«La enfermedad y el sufrimiento siempre han sido uno de los problemas más graves que aquejan a la vida humana. En la enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su finitud» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 1500).
La advocación a María, como salud de los enfermos, es una de las más antiguas y conocidas de las Letanías lauretanas con las que nos dirigimos a María para pedir su intercesión ante Dios, para obtener la gracia de la curación de los males que nos afectan tanto en el cuerpo como en el espíritu. Con su ternura de madre nos muestra el rostro misericordioso de Dios y lleva consuelo a quienes sufren y paz y serenidad en los corazones afligidos.
María, mujer de oración, con su generoso y abierto sí a la voluntad de Dios, entró a formar parte de la Historia de la Salvación. María nos lleva a Jesús, y Él redimió al mundo y lo curó del mal.
En el paso por la vida, las personas a menudo debemos enfrentarnos con el dolor por la enfermedad de un ser querido, o de la nuestra, en la espera angustiosa de un diagnóstico, en un duelo inesperado y en situaciones que nos trastornan y cambian nuestra vida. Es en estos momentos cuando necesitamos el abrazo, la presencia quizás silenciosa de quienes amamos, saber que están ahí. ¿Quién ante estas situaciones críticas no se ha dirigido también a María para implorar su ayuda, su consuelo?
¿Quién mejor que ella, madre nuestra por voluntad de Jesús, para interceder por nosotros ante su hijo?
¿Ella, que le acompaña en su camino doloroso hasta la Cruz? Los evangelios no recogen ninguna palabra, ninguna frase que María dijera en aquellos momentos tan impresionantes, pero estaba allí (Jn 19,25-27). María, madre sufriente y silenciosa. No hacen falta palabras. Su presencia está tan viva, tan real, que nos conmueve el alma y nos es ejemplo de fortaleza, coraje y fe.
La fe es la llama que debe acompañar a nuestra oración cuando pedimos la mediación de María. Recordemos que Jesús, que tantos enfermos curó, alabó la fe de algunos de ellos, los cura y quedaron limpios su cuerpo y su alma (Mc 5,34; Lc 7,50). La fe nos ayuda a dar sentido cristiano a nuestro dolor, a ser fuertes en la prueba y ponernos confiados en sus manos.
Que María, salud de los enfermos, atenta a las necesidades de los demás, nos ayude a saber crear en nuestra comunidad un entorno solidario en el que los enfermos y los más débiles y vulnerables encuentren el calor y la ayuda que necesiten en su día a día.
Esta invocación a María, salud de los enfermos, se la vincula a la Hospitalidad de la Virgen de Lourdes y a otras órdenes hospitalarias como los Camilos, que cuidan a los enfermos, así como a los cuidadores y personal sanitario.
María, madre nuestra y salud de los enfermos, ruega por nosotros.
Josefina Camps, voluntaria en la Fundació Sant Joaquim i Sta. Anna
Artículo publicado en el Full dominical del 10 de mayo de 2026 (n. 3974)








