Me impresionó mucho la triste y alarmante noticia del suicidio de una alumna de 15 años de una escuela de Barcelona. ¿Cómo puede que, justo cuando empieza la vida, se decida que ésta no vale la pena…? Hace pensar mucho. Se impone una reacción social que analice las causas y no sólo lamente los hechos y organice protestas y duelos sentimentales ocasionales.
La Organización Mundial de la Salud afirma que el suicidio es la segunda causa de muerte de los jóvenes de entre 15 y 29 años. En el interior de estos jóvenes, que deciden acabar con su vida, debe haber un sufrimiento muy grande que les resulta insoportable. Cuando toda la vida está por vivir, si desaparece la esperanza de un futuro con sentido, la desesperanza invade el corazón y la puerta se cierra, se levanta un muro que parece insalvable. Se pierde el porqué de la vida y se funde la ilusión.
En muchos casos, tienen su parte de responsabilidad el bullying escolar salvaje, el aislamiento desconsiderado del grupo, una vida familiar de escasa convivencia y nulo diálogo, la indiferencia e incluso agresividad social a determinados estereotipos físicos, los criterios que se van imponiendo que marcan el estilo de vida individualista y desentendido de lo que les ocurre a los demás…
En la mayor parte de los casos de suicidio el joven sufre la depresión, enfermedad en la que su punto más duro es no querer vivir, el sentirse en el pozo oscuro de lo que no se sabe cómo salir, el aislamiento de los demás que no te comprenden y creen que no te esfuerzas lo suficiente.
Muchos jóvenes viven, antes de tiempo, experiencias traumáticas cuando todavía no tienen suficiente madurez para afrontarlas. La familia y la escuela deben guiar y ayudar a asumir la lentitud de la madurez, y no provocar precipitaciones que dejen heridas en el cuerpo, en la mente y en el corazón que se pueden devolver enfermedades crónicas.
A menudo la falta de expectativas personales, laborales y sociales abocan a callejuelas que parecen sin salida. Cuando se llega a esta conclusión anquilosada, no es de extrañar que ya no se quiera entrar en este sendero. El abuso de sustancias nocivas, de alcohol, la excitación del ruido y de la agitación compulsiva, desata el crecimiento armónico. El placer de una experimentación constante y siempre nueva es un engaño: cuando se comprueba, la decepción se instala y esteriliza las motivaciones de fondo.
Es del todo necesaria una presencia amorosa, paciente, fiel junto a los jóvenes por parte de los educadores que realmente los aman, respetan y creen en ellos y en su futuro. Un acompañamiento que ofrezca criterios sólidos de vida, ayude a superar errores y rodeos, serene las situaciones y advierta de los engaños y esclavitudes que les asedian.
Josep Bofarull, pbro.
Artículo publicado en el Full dominical del 4 de diciembre de 2022 (n. 3795)








