Muy querido pueblo santo de Dios que peregrina en Tarragona y en las Iglesias de la Tarraconense. Muy apreciado Sr. Nuncio de Su Santidad el Papa Francisco, que me ha impuesto el palio. Muy estimado Sr. Cardenal, arzobispo de Barcelona. Muy estimados Sres. Obispos de la provincia eclesiástica Tarraconense y de la provincia eclesiástica de Barcelona, ​​unidos sinodalmente en la Conferencia Episcopal Tarraconense. Muy apreciado Sr. Arzobispo Castrense, con quien nos une una amistad personal desde hace muchos años. Muy estimado Sr. Arzobispo emérito de Tarragona. Muy estimado Sr. Cardenal, arzobispo emérito de Barcelona. Muy estimados Sres. Obispos eméritos de Girona y Lleida. Muy estimados padres Abades de Poblet y Montserrat. Muy estimado Sr. Vicario general y Deán del Cabildo de la Catedral. Muy estimados vicarios episcopales y miembros del Colegio de Consultores. Muy estimados Rector del Ateneo Universitario Sant Pacià, junto con el decano y vicedecano de la Facultad de Teología, y el vicedecano de la Facultad Antoni Gaudí. Estimados sacerdotes y diáconos, religiosos y religiosas, estimadas laicas en misión pastoral. Estimado Cor i Orquestra de la Catedral. Muy estimada familia: gracias por estar hoy también aquí. Agradezco también la presencia de las autoridades civiles y militares. Estimados todos.

Estamos a las puertas de la Navidad. La expectación, el gozo, el afán de renovación que hemos vivido estas semanas se hacen más grandes, más intensos. La liturgia de este sábado nos acerca hoy a las escenas que preparan la venida de Jesús al mundo. Dejemos hablar a los personajes, fijémonos en sus palabras y acciones, que nos enseñen cómo vivir y acoger este misterio que un año más estamos a punto de celebrar.

El Evangelista San Lucas nos presenta la escena de la visitación de María a su prima Isabel y las palabras con las que esta la recibe: «¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a visitarme?» En primer lugar, quisiera detenerme en este «¿quién soy yo?». Isabel nos representa a todos nosotros, a toda la humanidad que recibe con sorpresa, con admiración, con agradecimiento y con humildad la venida del Señor. Y estas son unas grandes actitudes para vivir la Navidad que ya tenemos a las puertas. El «¿quién soy yo?» de esta mujer sencilla y realista es un paralelo de la turbación y la simplicidad de María al recibir el anuncio del ángel. También, de la claridad y veracidad de Juan Bautista en desmentir a quienes le preguntaban. «Yo no soy el Mesías» ­—les decía—, «sino que detrás de mí viene el que es más grande que yo».

¡Qué contraste entre esta clarividencia humilde y la tentación de la suficiencia y el aparentar quien sabe qué, incluso delante de Dios! Y eso va por nosotros. ¿Cuántas veces, en vez de favorecer la comunión eclesial no la hemos entorpecido? ¿Cuántas veces hemos sembrado cizaña en el campo de la Iglesia y del mundo, porque tan solo hemos considerado nuestra autosuficiencia y orgullo? ¿Por qué obviamos tan a menudo que —glosando a san Cipriano—  «rasgar la unidad equivale a corromper la verdad, y que el veneno de la discordia es tan pernicioso como el de la falsa doctrina?».[1] En nosotros y en nuestro mundo hay demasiados «yo», demasiado «ego» hinchado y susceptible, cuando el único que verdaderamente puede decir «Yo soy» es Jesús mismo. «Yo soy la luz, el camino, la verdad, la Vida»: ¡esto lo es Jesús, no nosotros!

Ante Jesús, aquel «yo no soy digno» que encontramos en Isabel y en tantos personajes evangélicos es la primera reacción adecuada que no está nada reñida con una gran confianza en su amor lleno de misericordia. Solo así, vaciándose de uno mismo, se puede dar paso al Evangelio, al gozo, al llenarse de Dios que Isabel y Juan, que salta en sus entrañas, manifiestan delante la visita de María y el Hijo que lleva al mundo. Por este motivo, la liturgia nos proponía en la primera lectura el texto admirable del Cantar de los Cantares, donde la poesía nos transportaba al amor y la joya más sublimes. Isabel, junto con María en el cántico del Magnificat, son la voz de los pequeños y los pobres del mundo que se afanan por la liberación y la salvación. Y estas mujeres, llenas del Espíritu Santo, en su pequeñez, muestran cuál es la predilección de Dios y cuál es la actitud correcta para vivir el Evangelio a manos llenas. Estas son las actitudes que necesitamos para que personalmente y comunitariamente, como en la Iglesia, no nos refugiemos en el pasado, o en nuestros egos de autosuficiencia y de espacios conseguidos, sino que, atentos a los cambios sociales y culturales que se producen, tengamos visión de futuro y, buscando el tiempo y la hora oportuna, que al fin y al cabo no es nuestra hora sino la de Dios, ofrezcamos con convencimiento al mundo el Evangelio de Jesús, que, de hecho, esta es nuestra única misión.

Por otra parte, la acción de María como portadora de Jesús al mundo se convierte en el signo y el símbolo de la madre Iglesia que, a lo largo de los siglos, santa y al mismo tiempo purificándose siempre, tiene la misión de continuar llevando a Jesús a la humanidad. Quisiera, por tanto, en segundo lugar, detenerme en este punto tan importante.

Según los Padres de la Iglesia antigua, el Verbo, la Palabra que era Dios y era con Dios, no ha bajado únicamente al seno virginal de María para dar a luz, sino que también ha bajado al seno virginal de la Iglesia. Según este pensamiento, desde San Ireneo, el nacimiento del Verbo en el seno de la Virgen María es continuado y perpetuado por medio del nacimiento de los cristianos en el seno maternal de la Iglesia. Por el nacimiento del Verbo en el seno de la Iglesia, cada cristiano participa de la acción salvadora de Dios. Gracias a este nacimiento, todos llegamos a ser «portadores de Cristo», «portadores de Dios».[2] Es en toda esta perspectiva que la imagen de la Iglesia como «una madre de corazón abierto», tal y como nos explicita el Papa Francisco (Evangelii gaudium, 46-49),

 

nos ayuda a apreciar que la Iglesia es quien en nuestro hoy hace presente la obra redentora de Cristo y, por tanto, es «positivamente» necesaria para la salvación. El seno materno de la Iglesia contiene, guarda y lleva los frutos de la salvación.[3] De ahí que, en la Iglesia antigua, la imagen de la solicitud pastoral viene dada con la de la madre que cuida de sus hijos, los cuales han sido engendrados con la Palabra y el Sacramento. Es en este punto, más que en ningún otro, donde se explicita lo que es la maternidad de la Iglesia íntimamente unida a su actividad pastoral o misionera. La misión de la Madre Iglesia —y esta es una tarea de todo el pueblo santo de Dios— es la de hacer nacer y crecer en el corazón de los creyentes a Cristo que es la vida eterna. Como afirma San Cipriano, «de su parto nacemos, de su leche nos nutrimos, de su espíritu recibimos vida».[4] Cada cristiano, dice Tertuliano, ha recibido «el esqueje de la fe» tomado del árbol que vive y crece cada día desde que las primeras comunidades recibieron «el esqueje de la semilla apostólica».[5]

La proclamación de la Palabra de Dios, la administración del bautismo, las plegarias y las buenas obras, el servicio a los pobres, la santidad en la vida ordinaria que se encuentra en la puerta del lado —como afirma el Papa Francisco (Gaudete et Exsultate, 6-9)— son la expresión de esta actividad maternal para hacer nacer, desarrollar y llevar a cabo en el corazón de los creyentes este don de Dios que es la vida eterna. De hecho, para San Pablo, la fe no es únicamente la comunicación de una doctrina, de una enseñanza, sino que, además, es la comunicación de una vida, de una experiencia, de un encuentro personal. Como se nos ha dicho en la segunda lectura, la fe viene de la escucha (Rom 10,17), y esta escucha pasa por la predicación personal de Pablo. La fe, pues, no consiste en comunicar un mensaje teórico, y aún menos en comunicar el mensaje propio, sino que se trata de comunicar el Evangelio de Jesucristo que se encuentra «viviente» en la Iglesia y en cada uno de sus miembros.

De ahí que, recogiendo esta rica tradición, el Concilio Vaticano II, al hablar de la Iglesia, la compare con la Virgen María, y afirme que «mediante la Palabra de Dios acogida con fidelidad» la Iglesia «se hace también madre, pues por la predicación y el bautismo engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos» (Lumen gentium, 64).

Estimados todos, esta celebración de hoy nos une al Santo Padre, el Papa Francisco, el obispo de Roma, que «traduce» día a día el rostro maternal de la Iglesia señalando caminos concretos de realización del Evangelio de Jesús, y que hoy, aquí, es representado por su nuncio apostólico. Unidos a la sede de Pedro, arrodillado ante el Sr. Nuncio, he profesado la fe de la Madre Iglesia, porque es sobre la roca de esta fe, que es la roca de Pedro, que Jesús quiso edificar su Iglesia (cf. Mt 16,16). Al mismo tiempo el palio que me ha sido impuesto, me recuerda que tengo el deber de explicitar ese rostro maternal de la Madre Iglesia, porque, como nos indicó el mismo Papa Francisco en Roma en la pasada solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, el palio «recuerda la oveja que el pastor es llamado a llevar sobre sus hombros; y es signo de que los pastores no deben vivir para sí mismos». En esta humilde lana blanca se encuentra expresada la maternidad eclesial, porque la misión de la Iglesia es curar las heridas y ser portadora del consuelo y de la esperanza en Jesucristo. En esta humilde lana blanca se encuentran también unas cruces negras, para simbolizar las heridas de la humanidad que el Cordero de Dios borra, el que quita el pecado del mundo. En el texto original del evangelio de Juan, «quitar» es también equivalente a «llevar», «tomar». Por este motivo, estas cruces del palio convierten el recuerdo de la cruz del Señor, que la Iglesia metropolitana deberá cargar y llevar con más diligencia y amor. Al Arzobispo le toca cargar el peso del pueblo santo de Dios, del pueblo sencillo, que él debe aprender a comprender, asumiendo sus problemas y no evadiéndose, sino afrontándolos adecuadamente dentro de la misma inspiración del Evangelio de Jesús.

Según las palabras de la imposición, el palio es símbolo de unidad y vínculo de comunión y de caridad entre las Iglesias particulares que forman una provincia eclesiástica y de éstas con el obispo de Roma, el Papa. La sede metropolitana de Tarragona es la Iglesia de Pablo y Fructuoso, que recibió el Evangelio en la antigüedad cristiana y, en orden de antigüedad y de principalidad, esta «tradición viva» recibida en los orígenes, la debe irradiar a las otras sedes, pero sin obviar nunca su romanidad. En comunión, por tanto, con la sede de Pedro, y ejerciendo la maternidad eclesial, la Iglesia metropolitana y primada de Tarragona debe extender estos lazos de unidad y de caridad con los demás obispos y con las otras Iglesias vecinas. A problemas similares se necesitan soluciones similares, buscadas conjuntamente. Convencidos de la unidad pastoral entre las diócesis con sede en Cataluña, podemos y debemos trabajar conjuntamente y tenemos que hacerlo así, para vivir la libertad del Evangelio, que es una libertad en el amor que sabe también comprender las diferencias, porque es la libertad de los hijos de Dios y de los hermanos de Jesús. De aquí que el palio exprese esta catolicidad de la Iglesia. Una catolicidad que la Iglesia de Tarragona lleva inscrita dentro de su alma, por razón de la memoria eclesial de San Fructuoso, su primer obispo: él, antes de su oblación, rezó por la «Iglesia católica, extendida de oriente a occidente» (Actas del martirio). La celebración del vigésimo quinto aniversario del Concilio Provincial Tarraconense de 1995, que tendrá lugar durante el próximo año, nos debe estimular a este trabajo de catolicidad, de comunión eclesial a pesar de las diferencias, haciendo una recepción adecuada y progresiva de sus resoluciones, que son el fruto maduro del Concilio Vaticano II y que nos llevan hacia el Evangelio del Señor.

Que el testimonio apostólico de Pablo y Tecla, así como de los santos protomártires Fructuoso, Augurio y Eulogio, nos den el coraje y nos mantengan siempre con el espíritu joven para llevar a cabo la gran tarea de la misión que el Señor ha encomendado a su Iglesia. En el recuerdo del testimonio del primer obispo mártir de esta Iglesia, el obispo Fructuoso, no me quiero olvidar tampoco del último obispo mártir de nuestra Iglesia de Tarragona, el beato Manuel Borràs. Por este motivo, en esta celebración empleamos hoy su báculo. Que este signo nos lleve a todos a los buenos pastizales, que son los del testimonio para ser verdaderos «evangelizadores en Espíritu», como afirma el Papa Francisco, lo que significa que nos «abramos sin miedo a la acción del Espíritu Santo». Él «infunde la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia (parresia), en

 

voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente. Invoquémoslo hoy, bien sostenidos en la oración, sin la cual toda acción corre el riesgo de quedarse vacía y el anuncio finalmente carece de alma. Jesús quiere evangelizadores que anuncien la Buena Noticia no solo con palabras sino sobretodo con una vida que se ha transfigurado en la presencia de Dios» (Evangelii gaudium, 259).

Que nos ayude la intercesión de la Virgen, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, bajo la advocación del Claustro, ella que es madre de misericordia. Amén.

[1] Henri de Lubac, Catolicismo. Aspectos sociales del dogma, Madrid 1988; [Orig. francés, Catholicisme. Les aspects sociaux du dogme a, París 1938], 56. Afirma san Cipriano: «Viendo el enemigo los ídolos abandonados y desiertas sus sedes y sus templos por el gran pueblo de los creyentes, urdió un nuevo fraude para engañar a los incautos bajo la apariencia misma del nombre cristiano. Él inventó la herejía y los cismas con los que subvertir la fe, corrompe la verdad, rasgar la unidad» (De unitate Ecclesiae, 3:« Clásicos del cristianismo »54, Barcelona 1995, 38).

[2] «Llevad a Dios con vosotros, llevad el templo, llevad a Cristo, llevad a los santos. En todo llevad el adorno de los preceptos de Jesucristo» (San Ignacio de Antioquía, Efesios 9, 2; cf. San Ireneo, Adv.hœr., 3, 19, 1)

[3] Cf. San Cebrián de Cartago, Epist., 59,13: Salutaris sinus matris.

[4] Id., De unitate Ecclesiœ, 5.

[5] Tertuliano, De prœscriptione hœreticorum, c. 20.

 

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