1.- GRACIAS: «Tened cuidado de vosotros y de todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo os ha puesto como guardianes» (Hch 20,28).

Querido Joan, damos gracias a Dios por todos los dones que ha puesto en tu vida y que hoy nuevamente te manifiesta eligiéndote para la misión de pastorear a la comunidad cristiana que peregrina en Tarragona.

No olvides que el más preciado don que Dios te ha dado es Cristo, su Hijo. Lo ha hecho tu compañero de camino. Él, como a los apóstoles, te llama ‘amigo’ porque te lo ha dado todo a conocer. Ha muerto en una Cruz por amor y para darte, para darnos a todos, la vida y vida en abundancia. Y hoy te regala la plenitud del sacerdocio.

No dejes de dar gracias a Dios por todo lo que te ha concedido: la vida, el don de la fe, la familia, el sacerdocio y el episcopado. El Señor te llama a seguirle con generosidad y con alegría y, como a san Pedro, te dice: «Cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras» (Jn 21,18). Déjate siempre conducir por el Señor, el Buen Pastor que guía al rebaño.

Pero los dones que te da el Señor no son solamente para ti, son para ponerlos al servicio de los hermanos, en concreto, son para esta comunidad que peregrina en Tarragona. Desde ahora se convierte en tu amiga y hermana, más todavía, se convierte en tu esposa. Por eso, pondremos el anillo en tu dedo como signo del desposorio. Ya no te posees, tu vida es para el Señor en el servicio total a esta comunidad. Desde ahora será «tu amada esposa».

2.- EN COMUNIÓN: «Así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada cual existe en relación con los otros miembros» (Rom 12,5).

Llegas a una comunidad de gran recorrido histórico. Hunde sus raíces en el gran Apóstol san Pablo, que según dice la tradición pisó esta noble tierra. Aquí han dejado su huella venerables obispos como san Fructuoso que junto con sus diáconos Augurio y Eulogio, dieron testimonio de su fe hasta el martirio en el anfiteatro de esta ciudad de Tarragona. Y otros muchos como Pròsper y Oleguer, y más recientemente Francesc d’Assís Vidal i Barraquer, Manuel Borràs, Manuel Arce, Benjamín de Arriba y Castro, Laureano Castán Lacoma, Josep Pont i Gol, Ramon Torrella, Lluís Martínez Sistach y Jaume Pujol. Llegas a esa comunidad para evangelizar a través del hermoso, aunque a veces difícil, camino de la comunión.

Comunión que se ha de extender a las Iglesias de la Provincia Eclesiástica Tarraconense, que a partir de ahora tú presidirás, en trabajo pastoral conjunto con las de la Provincia Eclesiástica de Barcelona, que me honro en presidir, y en comunión con las Iglesias hermanas de las diócesis españolas. Tal como proclama el Concilio Vaticano II en la Constitución sobre la Iglesia: «esta variedad de Iglesias locales, tendente a la unidad, manifiesta con mayor esplendor la catolicidad de la Iglesia indivisa» (LG 23).

Lo sabes perfectamente, solo se puede evangelizar a través de la espiritualidad de la comunión. Así nos lo recordaba el papa san Juan Pablo II en la Exhortación Novo Millennio Ineunte donde describía la espiritualidad de comunión con estas palabras:

Es una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado.

Espiritualidad de comunión es la capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como «uno que me pertenece» para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad.

Espiritualidad de comunión es la capacidad de ver, ante todo, lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: «un don para mí», además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente.

Espiritualidad de comunión es saber «dar espacio» al hermano llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Gal 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias (Novo Millennio Ineunte, 43).

¡Qué hermoso texto! Es un texto que nos interpela a todos y nos anima a buscar solo aquello que nos une y no aquello que nos separa, nos divide y nos enfrenta. El evangelio, la Buena Nueva de Jesús, solo prenderá en los corazones de la gente de nuestro mundo, si vivimos la comunión, si nos amamos de verdad, si dejamos de criticarnos y de enfrentarnos, si sabemos pedir perdón y si sabemos ofrecer el evangelio con valentía y humildad.

Por ello, el papa Francisco nos dice bellamente: «En la comunión, aunque duela, es donde un carisma se vuelve auténtica y misteriosamente fecundo. Si vive este desafío, la Iglesia puede ser un modelo para la paz en el mundo» (Evangelii Gaudium, 130).

3.- PASTOREA: «Apacienta mis corderos, pastorea mis ovejas» (Jn 21,15b.16b).

Y hoy, querido Joan, Jesucristo, el Señor, te pregunta lo mismo que a Pedro: «¿Me amas?» Para pastorear la comunidad cristiana de Tarragona solo te pide si le amas, si estás dispuesto a darle toda tu vida.

Sí, lo único necesario que te pide Jesús es que le entregues tu vida. La respuesta de san Pedro fue sencilla, pero muy hermosa: «Sí, Señor, Tú sabes que te quiero». Y fue entonces cuando Jesucristo le confió la misión de apacentar el rebaño. Pero Jesús le recordó que las ovejas eran suyas y no de Pedro. Le dijo y te dice también a ti hoy: Joan, «apacienta mis ovejas».

Amar a las ovejas es servir, es estar en actitud de búsqueda, de salida continua por los caminos del mundo haciéndose «todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos» (1Cor 9,22).

No tengas miedo, porque el Señor te acompaña y te acompañará, y tendrás también a la comunidad cristiana, que te ayudará también con su oración diaria por ti y con su apoyo en la acción evangelizadora.

El Papa nos pide a los obispos que amemos a todos aquellos que Dios nos confía: a los presbíteros y a los diáconos, a los seminaristas, a los religiosos, a todos los bautizados; pero también y, especialmente, a los pobres, a los indefensos y a cuantos tienen necesidad de ayuda y protección.

En tu camino encontrarás a cristianos y a no cristianos, a miembros de otras religiones y a quienes no creen en Dios. No olvides que todos son, todos somos, compañeros de ruta y no adversarios.

Encontrarás a muchos migrantes, unos de paso, otros que se quedan en la diócesis. Que encuentren en ti y en tu comunidad cristiana a unos hermanos que acogen y comparten sus gozos y sus penas.

Que seas, que seamos todos, testigos, portadores de misericordia. La Iglesia y el mundo tienen necesidad de mucha misericordia.

Querido Joan, que Santa María, bajo la querida advocación de Montserrat, que tanto nos llega al corazón, así como bajo la advocación del Claustre o de la Misericordia, te acompañe en tu ministerio de la misma forma que Ella acompañó a la Iglesia en sus primeros pasos y sigue acompañándola y protegiéndola con su amor maternal.

Y, finalmente, cuida con mucho amor a todo el rebaño que el Espíritu Santo te confía. Hazlo en el nombre del Padre, cuya imagen haces presente; en el nombre de Jesucristo su Hijo, por quien has sido constituido maestro, sacerdote y pastor; en el nombre del Espíritu Santo, que da vida a la Iglesia y con su poder sostiene nuestra debilidad. Amén.

+ Card. Juan José Omella,
arzobispo de Barcelona

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