La Escritura Santa llama a José como un «hombre justo» (zaddik). En el evangelio de Lucas también Zacarías, padre de Juan Bautista y Simeón son llamados hombres justos. ¡Qué título más bello para el santo patriarca! Un hombre justo en la Biblia significa que actúa según la justicia de Dios, una justicia que obra por la misericordia. Una misericordia que, desde el Deuteronomio, se manifiesta a los más desvalidos del pueblo: los huérfanos, las viudas, los forasteros.

José en la situación que se encuentra actúa no según la justicia humana. Esta habría sido difamar a su prometida, abandonarla a su suerte. Una suerte horrible (Jn 8,1 y ss.). José reacciona por amor y con amor. Justamente por ello: «No quería difamarla, decidió repudiarla en privado» (Mt 1,19b). La turbación de su corazón no le fue obstáculo para actuar con misericordia. Amaba demasiado María como para hacerle daño. Se deja llevar más por la misericordia que por el orgullo herido. El dolor secreto del hombre justo es visitado en su sueño por Dios mismo y su ángel. Como en otras escenas del Antiguo Testamento Dios se manifiesta en sueños. La persona cuando duerme está desarmada y el ángel del Señor le revela el mensaje sublime: «la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo» (Mt 1,20b). Es un nuevo Génesis, una nueva creación, un nuevo principio, una historia nueva, una humanidad nueva.

La genealogía de Jesús (tanto en Mateo como en Lucas) llega hasta José, pero este se aparta y la descendencia es dada, como un don, a María. José será sólo testigo y custodio del Misterio. El mismo Evangelio sigue: «cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer» (Mt 1,24a). Tened en cuenta que la figura de María habría quedado imprecisa o desdibujada. Si Dios para entrar en este mundo necesitó el sí de María, también necesitó el sí de José. De Maria sabemos que dijo: «que se haga según tu voluntad». José no dijo nada, pero hizo lo que el Señor le pedía. Silenciosamente y humildemente. El Hijo de Dios para entrar en este mundo necesitaba la fe y la virginidad de María, pero ella necesitaba un esposo y el Hijo necesitaba alguien que le hiciera de padre. El designio de Dios es indivisible y, por tanto, la fe obediencial de José fue necesaria en el misterio de la Encarnación.

Él, como María, cumple la voluntad de Dios, dócilmente y sin condiciones. Es la respuesta de un creyente. Es la obediencia de la fe. Expresa la fe del pueblo de la alianza desde Abraham. Resuena en la persona de Jesús el salmo 1, que canta la bienaventuranza del creyente, del hombre que «ama de corazón la ley del Señor, la repasa, medita la noche y día» y la fidelidad a la Palabra lo hace fecundo, cual «un árbol plantado al borde de las aguas, que produce fruto a su debido tiempo» (Sal 1,1 y ss.).

Él recibe una paternidad desposeída, absolutamente dada. Regalada por Dios y confiada a él. Forma parte de los anawim, los pobres de Yahvé. Al fin y al cabo, es un corazón de pobres quien recibe al Mesías. Más tarde, el mismo Señor proclamará la bienaventuranza (Mt 5,2).

San José nos exhorta a actuar según la justicia de Dios, según su misericordia. Una misericordia que brota de un corazón dolorido por el otro. Hicieron el levita y el sacerdote de la parábola de no detenerse a socorrer al pobre malherido por el camino. No lo habrían sabido hacer porque no llevaban ninguna llaga en el corazón. A diferencia del buen samaritano que sabía lo que era sufrir. Sólo un pobre puede entender otro pobre. Sólo alguien que ha estado días y días enfermo puede comprender la necesidad de visitar a un enfermo. Hoy, hace un rato, he conocido a una mujer de la limpieza y me ha dicho: «Padre, tengo los tres hijos en casa en el paro y mi hermana está enferma», continuó diciéndome: «lo dejo en manos de Dios». Y la buena mujer infatigable continuaba el trabajo de limpieza. San José era de esta raza, de los pobres que confían en el Señor. La confianza que tienen en Dios no permite que caigan en la tristeza del no querer vivir ya más. No reaccionemos nunca más por orgullo, sino con la caridad que todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Este es el camino incomparablemente mejor (1 Cor 12,11). Sólo hay un camino para ir hacia Dios: el del amor.

Del libro Pelegrins del Senyor de Mn. Miquel Melendres, presbítero de nuestra archidiócesis (1)*

Nos gusta que la Cuaresma caiga baja y que coincidan la alegría de san José y la tristeza de la Semana de Pasión o la Semana Santa en la que la Iglesia, sacudida por la proximidad del escarnio de la Cruz, ha cubierto los altares y las imágenes con cortinas moradas, a modo de madre, inconsolable ante el hijo muriente, a quien no bastan pañuelos para taparse los ojos llora que llora.

¿Sabéis, en esta coincidencia, la aparición de san José si es oportuna para las almas timoratas, venteada de escrúpulos y preocupaciones, las cuales, con la penumbra cuaresmal ven aumentada muchos caminos la interna desolación que es su pan de cada día?

He aquí, sin embargo, que las golondrinas se preparan a traspasar la mar para volar encima de las hojas tiernas de nuestra primavera. ¡Y vuelve san José! Su testa pura —sino nevada de años, al menos cubierta de canicie por la tradición— surge tranquila y sonriente por entre la negrura de las túnicas y los morados de las cortinas cuaresmales, al igual que la cima de un ventisquero por encima de las nubes negras.

*(Traducción libre del catalán)


 

Todas las catequesis de San José se pueden encontrar en la página web de la Delegación diocesana de Liturgia 

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