María, consuelo de los migrantes, es una de las letanías lauretanas que incluyó al papa Francisco en el año 2020 en la lista de invocaciones a la Virgen que tradicionalmente concluye el res del rosario.

Durante su pontificado, marcado por reflexiones desde la misericordia hacia los más necesitados, el papa Francisco manifestó reiteradamente su preocupación por las personas migrantes. En esta ocasión, evocando el importante rol de María en la Iglesia y en la vida espiritual y doctrinal de la comunidad creyente, incorpora una guía a nuestras plegarias, en un llamamiento urgente hacia la humanización de uno de los grandes retos de nuestra actualidad: la migración.

La invocación a María, consuelo de los migrantes, desde esta humilde reflexión, es un recordatorio que nos invita a tomar conciencia del dolor que ocasiona la crisis migratoria mundial. Nos llama a reconocer la realidad de aquellas personas que atraviesan fronteras, obligadas a dejar sus hogares, huyendo de situaciones diversas, algunas devastadoras, pero sobre todo enfrentándose a la incertidumbre y la adversidad en el camino hacia el sueño de una vida digna.

Esta letanía nos convoca a reflexionar sobre la importancia de la compasión y la solidaridad en un mundo que a menudo se siente dividido. Muchas personas migrantes chocan con muros en los países de acogida, algunos reales y otros simbólicos, donde se levantan fronteras, pero también prejuicios. Se habla de “invasiones” y se rechaza inconscientemente a las personas, cuando en realidad lo que hay es un sistema global que las expulsa de su lugar de origen en una lucha por sobrevivir.

En este sentido, la invocación a María, consuelo de los migrantes, es también una oportunidad para reflexionar sobre nuestras propias actitudes. Al invocar a María, no sólo deberíamos buscar su intercesión, sino también establecer un compromiso de ser un faro de esperanza para todas las personas migrantes que llegan a nuestras vidas y comunidades; un compromiso de acoger a nuestros hermanos y hermanas como si acogiéramos a Cristo en nuestros corazones. «El encuentro con el migrante es también una oportunidad para encontrar al Señor», indicaba el Papa en el mensaje para la 110ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado.

El reto está en dar «a nuestra capacidad de amar una dimensión universal capaz de traspasar todos los prejuicios, todas las barreras históricas o culturales» (enciclica Fratelli tutti, 83) y a intentar buscar aquellos puntos que nos unen como hijos e hijas de Dios. Cada persona migrante carga con una historia, una familia, una cultura, pero sobre todo con fe y esperanza de crear un futuro mejor. Quizá sea ese común denominador el que deseábamos rescatar de nuestros nuevos vecinos y vecinas, en un intento de construir una comunidad eclesial juntos.

Roxana Yzusqui Ríos, miembro del Secretariado diocesano de migraciones
Artículo publicado en el Full dominical del 4 de mayo de 2025 (n. 3921)