28 de juny de 2026
Queridos hermanos y hermanas,
Con esta Eucaristía concluye la visita pastoral a las parroquias de Bonavista, Torreforta y Campclar. Debo decir que aún quedan dos pequeños encuentros: una misa el 19 de julio en la capillita de La Floresta, y un encuentro con los niños del casal de aquí en Torreforta, en un día por concretar.
Durante todos estos días he podido entrar en vuestras iglesias, en vuestros locales parroquiales, en las escuelas cristianas, en las entidades, en algunos hogares; he podido reunirme con los sacerdotes, religiosas, catequistas, voluntarios de Cáritas, responsables de la liturgia, jóvenes, niños, familias, personas mayores, enfermos… Y, sobre todo, he podido contemplar algo que no siempre aparece en los informes ni en las estadísticas: el rostro concreto de una Iglesia que vive, que sirve y que espera.
Hoy, antes que nada, quiero dar gracias a Dios por vosotros. Gracias por vuestra fe sencilla y perseverante. Gracias por tantas horas entregadas silenciosamente. Gracias por mantener abiertas estas comunidades en unos barrios que conocen bien el esfuerzo cotidiano, las dificultades económicas, la diversidad cultural y también la riqueza de tantas historias de vida.
La Palabra de Dios de este domingo ilumina de una manera muy hermosa todo lo que hemos vivido durante esta Visita.
La primera lectura nos presenta a aquella mujer de Sunán que abre las puertas de su casa al profeta Eliseo. No realiza un gesto espectacular. Simplemente reconoce la presencia de Dios en aquel hombre y le hace un sitio en su hogar.
Qué importante es esta imagen para nuestras parroquias. Una comunidad cristiana es precisamente eso: una casa donde Dios siempre encuentra un lugar porque antes se lo hemos preparado entre todos. Las parroquias no se sostienen únicamente por sus edificios; viven porque muchas personas hacen posible cada día la acogida. Hay quien prepara la liturgia, quien limpia el templo, quien visita enfermos, quien acompaña a familias, quien enseña la fe a los niños, quien escucha a quien llega con el corazón roto, quien dedica tiempo a los pobres, quien abre y cierra las puertas, quien reza cuando nadie le ve.
Muchas veces son servicios escondidos, pero el Señor los conoce todos. Ninguno es pequeño cuando nace del amor.
El Evangelio continúa esta misma enseñanza. Jesús nos dice palabras exigentes: «El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí.» Son palabras que no invitan al heroísmo extraordinario, sino a poner a Cristo en el centro de toda la vida.
Cada uno de nosotros lleva alguna cruz: la enfermedad, la soledad, las preocupaciones familiares, el cansancio, la incertidumbre por el trabajo, las dificultades educativas, el sufrimiento por los hijos o los padres, las heridas familiares y también las heridas que a veces también aparecen dentro de la comunidad cristiana.
Jesús no promete una vida sin cruces. Promete caminar con nosotros. Y nos recuerda que quien pierde la vida por Él, en realidad la encuentra.
Durante esta visita he visto precisamente eso: personas que han encontrado su vida entregándola. No buscan reconocimiento; simplemente sirven. Y gracias a esa fidelidad cotidiana el Evangelio sigue resonando en Bonavista, en Torreforta y en Campclar.
El Señor termina diciendo algo que podría parecer muy pequeño: «Quien dé un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, no quedará sin recompensa.»
Un vaso de agua. Qué imagen tan sencilla y tan profunda.
El Reino de Dios crece muchas veces así: mediante pequeños gestos realizados con un amor inmenso: una conversación, una visita, una sonrisa, una llamada de teléfono, un rato de catequesis preparado con cariño, una bolsa de alimentos entregada con respeto, una oración hecha por alguien que sufre, un café compartido con quien se siente solo. Todo eso puede parecer insignificante, pero para Dios tiene un valor infinito.
San Pablo, en la carta a los Romanos, nos recuerda el fundamento de todo: por el bautismo hemos muerto y resucitado con Cristo. Esa es nuestra verdadera identidad.
No somos simplemente una organización que hace cosas buenas. Somos el pueblo de Dios. Somos hombres y mujeres que viven de la Pascua de Cristo. Todo lo que hacemos nace de esa vida nueva que hemos recibido y hacia donde ella conduce.
Por eso, el futuro de nuestras parroquias no depende solamente de los recursos que tengamos ni del número de personas. Depende, sobre todo, de la profundidad de nuestra unión con Cristo.
Si permanecemos unidos a Él, habrá esperanza.
Si permanecemos unidos a Él, seguiremos siendo una Iglesia cercana a los pobres.
Si permanecemos unidos a Él, sabremos acoger la diversidad de culturas y procedencias que enriquecen estos barrios.
Si permanecemos unidos a Él, no perderemos la alegría incluso cuando aparezcan dificultades.
Quisiera terminar expresando tres deseos para estas comunidades.
El primero: que nunca perdáis la capacidad de acoger. Que quien entre en cualquiera de estas parroquias pueda experimentar que aquí hay una familia donde siempre es esperado.
El segundo: que sigáis creciendo en comunión. Cada carisma, cada grupo, cada servicio tiene su lugar. Ningún grupo debe quedar excluido. La Iglesia no se construye desde el protagonismo personal, sino desde la comunión que nace del Espíritu Santo. Sabernos escuchar los unos a los otros y discernir de acuerdo con el sentido de la Iglesia, no de nuestras manías personales.
Y el tercero: que nunca dejéis de salir al encuentro de quienes todavía no conocen el amor de Cristo o se han alejado de la comunidad. Estos barrios necesitan una Iglesia que no espere simplemente a que llamen a la puerta, sino que salga con humildad y esperanza al encuentro de las personas. Lo recordábamos el otro día en la reunión del Consejo de la Unidad pastoral con el Consejo Episcopal.
Queridos hermanos y hermanas: gracias por haberme permitido compartir estos días con vosotros. Me marcho con el corazón lleno de gratitud. He visto dificultades, sí; sería ingenuo negarlas. Pero, sobre todo, he visto fe. He visto generosidad. He visto esperanza. He visto que el Señor sigue caminando en medio de estas comunidades.
Que la Virgen María, que supo acoger plenamente la Palabra y entregarse sin reservas al proyecto de Dios, acompañe siempre a las parroquias de Bonavista, Torreforta y Campclar. Que ella nos enseñe a poner siempre a Cristo en el centro de nuestra vida y de nuestra misión. Y que san José nos proteja a todos y, también, todos nuestros planes pastorales. Él, que en la discreción y en el servicio supo cumplir adecuadamente su misión. Que la bendición de su cuadro al final de la misa nos recuerde estas actitudes.
Y que el Señor, que ha comenzado en vosotros esta buena obra, la lleve a plenitud.
Amén.







