Este jueves día 4 de julio, la Catedral de Tarragona ha celebrado la solemnidad de su dedicación, una fiesta que hace memoria de este hecho que se produjo en 1331, es decir, hace seiscientos noventa y tres años. Fue el arzobispo Joan d’Aragó quien consagró a la iglesia madre de nuestra archidiócesis que nos ha llegado hasta nuestros días.
La celebración eucarística ha estado presidida por el arzobispo Joan Planellas y han concelebrado con él Mn. Joan Miquel Bravo, decano-presidente del Cabildo de la Catedral, y algunos canónigos, así como un pequeño grupo de presbíteros de la archidiócesis de Valencia que están pasando estos días en Tarragona. Además, la celebración también ha contado con la participación de buena parte de los eremitas de la archidiócesis, que hoy han celebrado el encuentro diocesano.
Arzobispo Joan: «La Catedral debería ser signo del rostro maternal de la Iglesia»
Durante la homilía, el arzobispo Joan ha querido destacar el contenido espiritual de esta solemnidad de la Dedicación de la Catedral. En primer lugar, ha recordado que el edificio tiene valor «debido a que en él se reúne la Iglesia convocada por Jesucristo» y, por tanto, se convierte en un «signo de fe de la comunidad cristiana que celebra y explicita su fe en su interior». Además, en el caso de la Catedral, «es la madre de todos los templos de la archidiócesis, simboliza todas las piedras vivas de la Iglesia diocesana que peregrina a Tarragona».
Por otra parte, ha asegurado que la Catedral «debería ser signo del rostro maternal de la Iglesia», donde todos los cristianos de la archidiócesis se sientan «cobijados por el calor maternal de la Iglesia», una maternidad que también «debemos ejercer en cada una de nuestras parroquias o unidades pastorales para posibilitar, en nuestras comunidades, el nacimiento y el crecimiento en la fe y en la vida cristiana», ha dicho.
En este sentido, Planellas ha incidido en la necesidad de «trabajar para mejorar y profundizar el sentido de pertenencia y nuestra vinculación a la Iglesia para experimentar, de forma más fehaciente, su calor maternal y ser más conscientes que de ella recibamos las fuentes de nuestra salvación». Por eso ha recordado que los primeros cristianos tenían muy presente la «misión y mediación salvadora de la Iglesia como portadora de la Buena Nueva evangélica». «La Iglesia era su consuelo y su salvaguarda, en su seno habían encontrado la vida eterna y, guiados por sus manos maternales, la habían conservado en sus corazones», ha expresado.
Por eso, el Arzobispo ha invitado a «profundizar en esta maternidad espiritual» y ha afirmado que «ante las voces o los temores de cisma que suenan hoy en nuestra Iglesia y que no son otra cosa que el ego de querer hacer pasar nuestro interés personal o privilegios, la fe se vive dentro de la Iglesia y con la Iglesia», remarcando que «el verdadero cristiano es aquél que se considera siempre hijo de la Iglesia, que la considera como su casa solariega».








