Cuando el sol va a la puesta y sus rayos se van amarillento, me encanta repasar las flores de la azotea de casa. En el paso al exterior, me sorprende que las hojas de un anthurium sean flores. Fuera, los primeros son dos rosales que luchan contra el pulgón: los dábamos por perdidos y no paran de ir floreciendo rosas. Luego sigue una ufana hortensia de flores pálidas, pero turgentes. Al lado, una gardenia, medio escondida, se hace notar por el olor penetrante de sus flores blancas. Me olvidaba de una pequeña torreta, llena de pequeñas flores blancas de nombre desconocido. Después, un inmenso ficus benjamina, de hojas de color verde intenso y brillante, me invita al abrazo. Giro el ángulo y, a ambos lados, la buganvilla, la reina de la azotea, florece a desdiger flores fucsias a lo largo de las ramas. El alféizar de la otra ventana lo ocupan tres ciclámenes de flores siempre ertas. La barandilla la ornamentan otras plantas de tonos verdosos y rojizos en las puntas y una planta con tallos trepadores llenos de flores acampanadas que atraen la mirada. No sé su nombre, pero están ahí. Todas lucen porque alguien las ama y las cuida.

Arriba y abajo de mi calle hay personas. Viven, trabajan, miran, hablan. Nos interesamos todos. Nos acompañamos hasta donde es posible y prudente. Estamos seguros de ayudarnos en cualquier percance. Aunque todo el mundo tiene su familia, contamos unos con otros para superar la “epidemia de soledad”.

En la casa de abajo, M. y A. siempre discretos, se nos ofrecieron, en todo y por todo, en la torpeza de la pandemia. Más abajo, la C. y el J.M., siempre tienen a punto el saludo sonriendo. Más allá, alguien aparece intermitentemente y nos ignoramos. En la calle, vive una familia con la que nos conocemos y nos ayudamos desde hace muchos años: la de la R., la otra R. grande y la E., que van afrontando sus vejez avanzadas con l ayuda de la fe y la comunión. En la casa de encima, tenemos vecinas nuevas, madre e hija, de las que todavía no sabemos el nombre, pero tienen dos balcones que gozan de mirar. Más arriba vive la P. de toda la vida, una luchadora con mala salud de hierro. Después M., la decana del pueblo, con 102 años de servicio familiar amoroso y sacrificado. El otro día, después de recibir el Pan de la Eucaristía, me dijo seria y convencida: «Amar es lo más importante, si no amas pierdes el camino». Más allá, arriba, se acompañan en la ancianidad penosa el Ll. siempre afable, y la R., con la ayuda de la hija M.. Así podríamos ir detectando las flores y las plantas, las familias que reúnen a nuestro pueblo. Todas cuentan si alguien las ama y las cuida.

Tú también podrías hacer un ejercicio similar, repasando a los vecinos de tu escalera o de tu calle. Sería el primer paso para poder aportar tu interés y cariño contra la epidemia de soledad. Frase esta que escuché a una muy famosa novelista estadounidense, que tachó de peor dolor de la humanidad.

Josep Bofarull, pbro.
Artículo publicado en el Full dominical del 5 de noviembre de 2023 (n. 3843)