Inmersos en el tiempo pascual, celebramos la resurrección de Cristo proclamando las palabras de Pedro: «Él, justo, sufrió por los injustos, para conduciros a Dios; su cuerpo fue muerto, pero el Espíritu le hizo vivir» (1 Pe 3,15-18). Ciertamente, el árbol de la cruz donde murió el Salvador del mundo se convierte en el instrumento donde culmina la revelación y la glorificación del Hijo del Hombre (cf. Jn 12,23). Si el hombre y la mujer fueron expulsados del Paraíso a causa del Árbol de la vida, Jesús por la cruz, nuevo Árbol de la vida, ha salvado el mundo resucitando.

La experiencia de la resurrección de Cristo transformó la vida de sus discípulos. Del escepticismo y la confusión pasaron a experimentar una inmensa alegría y su entendimiento se abrió de par en par. De la inmovilidad por el trauma de la muerte del Maestro pasaron a la acción misionera, alenada por el Espíritu. La Palabra empezó a esparcirse. Felipe, uno de los siete hombres de buena reputación, escogido por los apóstoles, evangelizó en Samaria. Después Pedro y Juan impusieron las manos a los samaritanos y recibieron el Espíritu Santo (Hch 8,4-14). El verdadero testimonio de los discípulos encuentra recompensa y complacencia en Cristo: «Quien me ama es quien tiene mis mandamientos y los guarda; y a quien me ama, mi Padre le amará y yo también le amaré y me manifestaré en él» (Jn 14,21).

En la representación del tímpano románico de Santa Maria de Siurana (siglos XII-XIII) se proyectan los valores que hemos relatado. Es una creación cautivadora, tal vez por su simplicidad, belleza arcaica y por la espiritualidad que despriende. El Cristo crucificado de Siurana es un Cristo triufante, siguiendo la tradición artística de los primeros siglos del cristianismo. Con una mirada dirigida al espectador, Jesús tiende los brazos a la humanidad a la cual ha redimido para conducirla a la Vida Eterna. Así, la cruz se transforma en Árbol de la vida de acuerdo con las dos ramas florecidas que nacen en los extremos del palo travesaño.

En la parte inferior de la cruz, siete apóstoles y María se ubican a derecha e izquierda. A la derecha de Cristo: María, Pedro, Andrés y Felipe. A la izquierda: Juan Evangelista, Pablo, Jaime y Tomás. Se encuentran enmarcados por arcos y columnas simbolizando las naves de una iglesia y se representan como testimonios de la resurrección que proclaman al mundo. Sobre la cruz, el sol y la luna son representados al modo grecoromano con un valor polisémico, dado que evocan el eclipse en el momento de la muerte del Salvador y también toman un significado claramente teocósmico. Dos leones encima de la cruz custodian a Cristo. El león representa la tribu de Judá y se identifica con Cristo y su resurrección (cf. Ap 5,5). Así, el tímpano se erige en una insignia que muestra los pilares fundamentales de la fe cristiana antes de entrar en el templo, símbolo de la Jerusalén celestial, espacio de comunión entre Dios y su pueblo.

Andreu Muñoz Melgar, director del Museu Diocesà de Tarragona
Artículo publicado en el Full dominical del 14 de mayo de 2023 (n. 3818)