Muy estimados / as,

Ha pasado más de una semana de confinamiento. La crisis continúa y, desgraciadamente, se nos ha anunciado que el estado de emergencia continuará hasta el día 11 de abril, víspera de la Pascua, indicándonos que la pandemia aún no ha alcanzado su punto más álgido. En estos momentos, como hemos venido haciendo estos días, nos toca estar muy atentos a las disposiciones de las autoridades, y a manifestar y compartir, sobre todo telemáticamente, nuestro afecto y nuestra estimación en todo el Pueblo santo de Dios y con todos quienes, sin sentirse creyentes, son hombres y mujeres de buena voluntad. Pero, sobre todo, conviene orar intensamente. Necesitamos una oración para nuestro mundo y para todas sus angustias y sufrimientos, necesitamos orar por los enfermos y contagiados por el virus, por sus familiares, por los que se encuentran en cuarentena. Debemos orar sobre todo por los que ya han muerto, para que el Dios del amor y de la paz los acoja en el lugar del descanso eterno.

«Cuando Dios revive …, desnuda el hombre de su pretensión de ser justo» (J. Carner)

En estos momentos, tengo sentimientos contrastados. Los explicito brevemente. Por un lado, debo deciros que la prueba que estamos pasando se convierte en una invitación a volver hacia Dios. Como decía hace unos meses en una Carta Dominical, necesitamos «volver a empezar a partir de Dios». En este punto, me ha venido a la memoria el poemario de Nabi, una de las obras capitales del célebre escritor catalán Josep Carner (1984-70). El poeta retoma el tema bíblico de Jonás, mostrando el desencanto ante las miserias humanas y las contrariedades de la vida, como lo hacía el profeta del Antiguo Testamento. En el largo poemario, publicado en aquellos momentos oscuros y extremadamente difíciles acabada la Guerra Civil, encontramos versos sublimes. Algunos de los cuales nos irán de perlas parar meditarlos durante este final de Cuaresma y ante la emergencia sanitaria que estamos viviendo. Lo veremos a continuación.

Hombres y mujeres afianzamos la personalidad a medida que aseguramos nuestra autonomía. Pero nuestras historias, como la historia del conjunto humano, a veces van demasiado lejos. Nos desmarcamos incluso de Dios, de quien, precisamente, hemos recibido la semilla de nuestra personalidad.

Para ser libre —dicen muchos— hay que olvidarse de Dios. Hay que prescindir de Él para conseguir una sociedad de futuro. Se trata de una filosofía que se extiende como una mancha de aceite en nuestro mundo. Conviene saberlo para poder evitarla.

El humanismo cultural vigente, en cambio, define la bondad y la maldad por la cantidad de votos, como si la ética dependiera de la sociología: algo está bien o mal según decida la mayoría. El hombre se refleja en sí mismo y termina en un narcisismo que le confunde y desconcierta.

Aquí, nos resultará provechoso recurrir al poema de Carner. En cierto momento, Nabí —equivalente a Jonás— reflexiona en voz alta: «Home perdut entre un manyoc de vies / oh malaventurat! / a mig camí no tens esment de què volies» (II, 1-3). (Perdido en un sin fin de posibilidades, ¡desgraciado!, estás a mitad de camino y no tienes idea de adónde vas). Y, dirigiéndose a Dios, le dice: «El crim és adorat en pedra i fusta. / Tes legions on són? / De ton voler la vida es desajusta; / corren balders els falliments del món» (II, 56-59). (Las malas acciones se convierten en ídolos, y ¿dónde están tus ejércitos? La vida no se ajusta a tu voluntad; los delitos campan a sus anchas). Además, se lamenta: «Por tinc, Senyor, que ja no et tinguin por» (II, 71). (Temo, Señor, que ya no te teman). El hombre, don de Dios, busca su identidad y sus certezas en sí mismo. Pero, como afirma Carner, «Ai de qui, just, s’alzina com déu de pedra, august! / Quan Déu revé, quan Déu es lleva / despulla l’home de la seva / pretensió de ser just» (I, 84-87). (¡Ay del justo que se yergue majestuoso, como dios de piedra! Cuando Dios se crece, cuando Dios se levanta, quita al hombre su alarde de ser justo.)

En estos días nos sentimos contrariados, angustiados y desnudos de nuestras pretensiones y de nuestros proyectos meramente humanos. Solamente salimos del atasco si nos aceptamos como don de Dios. A la luz de Cristo, intuimos nuestra sombra. El hijo pródigo del evangelio comprende dónde ha ido a parar rememorando su vida en casa del padre.

En la persona de Jesús, no vista como un hecho cultural, sino desde el convencimiento de su presencia tomemos conciencia de ser salvados y, por tanto, pecadores, y sintamos la necesidad de deshacernos del pecado. Muchos conocíamos el Evangelio, pero lo entendíamos como una filosofía y no como una comunión con alguien. Solo quien siente la necesidad de comunión con Dios Padre tiene la suerte de descubrirse pobre y pecador.

 

¡Qué paradoja poder ver y escuchar como un mal provoca tanto bien!

Es estremecedor levantarte cada día y darte cuenta de la lista de los nuevos infectados y de los que han muerto durante las últimas veinticuatro horas. Te invade ese sentimiento de impotencia que hace relativizar muchas cosas y, al mismo tiempo, se convierte en clamor y súplica ante el Dios de la vida. ¿Por qué, Señor, esta multitud de muertos? Pensar y casi gritar este «por qué», incluso casi con rabia, no es una blasfemia. Yo me atrevería a decir que es una oración. Es la oración de un creyente que se dirige a Dios desconcertado y aturdido por lo que estamos viviendo estos días. La misma Sagrada Escritura no tiene miedo de dirigir a Dios este «por qué». El texto bíblico se encuentra lleno de gritos de dolor contra el mal y la injusticia. Un clamor que va desde la protesta de Job por las desgracias que han pasado en su casa y su familia, hasta el clamor en las mismas oraciones de los salmos. Con el libro de las Lamentaciones podemos decir: «Ha sucumbido mi esplendor y mi esperanza en el Señor… Recordar mi aflicción y mi vida errante es ajenjo y veneno». Pero también, el autor del texto, no pierde, sin embargo, la esperanza, pues acaba diciendo: «No se agota la bondad del Señor, no se acaba su misericordia; se renuevan cada mañana… por eso esperaré en él… es bueno esperar en silencio la salvación del Señor» (Lm 3,18-26).

«No se acaba su misericordia; se renueva cada mañana» al ver las noticias de tantas personas cristianas o de otras religiones, agnósticas o indiferentes, compartiendo lo que tienen con los demás. «No se acaba su misericordia; se renueva cada mañana» al contemplar el trabajo ingente de los profesionales sanitarios y de los otros servicios sociales que, con peligro grave de infección personal, se entregan a su labor a manos llenas. «No se acaba su misericordia; se renueva cada mañana» en aquellos vecinos y voluntarios que se coordinan para llevar comida a las personas mayores o que se encuentran solas, o confeccionando mascarillas para llevar a los hospitales o las personas desfavorecidas. ««No se acaba su misericordia; se renueva cada mañana» al ver la coordinación entre instituciones, tanto cristianas como civiles, para encontrar una salida a la situación de los «amigos sin techo». «No se acaba su misericordia; se renueva cada mañana» cuando escuchas y lees las llamadas a la solidaridad y una mayor austeridad, unidos para combatir la epidemia que nos ha sobrevenido. ¡Qué paradoja poder ver y escuchar como un mal provoca tanto bien!

 

Algunas orientaciones pastorales y doctrinales:

Dada grave la circunstancia del confinamiento en nuestros domicilios que se alarga en el tiempo, y considerando el impedimento para celebrar la liturgia comunitariamente en nuestras iglesias, establecemos lo siguiente:

1) La Eucaristía, tanto en la catedral como las parroquias y comunidades donde se considere oportuno de celebrarla, tendrá lugar sin la participación física de fieles. Como hemos venido haciendo esta semana, son de gran ayuda a los medios de comunicación telemática en directo, no grabados. Debemos indicar que la Misa «sin pueblo» no significa «con la ausencia del pueblo», ya que en la Eucaristía todo el Cuerpo de Cristo está presente (totus Christus). Quienes no tenéis la posibilidad de reproducir telemáticamente estas celebraciones, recordad que la celebración litúrgica en orden a la gracia tiene todo el valor. Será bueno, y estarán contentos, que los fieles sepan la hora que el sacerdote celebra la Eucaristía en la parroquia, aunque no sea retransmitida telemáticamente. Os podéis hacer acompañar, presencialmente, por una persona de confianza, guardando siempre la prudencia y las normas sanitarias vigentes. Los demás fieles, desde casa, se pueden unir a la oración de toda la Iglesia.

2) La Eucaristía del Domingo de Ramos tendrá lugar conmemorando la entrada del Señor en Jerusalén según la fórmula tercera, o entrada sencilla (Misal Romano, p. 207), omitiendo el rito de la procesión y de la bendición de los Ramos. En cuanto a la Iglesia Catedral, si Dios quiere, celebraré personalmente esta Eucaristía a las 12 h. de la mañana en la Capilla del Santísimo, que ofrece unas posibilidades mayores para su retransmisión telemática en directo. En este sentido, todos los oficios de la Semana Santa de la Catedral serán retransmitidos en directo desde esta Capilla por el canal web del Arzobispado. Además, esta celebración del Domingo de Ramos, junto con las celebraciones del Jueves Santo, Viernes Santo y Domingo de Pascua, serán también retransmitidas por la Televisión TAC12. He de deciros también que en cada celebración, me acompañará un pequeño grupo de sacerdotes.

3) La misa del Crisma, con la bendición de los Santos Óleos, tendrá lugar el Lunes Santo, día 6 de abril, a las 5 h. de la tarde. Se celebrará en la capilla del Santísimo de la Catedral. La misa, sin la participación presencial del Pueblo santo de Dios y, por tanto también, sin la participación de los sacerdotes, diáconos, consagrados y consagradas, podrá ser seguida en directo por el canal web del Arzobispado. En esta misa, se pospondrá la renovación de las promesas sacerdotales para más adelante, como indicaba la Carta del Presidente de la Conferencia Episcopal Española del pasado 21 de marzo. Cuando acabe, si Dios quiere, la pandemia, se anunciará oportunamente la fecha de esta renovación, que tendrá lugar seguramente en alguna de los encuentros sacerdotales que podamos hacer antes de la finalización del curso. Como es obvio, se suspende para más adelante el encuentro sacerdotal que estaba previsto para ese día, con la conferencia sobre el Concilio Provincial Tarraconense de 1995 que nos había de pronunciar el Sr. Obispo de Girona, Mons. Francisco Pardo. La distribución de los Santos Óleos se hará más tarde, cuando termine el estado de pandemia.

4) Con respecto al Triduo Pascual, de acuerdo con el «Decreto en tiempos de Covid 19» de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos del pasado 19 de marzo (Prot. N. 153/20), se establece lo siguiente:

4.1. El Jueves Santo, en la medida de la posibilidad real establecida por aquellos a quienes compete, se podrá celebrar la Misa de la Cena del Señor. Se concede excepcionalmente a todos los presbíteros la facultad de celebrar en este día la Misa sin pueblo, en un lugar adecuado. El lavatorio de los pies, que es facultativo, se omite. Al final de la Misa de la Cena del Señor se omite la procesión y el Santísimo Sacramento se reserva en el sagrario. Los sacerdotes que no tengan la posibilidad de celebrar la Misa deben celebrar Vísperas (cf. Liturgia Horarum LH II, p. 391). Si Dios quiere, celebraré la Misa de la Cena del Señor, con estas condiciones, en la Capilla del Santísimo de la Catedral, a las 5 h. de la tarde (Canal web del Arzobispado y Televisión TAC12).

4.2. El Viernes Santo se podrá celebrar la Pasión del Señor. En la Oración universal, se añadirá antes de la última intención del Misal esta intención, preparada por nuestra Delegación de Liturgia:

«Oremos también por los afectados por la pandemia que nos aflige, por los profesionales de la salud que los atienden, el reposo eterno de los que han muerto y por el consuelo de sus familiares y para que Dios todopoderoso aleje del mundo este mal.

Oración en silencio. Después el sacerdote dice:

Oh, Dios, refugio en las dificultades, fuerza en la enfermedad, consuelo en las lágrimas, mirad benignamente nuestra tribulación, apartad del mundo el mal que lo perturba, y confírmanos en la fe y en la caridad, para que no dudemos de vuestra providencia de Padre. Por Jesucristo nuestro Señor».

La adoración de la cruz tendrá lugar mediante un breve momento de silencio, tras una invitación a realizar esta adoración comunitariamente. Si Dios quiere, en la Capilla del Santísimo de la Catedral, la celebración tendrá lugar a las 12 h. de la mañana (Canal web del Arzobispado y Televisión TAC12).

4.3. La Vigilia Pascual, en la medida de la posibilidad real establecida por aquellos a quienes compete, se podrá celebrar con estas condiciones: Para el «Inicio de la vigilia o lucernario», celebrada en el mismo presbiterio, se omite el fuego, enciende el cirio y, omitida la procesión, se hace el pregón pascual (Exsultet). Sigue la «Liturgia de la Palabra». En la «Liturgia bautismal», omitida la bendición del agua, tan sólo se renuevan las promesas bautismales (cf. Missale Romanum, p. 371, n. 55 = Misal Romano, p. 255). Seguidamente se celebra la «Liturgia eucarística». Los que no participen de la Vigilia Pascual celebrada en la iglesia, que recen el Oficio de Lectura indicado para el Domingo de Pascua (cf. Liturgia Horarum II, p. 446). Se trata de una antigua tradición de la Iglesia para los que no pueden participar o celebrar la Vigilia de Pascua. Si Dios quiere, en la Capilla del Santísimo de la Catedral, la celebración tendrá lugar a las 9 h. de la noche (Canal web del Arzobispado).

4.4. Para la Eucaristía del Domingo de Pascua, se omitirá el rito de la aspersión. Si Dios quiere, en la Capilla del Santísimo de la Catedral, la celebración tendrá lugar a las 12 h. de la mañana (Canal web del Arzobispado y Televisión TAC12).

4.5. El Viernes y el Sábado Santo, al mediodía, no se deben tocar las campanas de las iglesias, como se viene haciendo todos estos días. Con todo, a la misma hora, se puede hacer una oración en silencio por todos los enfermos y damnificados por la epidemia, rezando igualmente la oración del Ángelus.

5) Con relación al Sacramento de la Reconciliación en la actual situación de pandemia, de acuerdo con la Nota de la Penitenciaría Apostólica del pasado 20 de marzo, se establece lo siguiente:

5.1. La celebración del sacramento, cuando sea el caso, deberá tener lugar en un recinto ventilado, fuera del confesionario, con la adopción de una distancia adecuada, con las medidas sanitarias pertinentes, y con la absoluta atención para salvaguardar la reserva y la necesaria discreción que pide este sacramento.

5.2. La absolución colectiva sólo podrá tener lugar en caso de grave necesidad, como es en una sala o un recinto donde se encuentren ingresados varios fieles contagiados en peligro de muerte. Si desgraciadamente se diera el caso durante la pandemia, el sacerdote que se encuentre en esta situación tiene mi permiso para usar esta fórmula, con la obligación de informar personalmente antes o después (cf. Ordo Paenitentiae, n. 32).

5.3. Estas disposiciones nos recuerdan también la importancia de valorar más adecuadamente el llamado «acto de contrición perfecta», llamada también «contrición de caridad», descrita en el mismo Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1452. Cuando un creyente se encuentra con la dolorosa imposibilidad de recibir la absolución sacramental, se debe recordar que la contrición perfecta, procedente del amor a Dios amado sobre todas las cosas, expresando la oración personal una sincera petición de perdón y con el deseo de confesar los pecados cuando sea posible, el Señor otorga el perdón, incluso los pecados más graves.

6) De acuerdo con un Decreto de la Penitenciaría Apostólica del pasado 20 de marzo, se conceden especiales indulgencias a los fieles ante la situación actual de pandemia:

6.1)Se concede la Indulgencia plenaria a todos los fieles enfermos de coronavirus, tanto si se encuentran en los hospitales como en casa. Estos, con espíritu desprendido de cualquier pecado, se pueden unir espiritualmente a través de los medios de comunicación a la celebración de la Eucaristía, el rezo del santo Rosario, a alguna práctica piadosa como el rezo del Via Crucis u otra forma de devoción, o si, como mínimo, rezan el Credo, el Padrenuestro y una piadosa invocación a la Virgen María, ofreciendo esta prueba con espíritu de fe en Dios y de caridad hacia los hermanos, y con la voluntad posterior, cuando les será posible tras la pandemia, de confesarse sacramentalmente.

6.2)También se concede la Indulgencia plenaria, con las mismas condiciones, a los agentes sanitarios, a los familiares y todos aquellos que, siguiendo el ejemplo del Buen Samaritano, exponiéndose al riesgo de contagio, cuidan de los enfermos de coronavirus.

6.3) También, con las mismas condiciones, se concede de buen grado la Indulgencia plenaria a todos los fieles que puedan hacer una visita al Santísimo Sacramento, o la Adoración Eucarística, o bien, la lectura en casa de la Palabra de Dios durante media hora, o el rezo del santo Rosario, o el ejercicio piadoso del Via Crucis, u otras devociones, implorando a Dios Todopoderoso el fin de la epidemia, el alivio de los afligidos y la salvación eterna de todos aquellos a quienes el Señor ha llamado a la plenitud de vida con él.

6.4) Este tema me lleva a hacer una breve orientación doctrinal sobre las indulgencias, a la luz del núm. 22 de la Bula Misericordiae Vulture del papa Francisco (11 de abril 2015), en la que convocaba «el Año de la Misericordia». Fundamentalmente la indulgencia es la expresión del amor misericordioso de Dios ante el hombre pecador. El perdón de Dios por nuestros pecados no conoce límites. Dios está siempre disponible en el perdón y nunca se cansa de ofrecerlo de manera siempre nueva e inesperada. Pero, con todo, nosotros seguimos viviendo la experiencia del pecado. Sabemos que Dios nos llama a la perfección, como nos afirma Jesús mismo en el Sermón de la montaña (Mt 5,48), pero sentimos fuerte el peso del pecado. A pesar del perdón, afirma el Papa Francisco, «llevamos en nuestra vida las contradicciones que son consecuencia de nuestros pecados. En el sacramento de la Reconciliación Dios perdona los pecados, que realmente quedan cancelados; y sin embargo, la huella negativa que los pecados dejan en nuestros comportamientos y en nuestros pensamientos permanece» (Misericordiae Vultus, 22). Sobre todo aquel que ha pecado gravemente, ha podido experimentar, a pesar del perdón, las heridas que esta falta ha ocasionado en el fondo de su propio corazón. Se trata de una herida que cuesta cicatrizar y que, a veces, nos vuelve a inclinar al mal. El don de la indulgencia es la remisión total ante Dios de estas heridas que, en determinadas circunstancias, se nos otorga por medio de la Iglesia. La misericordia, equivale a indulto y, como afirma el Papa, «se transforma en indulgencia del Padre que a través de la Esposa de Cristo alcanza al pecador perdonado y lo libera de todo residuo, consecuencia del pecado, habilitándolo a obrar con caridad, a crecer en el amor más bien que a recaer en el pecado» (Misericordiae Vultus, 22). Con todo, esto no quita que no debamos seguir luchando contra la concupiscencia del pecado que, aunque no es pecado, proviene del pecado y nos inclina hacia él. La Iglesia vive «la comunión de los santos», es decir, la comunión con los bienes salvadores de Dios, a través de los que nos unimos en la comunión de todos los santos, tanto los que nos han precedido en la fe, como los quien peregrinan en este mundo en espera de los bienes eternos. En el marco de esta «comunión de los santos», la Iglesia siempre ha orado y ora por la plena expiación de las faltas de sus miembros, sobre todo por medio de la oración litúrgica y principalmente por sus acciones sacramentales, en la preeminencia de la celebración eucarística. Con el don de la indulgencia, la Iglesia aplica solemnemente y de una manera especial esta oración a un miembro determinado. En tanto que esta oración procede de la santa Iglesia y tiende a un bien que se encuentra totalmente conforme con la voluntad de Dios, la Iglesia está segura de que será escuchada, a diferencia de la oración del creyente en particular, que no sabe si pide realmente lo que debe. Esto se hace apelando a lo que se llama «el tesoro de la Iglesia», que ―en este caso― no es otro que la voluntad salvadora de Dios y la plenitud de su amor misericordioso, que incluye también la expiación y extinción de las penas del pecado. De ahí que, con el don de la indulgencia, el cristiano constata con certeza la infinita misericordia de Dios con aquel indulto de toda pena ante los pecados cometidos y ya confesados. Esta acción la Iglesia la puede llevar a cabo en determinadas circunstancias especiales o extraordinarias, apelando siempre a la gratuidad absoluta de la gracia del Padre misericordioso y orando, al mismo tiempo, por la voluntad firme de la sincera conversión por parte del penitente. La pandemia del coronavirus que nos ha sobrevenido es esta circunstancia extraordinaria, con la que podemos vivir con especial intensidad «la comunión de los santos». Entonces, la santidad de unos viene en ayuda de la fragilidad de los otros. Por ello, refiriéndose al don de la indulgencia, concluye el Papa Francisco: «Vivir entonces la indulgencia … significa acercarse a la misericordia del Padre con la certeza que su perdón se extiende sobre toda la vida del creyente. Indulgencia es experimentar la santidad de la Iglesia que participa a todos de los beneficios de la redención de Cristo» (Misericordiae vultus, 22).

Estimados todos. Se nos acerca una celebración de la Pascua «a puerta cerrada». Con todo ―como afirma el Papa Francisco en una entrevista en La Stampa del pasado 20 de marzo―, procuremos que todo el Pueblo santo de Dios la pueda vivir «con espíritu de penitencia, compasión y esperanza». Y con mucha «humildad». ¡Este tiempo nos da una gran lección de humildad para todos nosotros! Con todo, ¡no tengamos miedo! ¡Cristo ha resucitado! Él es nuestra única esperanza.

A todos vosotros también os pido que veléis por vuestra salud, para poder estar al servicio de los demás. Me preocupo especialmente por quienes tenéis más edad: extremad las medidas de prudencia, quedándoos en casa tanto como os sea posible. Ejerce el cuidado pastoral sobre todo por medio del teléfono y la vía telemática. Tener cuidado de los más grandes es en este momento algo prioritario. Cuidaos mucho y ayudémonos los unos a los otros.

En esta solemnidad de la Anunciación del Señor recordamos a María, la mujer del «sí» incondicional al Señor, que posibilitó el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios en medio de nosotros. Gracias a este «sí», ahora nosotros podemos renovar nuestro espíritu por medio de la presencia de Cristo resucitado en nuestro mundo, en nuestras vidas y en toda circunstancia (cf. Mt 28,20). Porque es a Cristo a quien proclamamos en la Vigilia Pascual Señor del tiempo y de la historia: «Cristo ayer y hoy, principio y fin, Alfa y Omega. De él son los tiempos y los siglos. A él la gloria y el poder por toda la eternidad. Amén».

Vuestro,

+ Joan Planellas i Barnosell,
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado.