Estimado pueblo santo de Dios que peregrina en Tarragona. Estimado Pueblo santo de Dios que habéis venido especialmente de la diócesis de Girona, de las parroquias que hasta ahora tenía encomendadas o de otros lugares no sólo de Girona, sino también de otras diócesis. Estimado pueblo santo de Dios con quien durante estos años he hecho camino en la Facultad de Teología de Cataluña y en el Ateneo Universitario Sant Pacià. De una manera especial, quiero saludar a todos los seminaristas que os formáis en la Facultad de Teología. Muy estimado Sr. Cardenal de Barcelona que me habéis hecho el honor de presidir mi ordenación episcopal. Sr. Nuncio Apostólico, Sr. Arzobispo emérito de Tarragona, Sr. Obispo de Girona, Sres. Obispos de la Conferencia Episcopal Tarraconense. Sr. Cardenal presidente de la Conferencia Episcopal Española, Sres. Obispos. Muy estimados sacerdotes y diáconos, religiosos y religiosas, laicos y laicas de Tarragona y de nuestras Iglesias. Cher Abbé Gabriel, Abbé du Monastère ortodoxe de Saint Nicolas de la Dalmerie, a la France. Muy estimada familia. Dignísimas autoridades. Queridos amigos, queridas amigas.

La misión que me acaba de confiar la Iglesia es, para mí, motivo de una gran alegría. El Santo Padre Francisco me ha confiado la misión de servir como pastor la Iglesia de Tarragona. Estoy contento. Pero, al mismo tiempo, no puedo ocultar que también me siento un poco tembloroso. Habéis oído como se me encargaba que predique el Evangelio de Jesucristo, que sea un buen pastor entre vosotros, que esté dedicado día y noche al servicio de Dios, que os convoque para la celebración de la Eucaristía. Habéis oído también que lo aceptaba y todos habéis orado por mí. Soy y me siento un hombre como vosotros a quien el Señor Jesús ha llamado para ser entre vosotros el pregonero de su salvación. Estoy «en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22,27). He pensado en aquellas palabras de San Ignacio de Antioquia cuando se dirige a la Iglesia de Esmirna diciéndoles: «Donde sea el obispo, allí esté también el pueblo», porque «donde está Cristo Jesús, allí hay la Iglesia católica»[1]. Es la primera vez que aparece la expresión «Iglesia católica», e indica que el obispo con el pueblo y el pueblo con el obispo, es verdaderamente la Iglesia de Jesucristo que tiene todo lo que debe tener de cara a la fe y a la salvación.

He elegido como lema episcopal una frase inspirada en la Constitución de Iglesia, Lumen gentium 4, del Concilio Vaticano II. «Spiritus iuvenem facit Ecclesiam», el Espíritu hace joven, rejuvenece a la Iglesia. Qué alegría, poderlo afirmar hoy aquí, ¡en la coincidencia de la víspera de Pentecostés! El Vaticano II afirma vigorosamente que es «por la predicación del Evangelio», que el Espíritu «rejuvenece la Iglesia, la renueva sin cesar y la conduce a la unión perfecta con su Esposo». Sí, es la fuerza del Evangelio con todas sus dimensiones la que rejuvenece la Iglesia. La predicación evangélica no es, por tanto, un hecho de otro tiempo, ni fruto de una institución anclada en el pasado, sino un evento de cada día que inspira en el organismo eclesial una perpetua juventud.

Orígenes, un gran Padre de la Iglesia del siglo III, afirma que el Espíritu Santo acoge los hombres que Cristo presenta al Padre, para santificarla y hacerlos vivir como los niños «sin mancha ni arruga ni nada semejante» (Ef 5,27), primeros natos de la Iglesia celestial.[2] Cuando los creyentes acogen la Palabra de Dios en el seno de la Iglesia, la guardan y dejando las cosas del mundo, corren al encuentro del Salvador y entran con él en la Iglesia, conservando aquella juventud que confiere la acogida de Cristo y convirtiéndose ellos mismos la Iglesia maternal. Queremos ser una Iglesia dedicada y preocupada para hacer nacer y crecer en el corazón de los demás la eterna juventud del Evangelio de Jesús. Y entonces, la Iglesia, como comunidad de los santificados, deviene la comunidad de la santificación.[3] Quiero decir que todos los creyentes que han recibido el don de la santidad, deben hacer crecer en ellos lo que han recibido, en orden a la santificación de los demás. La misión pastoral de la Iglesia consiste en eso, en transmitirnos unos a otros esta vida santa. Y yo os digo: ¡Este es el plan pastoral! ¡No hay otro plan pastoral que este! De aquí han de surgir también las vocaciones laicales, religiosas y sacerdotales, tan necesarias para la vida de la Iglesia.

Escribe Clemente de Alejandría que estamos llamados a vivir en una eterna primavera. De ahí que escriba: «Nuestro título de niños expresa la primavera de toda nuestra vida: La verdad que permanece en nosotros no envejece […]. La sabiduría ⸻es decir, el Evangelio⸻ es siempre joven […]».[4]

El papa Francisco, en su reciente Exhortación a los jóvenes, también afirma: «Ser joven, más que una edad es un estado del corazón. De aquí que una institución tan antigua como la Iglesia pueda renovarse y volver a ser joven en las diversas etapas de su larguísima historia. En realidad, en sus momentos más trágicos, siente la llamada a volver a lo esencial de su primer amor».[5] Y añade:

Pidamos al Señor que libere a la Iglesia de los que quieren avejentarla, esclerotizarla en el pasado, detenerla, volverla inmóvil. También pidamos que la libere de otra tentación: creer que es joven porque cede a todo lo que el mundo le ofrece, creer que se renueva porque esconde su mensaje y se mimetiza con los demás. No. Es joven cuando es ella misma, cuando recibe la fuerza siempre nueva de la Palabra de Dios, de la Eucaristía, de la presencia de Cristo y de la fuerza de su Espíritu cada día. Es joven cuando es capaz de volver una y otra vez a su Fuente.[6]

 «Spiritus iuvenem facit Ecclesiam». Es por la fuerza del Evangelio que el Espíritu hace joven a la Iglesia. El Evangelio de Jesús, vivido con fuerza interior y compartido sin amagos, preserva del naufragio espiritual. De lo contrario, los vaivenes y sacudidas provocados por tantas oscilaciones provenientes de un mundo inestable y ambiguo, acaban desquebrajando la voluntad y hieren gravemente la alegría y la juventud de la vida cristiana.

Afirma también el Papa Francisco:

Hemos de atrevernos a ser distintos, a mostrar otros sueños que este mundo no ofrece, a dar testimonio de la belleza de la generosidad, del servicio, de la pureza, de la fortaleza, del perdón, de la fidelidad a la propia vocación, de la oración, de la lucha por la justicia y el bien común, del amor a los pobres, de la amistad social.[7]

Porque, de lo contrario:

La Iglesia de Cristo siempre puede caer en la tentación de perder el entusiasmo porque ya no escucha la llamada del Señor al riesgo de la fe, a darlo todo sin medir los peligros, y vuelve a buscar falsas seguridades mundanas. Son precisamente los jóvenes ⸻añade el papa aludiendo al mensaje a los jóvenes en la clausura del Concilio Vaticano II⸻ quienes pueden ayudarla a mantenerse joven, a no caer en la corrupción, a no quedarse, a no enorgullecerse, a no convertirse en secta, a ser más pobre y testimonial, a estar cerca de los últimos y descartados, a luchar por la justicia, a dejarse interpelar con humildad. Ellos pueden aportarle a la Iglesia la belleza de la juventud cuando estimulan la capacidad «de alegrarse con lo que comienza, de darse sin recompensa, de renovarse y de partir de nuevo para nuevas conquistas.[8]

Hoy, en el día de mi ordenación episcopal y del inicio de mi ministerio entre vosotros, os tengo que hacer una confidencia. La mitra que me han puesto en el momento de la ordenación, y que llevo en estos momentos, es la mitra del gran arzobispo de esta sede Josep Pont i Gol. He aceptado con una profunda alegría este regalo inmerecido que viene de este extraordinario predecesor en la sede de Fructuoso, y he querido llevarla en el día del inicio de mi ministerio episcopal. El arzobispo Josep estaba convencido de que el Concilio Vaticano II, devolviendo al Evangelio, tenía que llevar una nueva primavera en la Iglesia y vivió este acontecimiento como un paso del Espíritu. Fue él propiamente quien estuvo al frente en la aplicación de los documentos y los decretos del Concilio Vaticano II en esta querida archidiócesis de Tarragona. Para Pont i Gol el Vaticano II fue, en sus palabras, «una mentalidad, una línea a seguir: el Evangelio vivido con la autenticidad que nuestros tiempos reclaman», afirmaba. Se trataba de entender la recepción del Vaticano II como un verdadero proceso espiritual que, paulatinamente, tenía que impregnar todo el Pueblo santo de Dios. De aquí que la Cátedra de Teología Pastoral integrada en la Facultad de Teología del Ateneo Sant Pacià, por voluntad expresa de nuestros obispos, lleve su nombre. Además, el Arzobispo Pont i Gol decía: «La Iglesia, renovada en el Concilio, se nos presenta como Iglesia de los pobres y servidora de la paz». Y añadía: «La Iglesia quiere ir despojándose de las apariencias de poder, de la fuerza, de las riquezas, de la influencia terrena».[9] Es la Iglesia que debe convertirse en servidora de los pobres, para que ella misma se debe reflejar en Cristo pobre (cf. LG 8) y amigo de los pobres y de los enfermos, que son sus predilectos. Estimados amigos enfermos que me escucháis a través de los medios: os llevo en el corazón y os mando un abrazo de padre y hermano.

Por otra parte, quisiera ejercer mi ministerio a la luz y con la lucidez clarividente del Cardenal Vidal i Barraquer a la hora de afrontar momentos difíciles; quisiera ejercer mi ministerio a la luz de la audacia pastoral del arzobispo Ramon Torrella a la hora de convocar el Concilio Provincial Tarraconense; quisiera también ejercer mi ministerio disfrutando parte de la extraordinaria bondad del arzobispo Jaume.

Soy un eslabón más en la cadena de la sucesión apostólica que arranca con la estancia de Pablo en nuestra ciudad y se afianza como sede con el ministerio martirial del obispo Fructuoso, el pastor que en el momento supremo rezó por toda la Iglesia, extendida de Oriente a Occidente. Pues bien, a la luz del abnegado trabajo de mis predecesores, soy consciente de que hoy, en nuestro país, no podemos cotejar las problemáticas pastorales en el marco exclusivo de la Iglesia local. La unidad pastoral de las diócesis con sede en Cataluña es un dato esencial, que exige un trabajo de conjunto, más allá de los planteamientos estrictamente diocesanos. Como primado de la Tarraconsense me tocará cumplir con espíritu de servicio y humildad este cometido. Somos conscientes de que hay que mantener y fortalecer las estructuras y las praxis interdiocesanas, promovidas por la Provincia Eclesiástica Tarraconense y la Provincia Eclesiástica de Barcelona, ​​que se reencuentran sinodalmente en la Conferencia Episcopal Tarraconense.[10] Y esto, a la luz de una praxis avalada por más de mil seiscientos años de historia, cuando ya el año 385 el papa Siricio encargaba al obispo Himerio de Tarragona de dar a conocer a los obispos vecinos de Hispania y de las Galias la respuesta papal a las consultas que Himerio le había hecho. Se trata de una praxis avalada igualmente por los casi ciento ochenta Concilios Provinciales tenidos a lo largo de tantos siglos, y con el eco muy vigente del último Concilio celebrado en 1995, del que, si Dios quiere, pronto celebraremos con gran gozo el vigésimo quinto aniversario. Hacer llegar el anuncio del Evangelio fielmente y de manera comprensible a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, con especial atención a la Palabra de Dios y a la práctica de los sacramentos en nuestras Iglesias, la solicitud por los más pobres y marginados, y la comunión eclesial y la coordinación interdiocesana ⸻ejes de aquel magno Concilio Provincial⸻, no dejan de ser, con las peculiaridades que el paso del tiempo conlleva, los grandes retos a trabajar en nuestro hoy eclesial.

Este hoy se inscribe en una tierra y en un país que amamos entrañablemente. Afirmaban no hace muchos años nuestros obispos: «Como pastores de la Iglesia, manifestamos nuestro profundo amor por Cataluña y nos ponemos a su servicio porque sentimos la urgencia de anunciar la persona de Jesucristo y de su Reino, que son para nosotros el tesoro más grande que tenemos».[11] Se trata de un reto que debemos formular «con una actitud propositiva y de diálogo abierto, y con la sencillez, humildad y pobreza de las bienaventuranzas».[12]

Un diálogo abierto que debe tener presente el trabajo ecuménico con las otras Iglesias cristianas. Por eso, ¡qué es de significativa la presencia en esta celebración del Abbé del monasterio ortodoxo de San Nicolás de la Dalmerie! «Père Abbé: Dans votre félicitation à l’occasion de mon ordination épiscopale, vous m’avez dit: Il se passe de belles choses dans l’Église catholique. Et aujourd’hui j’aime bien d’ajouter : elle est encore plus belle votre présence le jour de mon ordination épiscopale, parce que votre présence et votre prière montrent l’universalité et la catholicité de l’Église, répandue depuis l’Orient et jusqu’à l’Occident –paroles de l’évêque Fructuós le jour de son dernier témoignage». Hablábamos de diálogo abierto. Este diálogo abierto no puede excluir también «a todos aquellos hombres y mujeres de buena voluntad, que anhelan un mundo diverso y mejor, sea cual sea su […] religión o proyecto de vida». Un diálogo abierto que hoy, más que nunca, debe tener en cuenta también el mundo científico, «el mundo de la Universidad, de la cultura y de los medios de comunicación». [13]

Hoy, como siempre ha sido así, pero yo diría ahora más que nunca, la Iglesia, a nivel interno, necesita fomentar sus estructuras sinodales tanto a nivel local, como diocesano, como interdiocesano. En este sentido, quiero escuchar y tener un cuidado especial de los estimados sacerdotes y diáconos, que son mis amigos y primeros consejeros necesarios en el trabajo pastoral. Pero también, además de los religiosos y religiosas, como afirma el reciente documento de la Comisión Teológica Internacional, deviene de capital importancia escuchar los laicos, «que son la inmensa mayoría del Pueblo de Dios», «convirtiéndose indispensable su consulta», «superando los obstáculos representados por la falta de formación», o por «una mentalidad clerical que corre el riesgo de mantener a los márgenes de la vida eclesial».[14] Como afirma el Papa Francisco, «la toma de conciencia de esta responsabilidad laical nace del bautismo y de la confirmación»,[15] y hacer ser verdaderos discípulos misioneros. De ahí que la Iglesia de hoy debe emplear muchos esfuerzos para un adecuado acompañamiento y formación de todos sus miembros, no sólo de los sacerdotes y diáconos, religiosos y religiosas, sino también de los laicos. Y hay que tener un cuidado especial del importante papel que debe tener la mujer en la vida de la Iglesia. Las estructuras sinodales «estarán al servicio de la misión» «sólo en la medida en la que estos organismos permanezcan conectados con la «base» y «partan de la gente». Únicamente entonces «puede empezar a tomar forma una Iglesia sinodal».[16]

Cabe indicar que la propiedad del Espíritu es la de ser principio de comunión en la vida eclesial. Y es en la comunión con todo el cuerpo, cuando se puede vislumbrar la verdad total. Cada cristiano puede hablar todas las lenguas, afirma san Agustín, únicamente permaneciendo en la unidad de la Iglesia, que las habla todas. [17] Seamos, pues, servidores del Espíritu. Se trata de dejar espacio al Espíritu y no sofocarlo en los demás. Por el contrario, es necesario captar sus manifestaciones más sutiles. Por esto, se precisa de silencio, oración y, además, la mayoría de las veces, de la capacidad de perdonar, de la virtud heroica del perdón, virtud tan necesaria en estos momentos tanto a nivel eclesial, como social y político.

Y, finalmente, también os quiero decir: el que ama, sufre. Y este sufrimiento que llevo en el corazón, lo quiero meditar y compartir con vosotros a la luz del Evangelio que nos ha proclamado en la eucaristía solemne que estamos a punto de terminar.

«Pedro, ¿me amas?» Hemos oído que hoy Jesús decía al apóstol. Pues «si me amas, pasta mis corderos, apacienta mis ovejas». Es el amor de Cristo y el amor a Cristo, que debe implicar una respuesta de amor.

San Agustín explica que «apacienta mis ovejas» equivale a decir «sufre con mis ovejas».[18]  Si me quieres, sufre, sufre por mis ovejas. Este es el pensamiento que ha invadido mi corazón durante estos días. Y, a partir de este pensamiento, quiero que mi vida entre vosotros sea una donación de amor, quiero que todo mi esfuerzo sea sereno, respetuoso y cordial porque quiero amar y sufrir por esta querida Iglesia. Que el pueblo santo de Dios que peregrina en Tarragona convierta el anhelo profundo de mi vida, el suspiro incesante, entrelazado de pasión y de oración ante el tiempo que me espera de estimación, de servicio y de donación entre vosotros. Este anhelo, este suspiro de pasión y de oración, que me obligue día a día a dar una respuesta de amor: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero». Que el amor de Cristo me tenga cogido y que entonces el Cristo vaya repitiendo en mí no sólo tres veces, sino una infinidad de veces: Pues, si me quieres, «apacienta mis ovejas», «sufre por mis ovejas».

El Papa Francisco, en la exhortación Evangelii gaudium, recuerda aquel pasaje del libro de los Hechos cuando se afirma que «los Apóstoles del Señor gozaban de la simpatía de todo el pueblo (Hch 2,47; 4,21.33; 5,13). Y añade: «Queda claro que Jesucristo no nos quiere príncipes que miran despectivamente, sino hombres y mujeres de pueblo», del pueblo santo de Dios. «Esta no es la opinión de un Papa ni una opción pastoral entre otras posibles; son indicaciones de la Palabra de Dios tan claras, directas y contundentes que no necesitan interpretaciones que los saquen fuerza interpelando».[19] Personalmente quisiera vivirlas «sine glossa», sin comentarios. De esta manera, podré experimentar «el gozo misionero de compartir la vida con el pueblo fiel a Dios tratando de encender el fuego en el corazón del mundo».[20]

Que Santa María, bajo la advocación del Claustro, me ayude en este propósito.

Muchas gracias por vuestra atención.

+ Joan Planellas Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona

 


 

[1]. San Ignacio de Antioquía, Smyrn., 8,2: CC  81, 166.
[2]. Orígenes, Comm. Ep. Rom., 8, 5: PG 14, 1166 C.
[3]. Orígenes, Comm. Ep. Rom., 8, 5: PG 14, 1166 C.
[4]. Clemente de Alexandria, Pedagogus, 1, 5, 20-21: SChr 70, 146-149 = CC 95, 64.
[5]. Francisco, Exhortación apostólica postsinodal Christus vivit, núm. 34.
[6]. Ibíd., núm. 35.
[7]. Ibíd., núm. 36.
[8]. Ibíd., núm. 37.
[9]. Cf. Josep Miquel Bassuet, «El Concili Vaticà II i Pont i Gol», en Catalunya Religió, 14-XI-2012.
[10]. Aa.Aa, «Església catalana, present i futur», en DdE 1092 (2018)  471-472.
[11]. Los obispos de Cataluña, Al servei del nostre poble (21-I-2011), núm. 4.
[12]. Joan Planellas, Mensaje inicial: Al pueblo santo de Dios que peregrina en Tarragona (4-V-2019).
[13]. Ibíd.
[14]. CTI, «La sinodalitat en la vida i en la missió de l’Església», núm. 73: DdE 1092 (2018) 436.
[15]. Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, núm. 102: DdE 1043 (2014).
[16]. CTI, «La sinodalitat en la vida i en la missió de l’Església», núm. 77. DdE 1092 (2018) 437-438. Cf. Francisco, «Discurso en la conmemoració de la institución del Sínodo de obispos»: DdE 1062 (2015) 660.
[17]. San Agustín, Sermo 267, 4: PL 38, 1231; Id., Enarr. in Ps., 147, 19: PL 37, 1929.
[18]. San Agustín, Sermón 32.
[19]. Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, núm. 271: DdE  1043 (2014) 133.
[20] . Ibíd.

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