En un año normal, estaríamos volviendo o preparando un nuevo peregrinaje a Tierra Santa. Pero las consecuencias de los conflictos bélicos nos han privado este año de poder organizar uno.

Pero querría que estas líneas sean un recordatorio de la importancia y del significado que tiene peregrinar a la Tierra de Jesús, esperando que de aquí a un año la situación haya mejorado de tal manera que nos permita volver a visitar la estimada Tierra Santa.

Peregrinar a Tierra Santa es escuchar a Jesús que dice a sus discípulos: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido» (Mc 1,38). La encarnación de Jesús le hizo entrar en la historia de un pueblo, que vivía en un lugar determinado de la geografía, y compartió caminatas, conversaciones, momentos, … en definitiva, compartió la vida con aquella gente. Por eso, cada rincón de la Tierra Santa nos habla de Jesús. Belén, Nazaret, Caná, Cafarnaúm, Lago de Tiberíades, Tabor, Jericó, Betania, Jerusalén, … Todo nos habla de Jesús. Llegar a un lugar y escuchar el nombre del lugar es recordar qué hizo y qué dijo Jesús allí. Por lo tanto, peregrinar a Tierra Santa es ir a un lugar, pero no a un lugar desconocido, sino a un lugar que ya nos es conocido, porque hemos oído tantas veces aquellos nombres cuando se nos ha proclamado el Evangelio. Y, así, peregrinar a Tierra Santa se convierte en una verdadera evangelización, porque es sumergirse en el mensaje evangélico allí donde sucedió el Acontecimiento Jesús. Por eso, peregrinar a Tierra Santa te ayuda a entender y a revivir mejor aquello que hace dos mil años cambió la historia de la humanidad. Y, viendo aquellos paisajes, aquellos lugares, aquellas personas, … ves más claro, con una nueva luz, el Evangelio de Jesús.

Peregrinar a Tierra Santa es hacer como las mujeres, que en la mañana de Pascua fueron al sepulcro y recibieron un anuncio: «No está aquí: ¡ha resucitado!» (Mt 28,6). El aquí resuena continuamente en aquella tierra. En todas partes se encuentra esta palabra clave: «aquí». Y esto solo se puede decir en Tierra Santa. Pero especialmente en el Santo Sepulcro la vivo de una manera especialmente fuerte. Porque es aquí donde todo empezó. Pero, a continuación, a las mujeres se les dice: «id aprisa a decir a sus discípulos» (Mt 28,7). Por lo tanto, peregrinar a Tierra Santa es ir a un lugar, pero no para quedarse, sino para regresar y explicar aquello que hemos visto, hemos sentido y hemos vivido.

Peregrinar a Tierra Santa es continuar con fidelidad aquello que empezó Pablo: «Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer una colecta para los pobres que hay entre los santos de Jerusalén. Tuvieron el gusto y además estaban obligados a ello; pues si los gentiles han compartido los bienes espirituales de los santos, ellos por su parte deben prestarles ayuda en lo material.» (Rm 15,26-27). Pablo era muy consciente de las necesidades que pasaban los «hermanos mayores», aquellos que vivían donde había empezado la Iglesia. Y exhorta vivamente la solidaridad hacia ellos. También hoy la situación es muy complicada para los cristianos que allí viven. Existe el peligro de que la llama de la fe cristiana, que se encendió en aquella tierra, se apague y, en lugar de haber comunidades formadas por piedras vivas, queden simplemente unos edificios y unos espacios formados por piedras muertas, sin vida. Por lo tanto, peregrinar a Tierra Santa es ir a un lugar, pero no a un lugar donde solo encontraremos espacios y cosas, sino especialmente un lugar donde viven personas, donde viven hermanos nuestros que, además, lo pasan mal. El simple hecho de peregrinar ya es una ayuda muy valiosa para ellos. Los cristianos de Tierra Santa, que es verdaderamente lo más importante y valioso que tiene aquella tierra que tanto estimamos, nos esperan y nos piden que vayamos, que seamos solidarios con ellos, que les ayudemos a mantener encendida la llama de la fe cristiana en todos aquellos lugares que para nosotros son santos, y que lo son porque Jesús estuvo, pero también son santos porque continúan siendo testigos del amor de Dios porque hay cristianos que viven, que rezan y que mantienen el recuerdo del Evangelio de Jesucristo.

Antoni Pérez de Mendiguren Cros, pbro.
Arcipreste del Tarragonès