A veces, incluso en situaciones personales no placenteras (en las que, en consecuencia, fácilmente caes en el cierre egoísta) recibes lecciones de vida. Esto es lo que me pasó no hace mucho. La lección de vida no vino de ninguno de los profesionales sanitarios cualificados, atentos y competentes: médicos especialistas, enfermeras titulares, enfermeras auxiliares, encargados de la ropa, sino de una persona de la limpieza, la última del escalafón. Todos los que me atendían lo hacían con competencia y atención personal. Pero la señora de la limpieza diaria, de la que no sé ni el nombre, tenía una mirada especial.
Ella era siempre amable y correcta. Pero un buen día me contó, a grandes rasgos, su vida. Su familia emigró de otra tierra. Se le murió su padre cuando él sólo tenía 35 años. Un hijo propio y un hermano también traspasaron jovencísimos. Cuidó a su madre hasta el final de la vida. Había resistido trabajando día y noche. Actualmente trabajaba nueve horas seguidas y cobraba mil euros. A menudo se encuentra con una gran amiga de toda la vida, continuamente quejosa por la pensión de viudedad de 1.500 € que considera baja. Esta amiga no tiene ninguna obligación. Inevitablemente se ponía la comparación entre ambas situaciones. Me lo contaba con una sonrisa en la boca, con una mirada resiliente y con una actitud valiente.
¡Cuántas situaciones parecidas podríamos explicar!
Hay quien nunca se conforma, nunca le basta y vive aislado, ignorando lo que sucede en su entorno. Por el contrario, hay quien, sin tener grandes luces y ningún título académico, ha encontrado el sentido de la vida. Esta sabiduría es una lección para todos los que están abiertos a las enseñanzas de personas curtidas en la lucha diaria. El sacrificio propio por amor da paz, fortaleza y un corazón grande.
Ignoro si esa señora de la limpieza es creyente. Pero estoy seguro de que su comportamiento está conducido por el Espíritu de Jesús, presente y activo en su corazón.
Lecciones evangélicas como ésta las podríamos captar, cada día, si miráramos la cara de las personas, escucháramos sus palabras y silencios, dedicáramos unos minutos a aquellos con los que convivimos, en casa, en el trabajo, donde nos relacionamos.
Así escuchamos lo que Dios nos está diciendo por medio de sus hijos e hijas. Todos somos de la familia humana y cristiana. Vamos haciendo el camino, sosteniéndonos mutuamente.
Josep Bofarull, pbro.
Artículo publicado en el Full dominical del 5 de marzo de 2023 (n. 3808)








