Jesús nos repite a menudo en el Evangelio: «Os dejo mi paz, les doy mi paz» y, ¿qué quiere sino que esta paz sea compañera de camino de toda persona, de toda la humanidad?
Desde el principio María, la madre, la que estuvo tan unida a él, es la heredera, la primera depositaria de esa paz que nos da su hijo.
A la propuesta del ángel, María responde con un sí lleno de alegría, y cuando visita a su prima Isabel entona un cántico de alabanza al Dios que es vida y quiere estar entre nosotros. En Belén le acoge con ternura en sus brazos y muestra a los pastores y a los magos el que será llamado Príncipe de la Paz, Jesús.
A lo largo de su vida, María siente como Jesús dice a sus discípulos, a la gente que le sigue: «No tengáis miedo», y ve cómo libra de la angustia el corazón de las personas que se acercan a él, los vuelve a la verdadera vida hecha de armonía con uno mismo, con los demás, con la naturaleza, con Dios…
Con toda razón le invocamos como reina de la Paz, una paz que no es otra cosa que andar en comunión y compromiso, de una manera más humilde y solidaria, entendiendo que la vida humana es incomprensible e insostenible sin las demás criaturas porque «todos los seres del universo estamos unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal» (LS).
Santa María, reina de la Paz, ruega por nosotros.
Hna. Montserrat Marimon Guasch, religiosa de la Compañía de María en Tarragona
Artículo publicado en el Full dominical del 5 de mayo de 2024 (n. 3869)








