San Francisco de Asís hace una opción muy radical por la pobreza, como todos sabemos. Él abraza la pobreza porque contempla la pobreza y la humildad de Jesús. Tiene grabado en su mente y en el corazón que «el Señor se hizo pobre por nosotros en este mundo», y que «siendo rico, por encima de todo quiso él mismo, con su beatísima Madre, escoger la pobreza». Por tanto, el motivo más profundo que mueve a Francisco a una opción tan radical es la contemplación de Jesús sirviente, pobre y crucificado, y el ardiente deseo de identificarse con Él siguiendo sus huellas.

Francisco no ve sólo a Cristo pobre, va mucho más allá: contempla su abajamiento y su condición de sirviente, tal y como nos lo revela la Carta a los filipinos: «Jesucristo, que era de condición divina, no quiso guardarse celosamente su igualdad con Dios, sino que se hizo nada, hasta tomar la condición de esclavo» (Fl 2,6). Francisco ve que Jesucristo se «vacía», se rebaja, se hace nada y comprende que este camino de humildad y de pobreza es el camino que Dios elige para ir hacia el hombre. Por eso abraza con tanta radicalidad este camino.

Francisco no se admira sólo de la humildad de Jesús en su encarnación y se estremece, sino también de la humildad de Dios en la Eucaristía. Invita a todo el mundo a «mirar la humildad de Dios» que «se esconde en una pequeña forma de pan».

La pobreza y la humildad de Jesús sirviente abarcan todos los ámbitos de la persona de Francisco y marcan en él y sus hermanos una forma propia de mirar y estar en el mundo, de relacionarse con las personas, con la creación…

Francisco quiere seguir la pobreza y la humildad de Jesús con todas las consecuencias. Así, él y sus hermanos viven en este mundo como «peregrinos y forasteros», porque la pobreza los «constituye herederos y reyes del Reino de los Cielos»; «peregrinos» viviendo sin nada propio, con una desapropiación total. Esta forma de estar en el mundo da una gran libertad para poder “servir” totalmente al Señor. Francisco quiere y aspira a una entrega y disponibilidad a Dios absolutas, libres y constantes.

En este camino de pobreza y humildad, la obediencia es muy importante para Francisco. La obediencia pide escuchar, abrirse, salir de uno mismo. Francisco es el hombre de la escucha: escuchar a Dios para obedecerle, escuchar a los hermanos, a los demás, a las criaturas, para servir. La escucha es la forma de salir de uno mismo y situarse en el propio sitio, el menor, el último. Por eso Francisco se sabe pequeño, menor, sometido a los demás.

La pobreza, como ya se ha señalado, es la no apropiación: no apropiarse de nada, no retener nada para uno mismo. Se trata de una actitud personal de desprendimiento interior que abarca todo tipo de bienes: materiales, espirituales, dones, capacidades… Éste no apropiarse también está encaminado a compartir los bienes con los pobres y necesidades. Así, en palabras de Francisco, se restituyen, se devuelven los bienes al Señor, Él que es el Dador.

Para san Francisco la pobreza comporta necesariamente la renuncia a la posesión de ningún bien, ya sea a nivel personal o comunitario. Francisco y sus hermanos, renunciando a toda propiedad, se sitúan socialmente en los últimos, en las periferias. Y como los pobres e indigentes de su tiempo, su trabajo es a jornal, de obrero, a merced de quien los alquile, recibiendo la paga en especias, nunca en dinero. Francisco prohíbe el uso del dinero, muy probablemente porque ve cómo éste, que empieza a emplearse, se convierte en una nueva fuente de riqueza y de injusticias.

A pesar de la pobreza dura y real, Francisco exhorta a los hermanos a compartir con los pobres ya vivir con alegría y libertad, con paciencia y mansedumbre.

Hermanas Clarisas de Reus
Atrículo publicado en el Full dominical del 19 de julio de 2026 (n. 3984)