Éste es el nombre de la gigante de mi pueblo. Hace pareja con Marc. Ambos son altos e imponentes. Gozan cuando, juntos, danzan y hacen bailar pequeños y grandes por nuestras calles. Se llevan las miradas risueñas de todos.

El pasado 15 de agosto, como es costumbre, Asunta entró en la iglesia unos minutos antes del inicio de la celebración de la eucaristía de la Fiesta Mayor. Se le abrió la portada, algo que no ocurre casi nunca. Iba acompañada por los toques estridentes y festivos de grajillas y tambores, resonaban y de qué manera por toda la nave. Ocupó su puesto junto al presbiterio, abajo. Al final del acto, fue felicitada por su santo con el Por muchos años en fuerte unísono y rehizo el camino hacia el rellano, con los mismos toques y aplausos de la acogida.

Con este ritual quizás algunos descubrieron, o recordar, que, mira por dónde, a esta pieza representativa, que es una gigante, se le puso el mismo nombre que el de la mujer representada en el relieve de la pared del ábside de la iglesia, santa María en su Asunción, titular de la parroquia y patrona del pueblo. Una y otra habían nacido al mismo tiempo, siglos ha. Es normal, pues, que la mayor fiesta de la colectividad de pueblo y parroquia, lleve esta identificación religiosa. Además, nos recordaba a todos que es tradición, que no debería perderse, de felicitarnos en el día de nuestro santo o santa. Con esto tan sencillo y tan de siempre, existe una expresión de la fe inculturada. Una expresión que todo el mundo considera suya.

En los últimos años se han recuperado en todas partes manifestaciones culturales que tuvieron un origen y motivación religiosa. Conviene no olvidarlo. Son también signos de identidad de pueblo y país. Sin identidad no existe historia ni pervivencia. Sería conveniente que, oportunamente, se hiciera constar su origen religioso. Esto las afianzaría y les daría una significación más profunda. Quienes las promueven se sentirían algo más que artistas ocasionales callejeros: ser reconocidos, con justicia, como constructores de convivencia, de memoria y de identidad.

Cuando nos invaden culturas extrañas e igualitarias, cuando nos ahogan cantidad de juergas y estridencias con lenguas extranjeras, cuando nos imponen un mismo consumo de fiesta superficial… demos cuenta de que aquí, en nuestra tierra, hemos heredado unos signos de fiesta empapados de valores humanos, inspirados en la fe cristiana y en la religiosidad interior. Por eso forman parte de nuestra alma colectiva. Y sin alma nada vive.

Josep Bofarull, pbro.
Artículo publicado en el Full dominical del 1 de octubre de 2023 (n. 3838)