Durante estas fiestas pasadas de Navidad todos hemos enternecido nuestro corazón. Al encontrarnos con personas queridas que hacía tiempo que no veíamos. Al ver la mirada de los niños deslumbrados por las lentejuelas de Navidad o cuando recibían los regalos soñados. Al cantar los villancicos de aquí y de todas partes con melodías que refrescan los ánimos cansados. Al contemplar el belén de casa con el paisaje y las figuras de siempre.
Buena cosa la ternura, porque el corazón humano está hecho de carne. Cuando se endurece engendra indiferencia, insensibilidad, frialdad y violencia.
No hace demasiadas semanas, acompañaba a una familia que había perdido a una persona querida y venerada por su generosidad y espíritu de sacrificio incansables. La conversación con unos y otros tenía, como es natural, la difunta como único tema. Se lo había merecido. Las recomendaciones mutuas eran que era necesario intentar aprender las lecciones de vida que ella nos había enseñado. Algo que todos concordábamos en que nos sería oneroso igualar. No sé quién de la familia comentó las palabras que un bisnieto había dicho al entrar en el lugar en el que reposaba el cuerpo de la difunta. “Aquí huele a abuela” —dijo el pequeño Roc de 5 años. El olor que se sentía era de las rosas que habían colocado. ¡Pero el niño las relacionó con la abuela! Ella cuidaba de ella en su azotea. Algunas rosas, cosechadas en su momento, perfumaban el ambiente de casa. Pero Roc sentía en su olor la presencia de la bisabuela.
Preguntémonos qué olor huele a nuestra persona. Quienes conviven con nosotros, quienes nos tratan en la calle y en el trabajo ¿qué huelen de lo que realmente somos? Nuestro corazón, lo más íntimo de nosotros mismos, está preparado para ser tierno. La ternura nos ha hecho ser compasivos, pacificadores, sensibles por descubrir las necesidades de los demás. Todos vamos sacando adelante cómo podemos y agradecemos tener al lado una mano amiga y una mirada de soporte.
Por todas partes se respira nerviosismo, violencia. Demasiado fácilmente nos sentimos despreciados cuando los demás no tenían esa intención. Quien tiene algún tipo de autoridad, a cualquier nivel, la devuelve imposición. Nos dominan las pequeñas venganzas cuando el amor propio se siente ofendido. Por este camino la espiral de la violencia tiende a crecer ya acelerarse si no la paramos a tiempo, a los primeros síntomas descabellados.
El amor tierno, si nace del corazón y es sincero, lleva a la acción. Ésta, cuando es generosa, a la solidaridad y al compromiso. Por la solidaridad y el compromiso olemos a los constructores de la paz, dignos discípulos del Príncipe de la Paz.
Josep Bofarull, pbro.
Artículo publicado en el Full dominical del 14 de enero de 2024 (n. 3853)








