Cuando se acerca el inicio de un nuevo curso, se nos presentan nuevas oportunidades, ilusiones y retos. Pero también aparecen viejas tentaciones de vivir el tiempo y las oportunidades que Dios nos ofrece, como aquel empleado de la parábola de los talentos (Mt 25,14-30) que enterró el talento recibido por miedo a equivocarse, esperando devolvérselo al amo tal como lo había recibido. No lo malgasto, pero tampoco lo hace fructificar y, por eso, recibe una severa reprensión. Esta imagen nos sirve para entender el sentido de las prioridades pastorales, como una ayuda para superar la actitud de quien piensa que ya hace bastante y se instala en la inercia. Las prioridades nos ayudan a pensar en positivo y a contemplar nuestras comunidades y realidades en clave de mejora y esperanza.

El momento que vivimos es un tiempo de gracia, en el cual el Espíritu nos impulsa a escuchar, discernir y actuar. De esta voluntad han surgido las líneas pastorales para el trienio, fruto de un trabajo sinodal. No queremos que se nos pase el tiempo ni las oportunidades sin aprovecharlas.

Las cuatro líneas pastorales que nos guiarán durante este trienio son como cuatro caminos que convergen hacia una misma misión: anunciar y vivir el Evangelio con mayor autenticidad. En el ámbito de la comunión o la fraternidad hablamos de una forma concreta de vivir, enraizada en la fe y expresada en relaciones de misericordia, acogida y amor. El Evangelio de Lucas (13, 22-30) que se nos propone este domingo, nos ofrece una imagen sugerente para profundizar en esta idea: «Esforzaos por entrar por la puerta estrecha… Vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios». Orígenes, en su homilía XXIX sobre Lucas, entiende la «puerta estrecha» como el paso necesario para entrar en una vida auténtica: la caridad bien vivida. Para él, esa puerta estrecha es el amor puro, la renuncia al egoísmo, la opción radical por la acogida y la comunión con los demás. Entrar por ella significa amar, perdonar, construir relaciones basadas en la dignidad del otro.

Así, podemos decir que la fraternidad cristiana nace del esfuerzo por poner una mirada nueva, de una conversión interior que nos hace reconocer en cada persona a un hermano amado por Dios. Tal vez sea necesario revisar actitudes de indiferencia, prejuicios, reacciones de cierre ante la diferencia. Tal vez sea necesario escuchar más, pedir perdón, acercarse a quienes viven situaciones de dolor. Se trata de purificar nuestra mirada para hacerla más parecida a la de Cristo, que siempre acoge y transforma. El amor entre los cristianos no es solo un deber ético, es también una herramienta evangelizadora. El mundo debe poder ver en nosotros un estilo de vida diferente, basado en la gratuidad, el perdón, la solidaridad. Solo así la Iglesia será sal y luz.

Aprovechemos este tiempo de verano para plantearnos cómo podemos hacer brillar con más intensidad y pureza el amor entre nosotros. Se trata de dejarse inspirar por el Espíritu, que nunca deja de empujar a la Iglesia hacia más autenticidad y amor.

Abramos puertas, incluso si son estrechas. El amor pasa por ellas.

Ignasi Durany Pich, pvro.
Vicario episcopal para la caridad