Este 2025 es año santo: el Jubileo de la esperanza. Hemos convertido en peregrinos en la esperanza. Ésta es lámpara que nos ilumina el camino y nos lo indica. Fundamentalmente el Año jubilar tiene un profundo significado penitencial que le da identidad. En la pedagogía de la Iglesia se señala un año particular para manifestar que el Señor ha venido a proclamar el año de gracia del Señor. La temporalidad del tiempo se ha convertido en tiempo de gracia (kairós).

Toda la Iglesia está invitada a la conversión del corazón y, también, de cada uno de nosotros. Cuando uno se convierte no sigue igual como siempre. Algo distinto ha cambiado en él. La recepción de la gracia es transformadora. Deberíamos recibir un nuevo vigor apostólico. Conformarnos tal y como estamos es pensar que los cristianos ya no tenemos derecho a existir y que ya no tenemos nada que ofrecer al mundo.

Una Iglesia que no tiene pasión por evangelizar y por testimoniar el Evangelio se encamina al suicidio. La evangelización es vitalidad y alegría. La capacidad de evangelización viene de los corazones que se han encontrado con Jesucristo, vivencial y existencialmente. Sin experiencia espiritual no es posible evangelizar nada, ya que sin el Señor no podemos hacer nada.

El sacramento de la penitencia o reconciliación ocupa el lugar central en la vivencia del Año Santo. Recibir el sacramento no depende de la costumbre ni de la subjetividad de cada uno. La Iglesia no puede eliminar ese sacramento porque lo ha recibido de Jesucristo. Permanece en la Iglesia siempre disponible, como un don. Que durante el Año de la indulgencia plenaria cada comunidad y cada uno celebre el sacramento de la alegría de forma seria, comprometida, con lo que implica en el antes y en el después. Dios ya lo ha perdonado todo desde la cruz de Jesús. Por así decirlo, toda la indulgencia ha sido dada, sin embargo somos nosotros quienes necesitamos escuchar la palabra de perdón, una palabra que nos libera, que nos devuelve a la gracia inicial, desde la que son posibles todos los nuevos comienzos.

También los pastores debemos recibir la absolución. Predicamos, hacemos catequesis y anunciamos el sacramento de la penitencia como Evangelio, como buena nueva, como alegría. Toda la Iglesia del cielo y de la tierra está presente cuando un fiel se acerca al sacramento de la penitencia. Tiene una dimensión privada, sin duda, pero es absolutamente eclesial. Por mínima sensibilidad espiritual que uno tenga, todos descubrimos que existe una correspondencia imperfecta entre el amor que Dios nos tiene y el nuestro. Lo que llena y salva esa no correspondencia y no adecuación es la indulgencia.

Ésta es la conclusión: ¡Vayamos a confesarnos durante el Año Santo! Con una confesión bien hecha, llena de contrición y renovadora. Allí el Señor nos espera por el ministerio de los presbíteros. Recibir el sacramento del perdón es la mejor forma de celebrar el Año Santo. No lo dude en lo más mínimo.

Rafael Serra Abellà, pbro., asesor doctrinal de la Delegación diocesana para la litúrgia
​Artículo publicado en el Full dominical del 2 de marzo de 2025 (n. 3912)