoy escuchamos su pasión, pero mañana por la noche nos será proclamada la buena noticia de su Resurrección a una vida nueva. Y escucharemos como Pedro afirma: «Al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías». Se humilló hasta la muerte, y «por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre». Hoy Viernes, ya es Pascua. Pascua que significa el «paso», a través de la muerte, a la Nueva Vida.

Y, al resucitar, Cristo dará sentido para siempre a todo el sufrimiento humano. «Está cumplido», dice Jesús en la cruz. Es muerte y es victoria a la vez. Con su muerte ha destruido nuestra muerte: no porque no tengamos que morir, sino porque ha dado sentido al dolor y la muerte, un sentido de salvación y de amor. También para nosotros, todo momento de dolor ―como el que estamos pasando estos días ―, y sobre todo la muerte, aunque no entendamos su misterio, no son en vano, tienen una fuerza salvadora y pascual, hacia la nueva vida que Dios nos prepara.

Es conmovedora la imagen de esta cruz levantada sobre el mundo, con un Jesús que perdona, que se ofrece a todos. En esta cruz se encuentra clavada la estimación, el amor de Dios hacia nosotros. Meditemos, por tanto, y aprendamos: miramos «al que traspasaron». Saquemos las consecuencias para nuestra vida. Hoy nos acercamos a esta cruz para adorar al Cristo Jesús, agradeciéndole su sacrificio hasta el final. Y participamos ―aunque sea espiritualmente― de su Cuerpo entregado, esperando celebrar la gran fiesta de Pascua.

 

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo  metropolitano de Tarragona y primado

 

Capilla del Santísimo de la Catedral, 10 de abril de 2020
Celebración a puerta cerrada

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