Muy estimado Sr. Arzobispo,

En todos los presentes, los sentimientos se mezclan en una celebración como la de hoy. El fin del ministerio pastoral del padre y pastor de una diócesis es siempre un momento que hace pensar en lo que ha sido el pontificado y de reflexión hacia el futuro, un momento de transición en el que no queremos dejar de expresarle nuestro afecto y estima. Pronto se cumplirán 15 años de su nombramiento como arzobispo de esta sede tarraconense. En un tiempo como el actual, en que la estabilidad en las sedes episcopales no es un valor en alza, no puede dejar de enorgullecernos que usted haya sido obispo de una única sede, la sede de Fructuoso, la sede de Oleguer, la sede de Vidal i Barraquer y de tantos otros prelados que han servido a esta iglesia paulina. Mirando atrás se hace evidente cómo han cambiado las cosas en este periodo, no sólo con respecto a la Iglesia sino también en la sociedad, la cultura, la economía, etc. La vida en la archidiócesis también se ha resentido, y usted ha ido por delante para intentar dar una respuesta inmediata a los retos que se han presentado, especialmente en los últimos años.

Un obispo participa plenamente de los tria munera de Cristo —enseñar, santificar y regir o gobernar. Hoy, sin ser exhaustivo ni pesado, quisiera subrayar algunos aspectos significativos de cada uno de estos oficios que ha realizado durante su pontificado.

En cuanto a la tarea de enseñar, ésta ha sido una preocupación importante en su servicio en la archidiócesis. Su larga experiencia universitaria la ha llevado a cuidar de muchos ámbitos de esta tarea del obispo. Algunas de las obras más destacadas han sido en el ámbito educativo, especialmente en la promoción de las escuelas diocesanas, la asunción de la gestión de tres escuelas más o la creación de la Fundación San Fructuoso para la gestión de las escuelas de titularidad diocesana. También se ha expresado en la preocupación por el despertar de las vocaciones, de manera particular con la recuperación del Seminario Menor que, con gran pena por su parte, no tuvo éxito. No puedo olvidar la promoción del estudio científico de las raíces de nuestra archidiócesis, Ecclesiæ Pauli, Fructuosi sedes, o los escritos dominicales en los que ha seguido diversas temáticas, y también la preocupación porque la archidiócesis cuente con un buen número de sacerdotes bien formados en las diversas materias eclesiásticas enviándolos a estudiar en Roma y obteniendo la licenciatura y el doctorado por mejor servir a la Iglesia.

En cuanto al oficio de santificar, se ha visto explicitado en su prontitud en la administración de los sacramentos de la iniciación cristiana, ya sea en las confirmaciones, los bautizos de adultos o la oportunidad de promover la confirmación, abriendo una nueva vía de formación catequética de tres años después de la etapa de la primera comunión y administrando la confirmación a los 12 años. También la preocupación por los sacramentos de curación, sea en su disponibilidad para confesar o en la unción y las visitas a los enfermos, especialmente en las visitas pastorales. En este sentido, debo agradecerle en nombre de todos los sacerdotes las facilidades e implicación en los problemas de salud que han ido surgiendo en muchos de nosotros en todos estos años. Me dejaría un aspecto importante si no mencionara la preocupación porque Nuestro Señor, en el Santísimo Sacramento, fuera adorado y constituye el centro de la vida de la archidiócesis. Cuántas veces lo hemos oído decir que el corazón de la archidiócesis es «esta capilla» —la del Palacio arzobispal—, donde usted ha rezado diariamente, ha adorado el Señor y ha celebrado tantas veces la eucaristía encomendando a toda la archidiócesis: personas, proyectos, parroquias, etc.

Finalmente el oficio de regir o gobernar, ha sido uno de los grandes retos de su pontificado, especialmente por la complejidad de esta tarea. Por una parte, ha promovido la adecuación de muchos espacios para dar respuesta a las necesidades de nuestro tiempo, concretamente con la restauración de la Catedral, la recuperación de la Capilla del Santísimo de esta misma sede o el edificio del Seminario, de los cuales cabe destacar no sólo el cambio material sino sobre todo las posibilidades y aumento en el uso que se hace. Por otra parte, la organización parroquial ha sido otro de los grandes retos a los que ha tenido que enfrentar, sobre todo por la disminución de sacerdotes —muchas defunciones y pocas ordenaciones—, el cierre de más de treinta comunidades de religiosos o religiosas, también el descenso de fieles en muchas poblaciones. Es un reto que no se ha podido realizar y que queda para el futuro. Tampoco quiero dejar de mencionar su implicación con diferentes asociaciones y grupos de todo tipo, con el fin de enriquecer la pastoral diocesana.

Quiero terminar estas palabras, Sr. Arzobispo, con un agradecimiento, un deseo y una petición. Le agradezco su servicio y entrega a esta archidiócesis de Tarragona; deseo de corazón que el Señor lo bendiga en esta etapa de su vida que comienza con su jubilación; y finalmente, le pido que no deje de orar por esta nuestra y su amada Iglesia de Tarragona, en la que —como tantas veces ha resonado en nuestro corazón—, en palabras de Fructuoso «nunca faltará pastor».

Que la Virgen lo acompañe siempre.

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