30 de agosto de 2026
La frase atribuida a Antoni Gaudí resume una intuición profundamente evangélica: antes que cualquier método, estructura o estrategia, está la persona; antes que la eficacia, la relación; antes que el resultado, el sentido.
Gaudí no hablaba desde una ingenuidad romántica. Conocía como pocos la complejidad del cálculo, la exigencia del oficio y la disciplina del trabajo. Pero sabía que la técnica, cuando se absolutiza, corre el riesgo de vaciarse de humanidad.
El Evangelio muestra a Jesús actuando con una libertad sorprendente ante los esquemas de su tiempo. Cura en sábado, se deja tocar por los impuros, conversa con quienes no cuentan, llora ante el dolor. No desprecia la ley ni la tradición, pero las reordena desde la misericordia. «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado» (Mc 2,27-28), dirá. Primero el amor; después, todo lo demás.
Esta enseñanza me trae a la memoria el lema propuesto por Cáritas para la fiesta del Corpus de este año: «Elige amar, elige comunidad». Amar no es solo un sentimiento; es una decisión que se traduce en gestos concretos. Elegir comunidad es renunciar al individualismo para reconocernos interdependientes, responsables unos de otros. Y hoy, en la sociedad fragmentada en que vivimos, donde tantas personas se sienten solas, descartadas o invisibles, esta propuesta posee una fuerza profundamente contracultural.
Las entidades que trabajan en la pastoral social y de la salud encarnan esta elección eclesial. Su acción brota de la fe y conduce de nuevo a ella. Son una manera concreta de vivir el corazón del Evangelio. En ellas se hace visible una Iglesia que ha elegido mirar primero a las personas, especialmente a aquellas que sufren la pobreza, la enfermedad, la soledad o la exclusión.
Mirar primero a las personas es una opción evangélica que hunde sus raíces en la Encarnación. Dios no salvó el mundo desde lejos, sino haciéndose carne, compartiendo nuestra fragilidad. La pastoral social y de la salud prolonga este movimiento de descenso, de proximidad, de compasión. Lo dejó claro el Papa en la celebración del Corpus Christi en Madrid, recordando que «nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano», manifestando claramente que la caridad no es un añadido opcional, sino una dimensión constitutiva de la fe.
En el acompañamiento a personas en situación de vulnerabilidad, la Iglesia procura escuchar antes de hablar, acompañar antes que dirigir, respetar los tiempos y procesos de cada uno. Aquí, más que en ningún otro ámbito, se verifica la verdad de la frase de Gaudí: primero el amor, después la técnica. Los protocolos, recursos y programas son importantes, pero no sustituyen la presencia, la escucha y la relación.
Las ideas que hemos recorrido convergen en una misma llamada: elegir el amor como principio, camino y meta. Como Gaudí, estamos invitados a poner el amor antes que la técnica. Esto exige tiempo, paciencia, conversión personal y comunitaria. Pero es el único camino que hace creíble el Evangelio.
Ignasi Durany Pich, pbro.
Vicario episcopal para la caridad








