Catedral de Tarragona, 23 de setembre de 2026

SANTA TECLA, MÀRTIR

Excel·lència Reverendíssima, sacerdots concelebrants, Excel·lentíssimes autoritats, germans i germanes tots en Crist,

Expresso en aquests moments el meu agraïment al Senyor Arquebisbe, Sa excel·lència Mons. Joan Planellas, per la seva invitació. El seu oferiment em fa sentir el goig de trobar-vos, als presents, i a la ciutat sencera, en la festa patronal de Santa Tecla. Als qui sou aquí i, per mitjà vostre, a tots els tarragonins i als qui segueixen aquesta celebració pels mitjans de comunicació, una afectuosa salutació en nom del Sant Pare i la seva santa benedicció.

Vuestra noble y antigua urbe, de famosas murallas romanas que se remontan al comienzo del siglo III antes de la era cristiana, coherente con la histórica tradición paulina que alberga, se aprecia de la devoción a santa Tecla desde tiempos paleocristianos. Querida la Santa por generaciones en este lugar, la llegada desde Armenia del relicario del brazo venerado de santa Tecla el día 17 de mayo de 1321 enriqueció su fiesta, atrayendo, hasta hoy, a toda la comarca. Cada año, las plazas y calles de esta ciudad se sumergen en un ambiente festivo que, con coloridas imágenes, evocan a la Santa delineada como «personificación viviente de la doctrina predicada por san Pablo». La figura de la virgen de Iconio —lugar de su nacimiento en el siglo I— «ilumina y perfuma las primitivas comunidades cristianas». Y —casi podemos decirlo— Tarragona tiene el legado de una mujer cuya conversión a Cristo por la palabra ardiente de san Pablo, se encontró de tal manera con el Señor que podemos singularizar en una, las palabras que el Apóstol dirige a la comunidad cristiana: «Os he desposado con un solo esposo, para presentaros a Cristo como una virgen pura» (2 Cor 11,2).

Nosotros ahora, al celebrar su fiesta, podemos tomar conciencia de que la vida presente ofrece a los cristianos una prueba que pone siempre en juego la fidelidad a nuestro Señor. «Dios los puso a prueba y los halló dignos de él», nos ha dicho el libro de la Sabiduría. Y la Carta a los Hebreos nos advierte: «No renunciéis a vuestra valentía. Os hace falta paciencia para cumplir la voluntad de Dios y alcanzar la promesa.» Es más, en el Evangelio, con la alegoría de las diez vírgenes, el Señor advierte a nuestros corazones que no se duerman en el conformismo. Cada momento es ocasión para acrecentar el óleo de la fidelidad con la coherencia de vida en unos valores donde sabemos que Cristo está en la cumbre, manteniendo la conexión entre la fe y la forma de vivir. Es lo que significa la lámpara encendida. Además, la enseñanza de este pasaje lleva a nuestro corazón dos fuertes convicciones y un propósito de construcción y colaboración con el Reino de Dios, asumiendo como bautizados los temas de la Pascua contenidos en este Evangelio, esto es, la vigilia, la noche y la puerta.

La vigilia. Hay que estar siempre atentos con la convicción de que Dios cuida de nosotros. Que nada ocurre que Él no lo disponga. Debemos mantener la fidelidad en el amor de Dios en medio de las pruebas sin temer a perder nada menos importante que Dios. No vence el violento, no vence el que obra el mal. Vence el que persevera constante en una «esperanza llena de inmortalidad». Dios nos deja sus huellas en la creación. El verdadero camino es la ley del Señor; no la fuerza, ni la prepotencia del violento o la arbitrariedad del poderoso, sino la justicia y el derecho que, nos enseña la Sagrada Escritura, acontecen únicamente cuando nosotros estamos en comunión y en amistad con Dios.

Pero Dios también nos pide creer y confiar en Él, «aunque es de noche». En la segunda lectura de la carta a los hebreos el Señor nos dice: «Un poquito de tiempo todavía y el que viene llegará sin retraso; mi justo vivirá por la fe […], nosotros no somos gente que se arredra […] sino hombres de fe para salvar el alma.» Nos toca entonces, por amor a Él, asumir en cada momento una especie de martirio oculto, escondido, lo cual sucede en nuestra entrega en los diversos ámbitos en los que se desarrolla nuestra vida, ya sea profesional, familiar o matrimonial. Pero, sobre todo, debemos ser coherentes con la profesión de la fe, cumpliendo lo que prometimos y dejando para siempre a lo que renunciamos en el bautismo. Ser fieles a Jesucristo, confesarlo ante los hombres, conlleva la muerte de uno mismo a un martirio de gran valor y grandeza, ya que el amor es luz y vida.

La Puerta. Con estas dos fuertes convicciones hagamos el propósito de entrar por Cristo, que es la Puerta (cf. Jn 10,9), en la construcción y colaboración con su Reino, el reino de Nuestro Señor Jesucristo. Hay modelos ideológicos o paradigmas que propugnan una vida liberada de toda norma, de toda exigencia, de toda verdad. Parece admirarse una jerarquía de valores, pero, al mismo tiempo, con la contradicción de adjurar de criterios firmes, de un punto central sobre el que pueda descansar la vida con un fundamento sólido sobre el que construir. Como toda puerta, también cada vida tiene un gozne. Del corazón que se le da a Jesucristo —si verdaderamente se lo damos— brota la serenidad, la alegría, la paz, el gozo y la fraternidad sin crujidos estridentes. Como decimos muchas veces, ante lo adverso ¡hay que luchar!, erguirnos con coraje y valentía y acudir a Dios en la oración. Sin ella nos falta la luz y la fuerza. Lo que importa de verdad es que nuestros denuedos y sufrimientos lo sean verdaderamente por Jesús, por causas justas «sintiendo como propios» —nos ha recordado el Santo Padre en estos días— «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren» (GS 1). «Es una entrega que nos llama a salir de toda pasividad e indiferencia ante los acontecimientos que se producen, ante la historia y la vida de las personas, sobre todo ante el cambio rápido y profundo que experimentamos hoy. No es posible permanecer como espectadores desinteresados, es necesario, en cambio, escuchar con el corazón, dejarse interpelar, involucrarse. Con Cristo y sostenidos por la fuerza de su Espíritu» (Audiencia General, 2/09/2026).

Germans tarragonins!, com la vostra Patrona, no us deixeu arrossegar per la lògica del món, sinó romangueu en Aquell que ha vingut al món amb el seu amor. Les nostres armes es redueixen a aquest amor i som cridats a testimoniar-lo com a prova de la veritat. El nou manament de l’amor posa el fonament d’una veritable civilització. Aquest va ser el missatge dels nostres evangelitzadors en els primers segles cristians. Nosaltres, els seus continuadors, hem de proposar-lo a la societat del nostre temps perquè la fe cristiana continuï il·luminant i construint la vida dels homes i els obri un futur.

La santa missa és l’expressió de l’amor lliurat de Crist a la creu per la nostra salvació. En participar-hi ara, romanguem en Crist, i demanem-li que ens concedeixi la gràcia de donar fruit abundant d’amor. Que la intercessió de la Santíssima Verge i els valors de la màrtir santa Tecla ens ho concedeixi. Que així sigui.

Mons. Piero Pioppo

Nunci Apostòlic