Cerca de los cuarenta años de presbiterado miro con cariño el inicio de mi vocación: en primer lugar tener una familia en la que la fe era fundamental, con una vivencia cristocéntrica, es decir, sin devociones accesorias. La celebración de la eucaristía y los actos propios de la parroquia marcaban la vida de la fe, con la oración familiar diaria.
Después, la vida fraternal en el Seminario, la formación en el Seminario Menor y la vida comunitaria en el Mayor en un ambiente de ayuda y de respeto.
También, la inmersión en la etapa pastoral en la parroquia descubriendo la vida diocesana, especialmente la labor con los jóvenes de confirmación y postconfirmación, como decíamos entonces.
Pongo como fechas importantes la infancia, donde asumí la fe encauzada hacia la vocación; la adolescencia, en el momento triste de que muchos compañeros dejaban el Seminario Menor, y la juventud, en la decisión por una donación a Jesucristo en la Iglesia.
La oración, centrada en la liturgia de las horas, y la lectura continuada de la Sagrada Escritura ha sido y es siempre, para mí, el momento del día en el que reponer de las inquietudes, de serenidad en los contratiempos, de confianza en lo que debe venir y de acción de gracias al Señor por sostenerme y conducirme, atenderme y responderme en el silencio. La oración es un tiempo de provecho para que te sientes profundamente acompañado por Aquel que confía en ti y se hace presente, sin darte cuenta, contigo y por ti en la comunidad y en tantas personas que te encuentras por el camino.
Por todo ello invito a chicos y jóvenes a plantearse si el Señor les tiene reservado un puesto de especial servicio en el ministerio presbiteral para celebrar los sacramentos, acoger y acompañar a muchas personas necesitadas de una ayuda en su vida.
Jordi Figueras i Jové, pbro., arcipreste del Baix Penedès
Artículo publicado en el Full dominical del 21 de abril de 2024 (n. 3867)








