Con la sola luz de la razón podemos afirmar que la persona humana es digna sólo por pertenecer a la especie humana. Sin embargo, con la luz de la revelación divina podemos ir más allá y afirmar que todo ser humano posee una dignidad intrínseca por el hecho de que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26.27).

Ser creados a imagen de Dios significa que el hombre y la mujer no son sólo un conjunto de células o de tejidos musculares, sino que la persona humana, toda ella, cuerpo y espíritu, poseen un valor sagrado puesto que en cada hombre y mujer «Dios ha grabado los rasgos indelebles de su imagen».

Dios ha querido que el hombre y la mujer, a diferencia de cualquier otra criatura, fueran sus interlocutores. Por eso los ha creado libres y parecidos a él, a fin de establecer con cada hombre y da un diálogo de amor. La Revelación bíblica da testimonio de ese amor infinito con el que Dios ama a cada hombre y mujer en su solicitud para ayudar a los huérfanos, las viudas y los extranjeros. Dios es aquél siempre dispuesto a escuchar el clamor de los oprimidos.

La revelación nos ofrece profundizar aún más en la dignidad humana gracias al misterio de la encarnación de Dios en la persona de Jesús. Efectivamente, en Jesús la humanidad y la divinidad se han unido íntimamente y, consecuentemente, nos revela que todo ser humano posee una dignidad inestimable puesto que Dios ha asumido la existencia humana en la persona de su Hijo. Además, el Hijo de Dios hecho hombre ha proclamado que el reino de Dios pertenece a los más pobres. Esta gran novedad nos revela que el ser humano es más digno de respeto y amor cuando es más débil, miserable y sufriente. Por esta razón han surgido en la Iglesia innumerables instituciones y personas que se han dedicado a ocuparse de las personas calificadas de “indignos” en la sociedad: los pobres, los descartados, los ancianos abandonados, los enfermos mentales, los quienes sufren malformaciones, los neonatos, los sin techo etc.

Por último, la Revelación nos indica que la razón más alta de la dignidad humana reside en su destino: el hombre y la mujer estamos llamados a participar en la unión plena con Dios en la Vida eterna. La resurrección de Jesús nos abre los ojos y nos revela que un día todos vamos a participar de una plenitud de vida. Este destino final confiere a la vida de cada persona una infinita dignidad.

Josep M. Gavaldà Ribot, pbro., doctor en teología moral
Artículo publicado en el Full dominical del 16 de junio de 2024 (n. 3875)