Visita Ad limina – 2022
Roma, 11 de enero,
Lectures: 1Sam 1, 9-20; 1Sam 2, 1.4-7; Mc 1, 21b-28
Queridos hermanos en el episcopado. Queridos sacerdotes y diácono. Estimado Pueblo Santo de Dios.
Iniciamos ayer nuestra visita Ad limina apostolorum en la cripta ante el sepulcro de San Pedro apóstol, y hoy, en esta fría mañana romana, celebramos la Santa Eucaristía en la catedral de esta diócesis que nos acoge y cuyo obispo nos guía desde la cátedra de Pedro. Estar aquí es un símbolo de comunión, como muchos tendremos a lo largo de esta semana.
Estamos en la Catedral de Roma. En la Sede de Pedro. Por esto, cada año, en el marco de toda la Iglesia universal, celebramos la dedicación de esta basílica, el 9 de noviembre. Esta celebración era una fiesta propia de la ciudad de Roma, celebrándose el aniversario de la dedicación de la basílica, construida en el Laterano por el emperador Contantino. Esta basílica es llamada madre y cabeza de todas las iglesias de la ciudad y del mundo; por ello, esta fiesta se extendió a todo el rito romano, como señal de amor y de unidad hacia la cátedra de Pedro que, en frase de San Ignacio de Antioquía, «preside todas las Iglesias en la caridad».
Mirad, los avatares de esta basílica pontificia, pienso que son semejantes a los avatares de la misma Iglesia a lo largo de sus veinte siglos de existencia. Devastada por los vándalos en el a. 455, fue reconstruida por San León Magno. Un terremoto la volvió a destruir en el año 896. Otra vez vuelta a reconstruir, padeció dos incendios, uno en el año 1308 y otro en el 1361. Reconstruida a finales del siglo XIV, su estado actual es fruto de la restauración de Borromini en el siglo XVII. Mientras tanto, entre todos estos acontecimientos, en esta basílica se celebraron grandes eventos eclesiales, como los cinco concilios ecuménicos entre 1123 y 1517, y no todos, precisamente, demasiados atentos a los signos de los tiempos, como el mismo que terminó el el 1517 en la época de León X, tres años antes de lo que sería la reforma luterana. También me place señalar que esta basílica conserva el fresco de Giotto representando al papa Bonifacio VIII proclamando en el año 1300 el primer «Año Santo» de la historia de la Iglesia. Un fresco que nos recuerda la misericordia derramada por la Iglesia a lo largo de tantos siglos. Fue la residencia del papa desde Constantino hasta el cisma de Aviñón. Precisamente, al pie del altar papal se encuentra la lápida de Martín V (1417-1431); quien acabó con el cisma volviendo a residir en Roma a partir del año 1420; por ello tiene la inscripción «temporum suorum felicitas». …. Frase que siempre la he leído con gran prudencia y con un cierto escepticismo, puesto que ―como muy bien sabéis― esta supuesta «felicidad» costó sangre, sudor y lágrimas…
Y hoy, nosotros aquí, en esta basílica, como un pequeñísimo engranaje más de la historia de la Iglesia, venidos en peregrinación apostólica, en visita ad limina apostolorum, en unos tiempos también nada fáciles, somos Iglesia en oración, Iglesia en Comunión y, en los tiempos presentes, Iglesia que vive con esperanza en modo «Sinodalidad». Todo ello configura y significa, sin duda, una Iglesia que suplica a la espera del fruto de su propia fecundidad.
La lectura del primer libro de Samuel y la liturgia de este martes, en la primera semana del tiempo ordinario, nos evoca el nacimiento de Samuel y nos sitúa en el camino de la comprensión de la promesa mesiánica entendida como culminación de la Historia de la Salvación. Un nacimiento peculiar, como profecía de un nacimiento extraordinario y único, el de Jesús de Nazareth, el Hijo de Dios, que estos pasados días hemos celebrado. Y todo ello, no lo perdamos de vista, a la luz de la oración suplicante de Ana que, sin mediar palabra, hablaba moviendo los labios con el corazón. Nuestros corazones también buscan y se alegran de escuchar las palabras del profeta Elí: «Vete en paz. Que el Dios de Israel te conceda lo que has suplicado». La oración es, para todos nosotros, el grito de nuestros deseos, la súplica para nuestras necesidades y la ofrenda de nuestros miedos; pero es también el clamor de la más profunda acción de gracias y de la mayor admiración hacia nuestro Dios.
Y san Marcos, en el evangelio, nos ha hablado precisamente de la admiración que las palabras de Jesús causaban entre quienes le escucharon en la sinagoga de Cafarnaún. No quedaban admirados por la doctrina que enseñaba, por sus conocimientos o porque asemejaba el hablar de un gran escriba u hombre de leyes. Lo hacían por la autoridad, es decir, por aquel poder legítimo e incuestionable que procedía de Dios. He aquí la razón de su autoridad: anunciaba algo nuevo e inaudito, porque ningún hombre ha hablado jamás como Jesús, porque él es la Palabra. Ante las enseñanzas de los escribas, la enseñanza de Jesús provocaba asombro, sí, pero ante todo cercanía. En palabras del papa Francisco: «Porque era cercano, comprendía; y acogía y curaba porque enseñaba con cercanía. Lo que da autoridad a un pastor es la cercanía: cercanía a Dios en la oración y cercanía a la gente […] Esa es la unción del pastor que se conmueve ante el don de Dios en la oración, y se puede conmover ante los pecados, problemas y enfermedades de la gente» (Homilía Santa Marta 12 de enero 2016).
Hermanos y hermanas. Tengamos conciencia de que nadie ha hablado jamás como Jesús y preguntémonos si nuestra fuerza como pastores, como Pueblo de Dios, como Iglesia Universal proviene siempre de la riqueza liberadora de Jesús. La novedad de Jesús es que lleva consigo la Palabra de Dios, que Él es la Palabra de Dios y que nosotros somos su Iglesia. Acerquémonos a Él con estos sentimientos en nuestros corazones. No nos acerquemos a cumplir una prescripción, sepamos poner nuestras manos al servicio de la profundidad de la Iglesia fundada y que descansa en el propio Señor.








