Bendito el que viene en el nombre del Señor.

Las puertas de esta Catedral metropolitana se han abierto para acoger el que el Santo Padre Francisco ha designado como arzobispo metropolitano en esta sede. Con todo amor y respeto os digo: «Sed bienvenido, arzobispo electo Joan, en la que será desde ahora su Catedral, tomad posesión.»

La ciudad de Tarragona y la archidiócesis os da una cordial bienvenida, os saluda con un abrazo de comunión y os recibe como padre y pastor en esta Catedral primada.

Os acoge la porción del pueblo de Dios que mira desde las montañas del Tallat hasta el mar y desde el Priorat hasta el Penedès. Hemos orado por vos y ya os estimamos.

Esta Catedral, primada y metropolitana, con santa María puesta in altum, flanqueada por San Pablo apóstol y por la protomártir Santa Tecla, contiene toda la belleza de la tradición eclesial de la Santa Iglesia de Tarragona.

El Evangelio que vino de Oriente, resplandece desde aquí hacia el Occidente por la predicación del apóstol Pablo, que plantó la Iglesia en esta tierra a la orilla del mar por donde llegó el Evangelio.

Es una Iglesia que pronto escribirá la bella página del martirio de San Fructuoso

y de los santos diáconos Augurio y Eulogio. Es la sede de los santos obispos Oleguer y Pròsper, ornada en nuestros días por el martirio del obispo Manuel Borràs y sus compañeros presbíteros, también por el martirio del corazón del querido cardenal Vidal i Barraquer.

Es toda la comunión eclesial que os recibe como padre y pastor. En vos encuentra un eslabón más de la milenaria sucesión apostólica y se realiza la promesa de San Fructuoso: «No os faltará pastor.»

Ahora, por la imposición de las manos de los hermanos obispos y la plegaria de la fe, seréis incorporado al colegio apostólico y regiréis esta Iglesia. Por la ordenación episcopal, que es la plenitud del sacerdocio ministerial, el Señor mismo hace don de vuestra persona a esta Iglesia y os convertís por ella en un don del Señor resucitado. Hoy, con aromas de un nuevo Pentecostés, damos gracias a Dios Trinidad.

Tenemos la certeza de vuestra oración y de su amor pastoral que será dado a todos, y sabemos que caminaréis delante de vuestro rebaño guiándolo hacia el Reino, pero que caminaréis también detrás para que nadie de los que el Señor os ha dado se pierda. Y caminaréis también a nuestro lado como hermano, amigo, y maestro.

La plenitud del sacramento del orden que hoy recibiréis os dará la gracia del Espíritu Santo para iluminar el camino de la fe en la vida de la Iglesia en nuestro tiempo. Vuestra sabiduría teológica la ejerceréis ahora como maestro de la fe por el pueblo de Dios, y seréis obispo de todos, para que también se realice en vos la palabra del Apóstol: «Me he hecho todo para todos» (1Cor 9, 22), también por los pobres y los desvalidos.

La Iglesia de Tarragona comparte la misma hora de las Iglesias de Europa, con muchos retos y carencias. Ella, sin embargo, conserva como don más grande la fe, más preciosa que el oro (cf. 1Pe 1,7) y una esperanza anclada en el amor de Dios, aquella esperanza «que no defrauda porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5).

No os faltará el afecto y la oración de todo el pueblo de Dios. Tampoco os faltará la colaboración pastoral del presbiterio diocesano que en vos forma una sola persona. También de los diáconos y de los religiosos y religiosas.

Os acogen los hermanos obispos de las Iglesias de la Tarraconense, ellos y sus antecesores siempre han honrado esta sede metropolitana. Por su tradición sinodal que llega hasta nuestros días tiene una vocación de servicio y de comunión.

Expreso también la alegría profunda e íntima de mi corazón: La providencia de Dios ha querido que durante casi quince años haya servido esta Iglesia. Dios sabe que lo he hecho con oración y amor, y ahora es un honor darle la bienvenida y dejar en sus manos este rebaño que el Señor me encomendó en su momento. Os paso, pues, con gozo, el relevo.

Mi corazón quedará siempre vinculado a esta querida archidiócesis, tenga la certeza de mi oración y mi afecto. Tomo prestadas las palabras del Ritual: «Que Dios mismo lleve a buen término esta obra buena que ha comenzado en ti.»

 

† Jaume Pujol Balcells

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