A menudo experimentamos nervios a flor de piel, tensiones en las miradas airadas y en los gestos agresivos, palabras fuera de tono, descalificaciones personales, odio no disimulado. En el hogar, en la conducción vial, en la política de partidos, en las campañas electorales, en los grupos por el afán de personalismo, incluso en encuentros eclesiales por desconfianzas latentes…
Así podríamos alargar esta lista, mencionando todas las muchas ocasiones de relación humana, desde las más irrelevantes hasta las que afectan directamente al estilo de vida de las colectividades. A medida que crece el progreso tecnológico decrece el progreso humano; parece que cuanto más nos manda el consumo material, más enferma el alma fraterna.
Me empeñaban estos pensamientos cuando, en una lectura, la atención de la vista se me detuvo en esta opinión luminosa: «Cada acto no violento es una revelación del nuevo orden de Dios irrumpiendo en el mundo» (Walter Wink, teólogo).
Ya sería una actuación humana y evangélica que en cualquier situación tensa tuviéramos el coraje de detener el golpe con tolerancia, paciencia e intento de confianza en el otro. La fortaleza interior está en lo que prima la reflexión, el respeto, la mirada pacífica por encima del instinto irracional, el amor propio, el afán de dominio, la ambición del poder.
Estos criterios deberían aplicarse a los grandes conflictos de la humanidad. Las guerras estallan ahora aquí, ahora allá, a quienes las dirigen sólo les vale la victoria, sin considerar los terribles dolores de muertes, heridos, refugiados y destrucción. «Daños colaterales», los llaman hipócritamente. Un gran conflicto creciente e imparable es la migración causada por la guerra, el hambre, las ambiciones económicas, la negación de los derechos humanos. El dominio de las potencias mundiales sobre las demás naciones y pueblos, que humillan con créditos abusivos e importaciones fraudulentas de los productos locales.
Todas estas violencias llevan a la humanidad a la autodestrucción. Imposibilitan que se establezca el nuevo orden de Dios en el mundo.
Apliquemos a las relaciones ordinarias entre personas, familias, pueblos y grupos en los que participamos. La actitud de la no-violencia hace que en el diálogo se priorice la escucha; acepta que la toma de decisiones sea lenta, pero creativa; posibilita que en la discrepancia y el enfrentamiento nadie salga vencedor ni perdedor.
La violencia de pensamiento, de palabra o de puño es el recurso del débil. La no violencia de la mirada limpia, de la mano tendida, del gesto acogedor es el arma del fuerte. Por eso se revela el nuevo orden de Dios irrumpiendo en el mundo, y se realiza la bienaventuranza de Jesús.
Josep Bofarull, pbro.
Artículo publicado en el Full dominical del 6 de agosto de 2023 (n. 3830)








