Estimado Pueblo santo de Dios. Muy estimados todos en el Señor. Estimados todos los que seguís esta retransmisión de la Vigilia Pascual desde la capilla del Santísimo Sacramento de la Catedral de Tarragona a través del canal web del arzobispado o de las mismas redes sociales.

Hermanos y hermanas. ¡Cristo ha resucitado!

Esta es la gran noticia de esta noche santa. Es la noticia que da sentido a nuestro seguimiento de Cristo. Es la noticia que hace que nosotros seamos cristianos.

Celebramos hoy bien gozosamente la Pascua; celebramos que, en medio de la negra noche de la muerte, en medio de nuestras más negras noches de desesperanza, estalla con gran fuerza una gran luz: la del Cristo Resucitado. Celebramos que, a pesar las preocupaciones y las contradicciones de estos días de pandemia, a pesar del sufrimiento y la muerte, ¡Dios es un Dios de Vida, y Dios nos da nueva vida!

«Mors et Vita duéllo conflixére mirándo: dux vitae mórtuus regnat vivus». «Lucharon vida y muerte en singular batalla, y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta». Es lo que nos afirma la Secuencia de Pascua, que es cantada en la Iglesia Católica desde la primera mitad del siglo XI. Celebramos el paso del Señor a esta Vida nueva. Y lo celebramos, porque creemos que su resurrección no es un privilegio para él solo, sino que ha sido él el primero en abrirnos también, a todos nosotros, las puertas a la Vida plena, a la resurrección. Es lo que esta noche hemos escuchado de San Pablo en su carta a los Romanos: «Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él».

Es tan importante la fiesta de hoy para los cristianos, que por eso esta noche hemos hecho un repaso por la Historia de la Salvación. En el conocimiento de esta Historia, somos más conscientes de darnos cuenta como Dios nos ama y nos ha amado desde los inicios, desde la creación del mundo. Lo que él quiere es salvarnos, y lo quiere ya desde el principio de la historia, hasta llegar a ser él mismo quien nos acompaña por medio de su Hijo. Un Hijo que se ha encarnado y ha pasado por su Pasión, Muerte y Resurrección.

Y para que quede patente esta realidad, hemos escuchado el relato de la Creación, donde se nos muestra la voluntad de Dios de estar presente en el mundo desde ese momento inicial. Desde el principio, Dios se implica en la historia de la humanidad y dice bien de ella, la bendice y lo acompaña.

En la lectura del Éxodo, hemos escuchado el relato de la Pascua judía ―el paso de Dios en la vida de Israel, el paso del Mar Rojo, paradigmático para el Pueblo de Dios del Antiguo Testamento―, y hemos recordado como Dios se hace solidario ante el clamor de los que sufren, siendo como es, un Dios libertador. Dios oyó el clamor del pueblo oprimido ante la esclavitud de Egipto, haciéndoles pasar de la esclavitud a la libertad. Dios fue sensible al dolor humano y se puso en acción. Como Dios es también sensible al sufrimiento y al dolor de todos los que soportamos la pandemia que nos afecta. «La expresión mayor del drama que estamos viviendo ―afirmaba una nota de la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Española de ayer, Viernes Santo― es la muerte de miles de personas en soledad y, a veces, en la desesperación y la falta de consuelo de sus familiares. La manera de despedir a los muertos, celebrar ritos de esperanza… está en el origen de la civilización. La actual crisis socava este pilar». Como también la socava la grave crisis económica que se nos avecina y que afectará principalmente a los más débiles. Y las preguntas que hoy, en esta noche santa, nos podríamos hacer podrían ser éstas: Yo, ¿soy sensible al dolor de los demás? ¿Me pongo en manos de Dios, como Moisés, para ayudar a los que sufren? Fijaos que en la lectura que hemos escuchado del Éxodo, queda clara la opción de Dios por los más débiles, por los abandonados… Ante el opresor y el oprimido, la opción de Dios es clara. Y mi opción, ¿cuál es? ¿De parte de quién me pongo? ¿Estoy cerca de los que sufren?

Después del libro del Éxodo, hemos pasado a la lectura del profeta Ezequiel, donde Dios, por boca del profeta, decía el Pueblo: «Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne». Nosotros, los cristianos, sabemos que, «este corazón nuevo» y este «espíritu nuevo», Dios nos lo ha dado mediante el bautismo: un bautismo que, precisamente, renovamos en esta noche santa. Y, ante esto, la pregunta que en estos momentos nos podríamos hacer sería esta: ¿Dejo que Dios toque verdaderamente mi corazón? A la hora de la verdad, ¿dejo que Dios cambie y renueve mi corazón? ¿Dejo que Dios cambie y renueve mi vida?

Pero, la culminación de este repaso por la Historia de la Salvación se da en la lectura del Evangelio de hoy. Celebramos que nuestra fe no es un simple seguimiento de unas ideas, ni de una doctrina, ni de un libro. Tampoco es una simple celebración de un hecho pasado. No celebramos un aniversario. Nosotros celebramos y seguimos a Jesús, que está presente entre nosotros como Resucitado también hoy, aquí y ahora. Es él quien da sentido a nuestra celebración y en nuestra misma vida.

En el Evangelio proclamado en esta noche santa hemos visto cómo esta Buena Nueva hace que aquellas mujeres ―María Magdalena y la otra María―, que habían ido a ver el sepulcro, vuelven siendo portadoras de la gran noticia de la Resurrección. Jesús les salió al paso y les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán». Es lo que también proclama la Secuencia de Pascua antes mencionada: «Surréxit Christus spes mea: præcédet os in Galilǽam». ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza! Venid a Galilea, allí el Señor aguarda. Desde entonces, también nosotros estamos llamados a ser portadores de esta Buena Noticia a todos los hombres y mujeres de nuestro mundo.

Muy apreciados todos. La misma nota de ayer de la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Española nos hacía esta propuesta: Voltear las campanas de todos nuestros templos el Domingo de Resurrección a las 12 del mediodía unidos al papa Francisco en su bendición «urbi et orbi» con este lema: «Jesucristo ha resucitado, anuncia y realiza la victoria de la vida sobre la muerte. Somos testigos de esta esperanza».

Muy estimados. En medio de las inquietudes y de las esperanzas que nos aquejan, que el gozo Pascual nos anime a ser cada vez más fieles seguidores de Cristo y testigos suyos en medio del mundo. Que al ver nuestro ejemplo y la alegría que llevamos en nuestro corazón, muchos tengan ganas de seguir al Señor. Que Él nos ayude. ¡Santa Pascua a todos y todas!

 

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

Capilla del Santísimo de la Catedral, 11 de abril de 2020
Celebración a puerta cerrada 

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