16 de agosto de 2026

Queridos hermanos y hermanas, la solemnidad de la Asunción de la Virgen María, que celebramos con gozo en el corazón del verano, nos invita a levantar la mirada hacia el cielo para contemplar el destino glorioso al que todos estamos llamados. Las lecturas de esta fiesta nos presentan un maravilloso contraste entre la gloria celestial y el camino terrenal del servicio. En el libro del Apocalipsis, se nos abre el santuario del templo de Dios y aparece el arca de su alianza, seguida de la visión de aquella «mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza». Esta mujer, imagen de la Iglesia y de María, nos recuerda que la victoria final pertenece a Dios y a su Mesías.

Como nos dice san Pablo en la carta a los cristianos de Corinto, Cristo ha resucitado como primicia de todos, y en Él todos volveremos a vivir. María, al ser asunta al cielo, es la primera en participar plenamente de esta victoria sobre la muerte, el último enemigo que será destruido. Ella es la «princesa enjoyada» que el salmista describe entrando en el palacio del rey, vestida con brocados de oro y acompañada de cantos de fiesta. Pero esta gloria de María no es una realidad lejana, sino el fruto de una vida entregada y de una fe profunda.

El evangelio de hoy nos ofrece la clave para nuestra vida diocesana: « En aquellos mismos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña». Esta expresión, “de prisa” nos indica una voluntad firme de servicio y de comunicación de la alegría del Evangelio. María no se queda encerrada en el misterio de su propia elección, sino que sale al encuentro de su prima Isabel, llevando en su seno virginal a su Hijo Jesús. Es en este gesto donde los cristianos debemos identificarnos plenamente con ella.

En sintonía con nuestras prioridades pastorales, esta solemnidad debe animarnos a vivir con una actitud misionera y evangelizadora. Como María, somos portadores de Cristo en el mundo. Nuestra vocación bautismal no es un don para el disfrute privado, sino una llamada a la misión. Ir «de prisa hacia la montaña» significa, hoy y aquí en Tarragona, salir de nuestras comodidades para llevar la esperanza de Jesús a las periferias de nuestra sociedad, a las familias, a los jóvenes y a quienes sufren la soledad.

Cuando Isabel oye el saludo de María, el niño salta de gozo en sus entrañas. Esto es lo que sucede cuando una comunidad cristiana vive su dimensión misionera: contagia la alegría de Cristo y hace que el espíritu de los demás brote en un canto de acción de gracias. María nos enseña a cantar el Magníficat, reconociendo que el Todopoderoso obra maravillas en nuestra pequeñez y enaltece a los humildes.

Que la fiesta de la Asunción nos ayude a renovar nuestro compromiso bautismal. Que, como Iglesia diocesana, seamos capaces de llevar a Jesús a cada rincón de nuestra tierra, con la misma urgencia y amor con que María subió a la montaña. Que la Virgen María nos acompañe en este camino de evangelización, haciendo de cada uno de nosotros testigos vivos de la Resurrección.

¡Feliz fiesta de la Asunción, feliz domingo y buen final de verano a todos!

Joan Àguila Chavero, pbro.
Provicario general para la pastoral